HĂzome el cielo, segĂșn vosotros decĂs, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me amĂ©is os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostĂĄis, decĂs, y aĂșn querĂ©is, que estĂ© yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo el hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razĂłn de ser amado, estĂ© obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y mĂĄs, que podrĂa acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir: "Quierote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo". Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no riden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, serĂa un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuĂĄl habĂan de parar; porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habĂan de ser los deseos.