Prototipo: CH3L0
Las luces son tantas que no dan lugar al brillo de las estrellas, un cigarrillo electrónico cae el piso, no debería pisarlo, pero lo hace, otra vez promete dejar el vicio, pero pasado mañana irá a comprar otro, de eso está seguro, por lo demás no tiene ni idea que podría pasar, aunque aquella realidad mucho no lo sorprende ni maravilla. Mira el contaminado cielo, una mueca de disgusto se hace lugar en su rostro, la contaminación es casi insoportable. Suspira. Tanta tecnología, y las calles se ven más sucia que antes, un holograma le quiere vender un nuevo refresco energizante, mientras otro le ofrece planes de pago para un automóvil a hidrogeno cero kilómetro, no le interesa, ya tiene uno a energía solar. Se hacen los ecológicos, el mundo es una mierda igual, piensa tratando de ignorar el sin fin de hologramas publicitario que lo acosaban en cualquier calle que pasara.
Llegó al trabajo, otra vez ocho horas en un laburo que no hacía más que revisar los circuitos de androides con casi apariencia humana antes de que salieran a la venta, que tonto pensar que alguno de ellos agarraría un arma y se revelaría contra los humanos, cuando lo más sensato era desconfiar de los mismos homo sapiens. Especialmente ahora que no solo los femicidios eran pan de cada día, sino que cualquiera estaba a la suerte de convertirse en un montón de carne abandonada en un baldío sin nombre.
Termino el día laboral, y comenzó una nueva caminata por las calles apestadas de publicidad, un charco de sangre se apareció en su camino que no lo sorprendió, aunque al menos esta vez habían retirado el cuerpo, porque otras veces ni siquiera se tomaban la molestia de hacer aquello. Le alcanzan un folleto del nuevo candidato a presidente, o mejor dicho, nuevo muñeco de un oligarca que hace tres décadas no se puede sacar del poder, tanta historia procede al país en el tema y se ha estancado en semejante estupidez. El Estado se mueve en la mano de unos pocos, se han vuelto arcilla de malos escultores.
Esta harto. Quiere decirlo, más ya esta medio acostumbrado a ese gris presente. Escucha la suavidad de un motor de hidrogeno, una sonrisa ladina se posa en sus labios, gira levemente el rostro, quiere verla, son lo único que tal vez llaman su atención, pero se siente poco cosa para manejar una, cree que el exceso de libertad y rebeldía en ella lo abrumará.
Para su sorpresa, la hidromotocicleta no ha pasado a toda velocidad por su lado como suelen hacerlo, se ha detenido a unos pocos pasos de su persona. Traga duro. Se ve más hermosa de cerca, el conductor no se quitado el casco, tampoco se ha bajado, parece regalarse ese momento. Gress al mirarla más nota que aquella motocicleta se vuelve más rebelde al mirarla tenerla a tan solo un metro de su cuerpo, no se ha dado cuenta que ya ha puesto su mano sobre su aerodinámico diseño, el conductor ni se ha inmutado, siente que le permite experimentar aquella sensación, ese pequeño sorbo de libertad.
Pero se detiene, fue demasiada emoción para un día, se quiere alejar, pero el conductor que hasta ese momento no se había movido ni un centímetro, estira su mano y agarra su antebrazo con fuerza, mueve ligeramente la cabeza y ya sabe que la ha ordenado, debe subirse; aunque no entiende porque lo interpreta de esa manera, tal vez quiere interpretarlo de esa forma; tal vez porque es muy cobarde para desafiar el sistema que le dice que debe hacer y que no, y por ello tal vez prefiere auto convencerse de que lo están forzando a romper las reglas preestablecidas al estar sobre aquel transporte ecológico de dos ruedas que es símbolo de todo lo que está mal en aquella sociedad.
El viento golpea su rostro, ya había olvidado lo que era sentirse vivo, estira sus brazos, grita. La emoción lo invade, se agarra, la federal los está persiguiendo, ahora tiene una segunda cosa por seguro, que ha tenido mucha libertad por esa jornada, pero escucha la fusión de hidrogeno a su máxima potencia y sabe que ya no hay vuelta atrás, se dejó dominar por la adrenalina, tiene miedo, pero extrañamente sabe que no los atraparán, por alguna razón sabe que no debe desconfiar de las habilidades de aquel jinete negro enmascarado.
Pero la persecución termina, un callejón escasamente iluminado los acoge, el jinete se quita lentamente el casco descubriendo su rostro y el corazón del obrero late con fuerza, murmura un “mi nombre es Cristián Gress, ¿el tuyo?”; pero no hay respuesta, el muchacho de cabellos castaños y preciosas facciones se sonríe, se sienta sobre su motocicleta, tira del cuello de su camisa obligándole a inclinarse y meterse entre sus piernas, devora sus labios sin permiso hasta ambos quedar sin aire. Agitado vuelve a preguntar por su nombre, otra vez el joven misterioso se sonríe, se muerde el labio inferior, y lo hace inclinarse un poco más hasta alcanzar su oído donde susurra “cumplí tu deseo, ahora eres libre, ya no existes en este mundo”; lo dijo con tal lentitud que sus palabras parecieron acariciar su tímpano.
Gress tiene un momento de lucida memoria, ahora sabe que alguna vez lloró sus penas donde no debía, frente a un androide muy raro, muy complicado de arreglar, cuanta frustración lo hizo sentir. Le dijeron que era un juguete sexual en prueba, que ni sus autores entendían por dónde andaba la falla; pero muy inteligente y habilidoso era el pelinegro, el cordobés amargado. Lo arregló no sabe cómo, pero lloró uniendo sus piezas, lloró pidiendo por libertad del sistema que lo estaba matando. Más tarde se enteró, que el trabajo que más lo había frustrado, había sido perdido por negligencia debe vaya a saber quién, al menos le pagaron y disculpas pidieron por bochornosa noticia, no le importó, ya fue se dijo, su vida continuó. Pero ahí estaba aquel androide ahora frente a él, con mirada profunda, con un aura de sabiduría, con un aroma a libertad sin límites, él era todo lo que él soñaba y deseaba ser.
“Prototipo CH3L0, me dijeron que te llamabas”. Pronunció tosco, algo deprimido, se daba vergüenza, como podía ser que una maquina tuviera más deseos de vivir que él que no dependía de ningún circuito para crear pensamientos.
“Prefiero Chelo”. Dijo con voz dulce abrazando el torso del pelinegro para descansar su cabeza en su pecho.
El cordobés estaba aun procesando todo lo que había ocurrido en tan solo una hora, se sentía en una tragedia griega, en una perfecta según Aristóteles. Suspiró. No podía culpar a ese curioso androide sexual casi indiferenciable de un humano por su cobardía. Alzó sus brazos y lo apretó con fuerza contra su cuerpo, acercó sus labios hasta el oído derecho que él mismo había reparado y susurró:
“Gracias por hacerme libre, Chelo…”.
—Esos dos que nos escaparon hoy… ¿los encontraste? —preguntó uno de los oficiales de la federal a su compañero que observaba las pantallas holográficas que arrojaban cientos de datos informáticos por minuto.
—En eso estaba, pero no encontré nada, es como si…
— ¿Es cómo si qué?
—Como si ambos hubieran sido borrados del sistema, como si no existieran…
Nota: Me parece que me siguiente fanfic será una versión extendida de esto, porque me termino copando mucho la idea. (?)
Dibujo: Dou-San <3


















