Akropolis nace del drama poético escrito por Stanislaw Wyspianski entre los años 1903 y 1904. La obra se sitúa dentro de una catedral un sábado de pascuas, en la colina Wawel que es considerada el centro histórico del pensamiento polaco.
La obra está basada en la caída de los grandes imperios y de las grandes cimas de la civilización, contrapone el desarrollo y la degradación humana. Hace referencia a personajes bíblicos y de la mitología helénica, creencias culturales que han marcado de manera impactante el transcurso de la historia. Es en base a esta novela que Grotowski dirige Akropolis y en su libro Hacia un teatro pobre se dedica un capítulo entero a explicar la creación de esta experiencia.
De la misma manera que Kantor, Grotowski también critica el comportamiento de la sociedad. Es importante para el proceso dramatúrgico los aportes de Ludwik Flaszen, asesor literario que colaboró en la elaboración del texto. En este caso se toman referencias históricas o culturales llevándolas una situación específica, como los campos de concentración y sus prisioneros.
El montaje de Akropolis presenta un tema importante que también hemos abordado en el curso de actuación III: la creación de acciones extracotidianas que poseen un significado simbólico y que cumplen una función metafórica de manera efectiva. Por ejemplo, la tinta líquida ordinaria que utilizan en la obra representa la tinta con la que procesaban los cuerpos para hacer jabón y cuero durante la guerra. En mi acercamiento a la performance durante el ciclo exploré también con tinta pero como referencia a la identidad y a la pérdida de ella por medio de la multiplicación o repetición de la huella digital.
Akropolis plantea una dramaturgia más allá del texto, una dramaturgia de los sentidos. Es una lección útil para cualquier creador pues no deja cabos sueltos en los detalles que propone. El uso de la ropa desgarrada como carne no es solo por fines estéticos, ni el manejo de la utilería que se convierte en una cima compuesta por desechos industriales corroídos. Ambos son lo que Kantor denominaría elementos de “bajo rango”.
Me interesa la manera en la que el teatro puede responder a la crisis con la misma agresividad con la que ésta se presenta. Hoy en día existe una nueva corriente que busca una nueva cima: la globalización. Esa es la nueva Akropolis de mi generación pues muestra un ideal democrático para todo el mundo, pero al mismo tiempo apaña guerras de poder, ataques terroristas, países enteros en extrema pobreza y la deshumanización por medio de la tecnología.