Las flores de Grecia
Canta, ¡oh, Diosa!, la cólera de la civilización. El sistema económico que nos rige no goza de humanismo; el hombre no debe explotar al hombre. Cuán diversos son los pensamientos de los mortales; es deseo divino que así sea, pese a la discordia y la turbación entre los hombres para encontrar solución a sus males. De entre los contemporáneos todos, viven unos que no se cansan ya en mejorar en nada. Hombres que han perdido toda esperanza en el progreso.
Critón se levantó ante sus compañeros, y alzó la palabra diciéndoles:
—No hay duda, ¡oh, amigos míos, caros a mi corazón!, que somos lotófagos. Al igual que los hombres de Odiseo, una vez que probamos el loto, fruto dulce como la miel, se han perdido nuestras mentes en el ocio y la vagancia.
Así habló. Todos quedaron silenciosos, pero Escamandrino, inconforme con las palabras de Critón, dijo:
—Te has perdido, Critón. En tu mente se ha mezclado la verdadera cronología de los hechos. ¡Ea!, amigos, recuerden que nadie aquí fue engañado sobre los efectos del dulce loto. Ni uno solo fue obligado ni por los hombres ni por los dioses a degustar del meloso fruto. Yo comí porque mi existencia ya no gozaba de ningún estímulo, mi alma sufría siempre de una gran apatía ante la vida, y fue por eso que lo tragué. Juro ante los dioses que no fue el loto el que me enseñó el ocio. Existía entre el loto y mi alma una gran semejanza. Fue mi alma la que buscó el fruto, así como el agua busca siempre al agua.
Así se expresó y todos se mostraron conformes, admirados de la sensatez de Escamandrino. Héctor dijo entonces a todos:
—Es verdad, no podemos culpar al fruto por hacernos ociosos. Antes ya éramos ociosos y por eso lo comimos.
Dicho esto, quedaron todos en silencio deglutiendo en el suelo, cada cual por su parte, sin ánimo de verse los rostros para no sentir las decadentes vidas que llevaban.
Se descubrió la hija de la mañana, la aurora de rosáceos dedos. Critón, al ser despertado por los rayos de la aurora, tomó su preciosa lira y, sin cuidado de su cuerpo y vestimenta, salió de la casa.
Algún dios infundió en el alma de Critón una gran aflicción. Sentándose a la sombra de un árbol, con los ojos clavados en la grotesca ciudad y con las manos afinando la guitarra, dirigió al cielo un sentido discurso: “¡Destino!, se llena mi mente de injurias al pensar en ti, pudiste darme la vida en cualquiera de las épocas, me haces nacer donde la vida del hombre ya no tiene importancia. Nada de este mundo me parece grato o bello, nada estimula mi alma, no tengo honor o dignidad. Vivimos a la sombra de los helenos, época dorada”.
La Diosa Venus, oyendo éstos los dolorosos alaridos de Critón, se postró ante él para preguntarle por su tormentoso sentimiento:
—¡Oh, Critón!, sé de tus múltiples facetas, las alegres y las melancólicas. Allí estás hoy, apartado de todos, dirigiendo tus cantos al hado. Dime, ¿qué es aquello que te atormenta?
Sin ver que era diosa quien le hablaba, respondió muy serio y afligido:
—Durante el sueño ha venido Hermes a infundir en mí tormentosas cuestiones. Me preocupa el rumbo de la humanidad; tiene como designio la extinción de la raza, la culminación de la vida. Son pueriles mis deseos, hago berrinche para lograr la eternidad, quiero certeza en que después de morir quedarán muchos hombres honrando mi nombre. No ocupo ningún oráculo para saber que la salvación no es posible. Yo no participo de los que creen en la otra vida. Nada hay para mí ni para nadie. ¿En qué actividad ocupar mi vida? ¡Si tan sólo existiera la esperanza de la salvación! Buscarla sería la mayor y más digna de las actividades. Pero como no hay esperanza, se vuelve ridículo intentarlo. Mi vida se ha tornado nihilista.
Así dijo, y ambos quedaron callados sopesando el desánimo y la apatía que Hermes puso en el alma a Critón. La Diosa Venus, por querer ver el alma de Critón libre de aquellas penas, dijo:
—¿Y el amor? Critón, ¿qué me dirás del amor? ¿No sería un manifiesto divino ver nacer en medio de planchas de metal la rosa cálida del amor? Si tanto añoras una empresa imposible y salvadora, cultiva el más encarnado de los amores, que todo aquel que lo vea quede encantado y en gran añoranza de poseer uno igual; cambiarías el mundo que tanto te lastima.
Así dijo, y Critón quedó muy serio meditando las palabras de la Diosa Venus. El alma de Critón se llenó de gran vigor y valentía. La mirada se le puso fiera y dijo:
—¡Oh!, bienhechora mujer, cara a mi corazón, llegan a mí tus palabras como el aire llega al hombre que se asfixia. Que te bendigan los dioses y glorifiquen tu lengua y paladar.
Salió Yola de la casa y tendió los brazos en la espalda de Critón, abrazándolo con gran afecto y con un amor que se rebasaba a sí mismo.
El alma de Critón, antes de sentir la dicha y el deleite de este abrazo, supo la mala señal que era. Mantuvo la mesura y no dejó aflorar su cariño hacia Yola, pues en sospecha tenía las malignas palabras que ella pensaba decirle. Quedó silencioso aguardando el terrible destino al que se sabía sometido. Yola dijo:
—Critón, ya podrá tu alma adivinar las afecciones de la mía, ya podrá adivinar sus dolores. Nuestros cuerpos se conocen y nuestras almas se saben desnudas. Sabrás que vengo a informarte lo mucho que mi alma está resintiendo la falta de libertad. Tan maravilloso ha sido el tiempo que pasamos enamorados. Me duele desear tanto mi libertinaje y soledad. Tanto te amo y no deseo verte más. Que los dioses me concedan la claridad en los sentimientos y en las ideas, pues me siento firme en mi decisión pero confusa en mis deseos, en mis palabras, como una gran fiebre de locura. Reclamo a los dioses que se apiaden de esta loca.
Yola desprendió los brazos de la espalda de Critón y regresó a casa para juntarse con los amigos todos. Critón, que ya suponía las palabras dichas por Yola, se mantuvo en decoroso llanto. Todo el dolor de su alma lo sufría en calma y silencio, mesuradamente y dentro de la virtud. Se dijo a sí mismo: “Tan acostumbrado estoy a ser amado por Yola como en el mismo instante tener su ausencia y desdén. Sé bien cómo se entrega a mí bajo el más perfecto disfraz de amor sincero, para después descubrirse como un amor a su soledad, y de todas las veces que me ha dado su amor para después negármelo, ésta es la que más he venido a sufrir. No continuaré dando lugar a sus indecisiones. Sé que volverá prometiéndome un amor sincero. Haré ofrendas a los dioses para que me sea revelado a mí el secreto de los amantes. Cortaría mi pelo, daría frutos y flores, mataría carneros, aves rapaces, reptiles infestos; mataría a los Aqueos todos, por el amor de esa mujer. Y en tanto no lo tenga, la vida habrá de valuarse como bronco antro de dolor y decadencia. Las placas de metal por el asfixiante peso siempre impelerán la vida de las flores. ¿Para qué pensar en flores en este siglo de planchas metálicas? Y el fátum. ¡Oh!, no quiero pensar más, deseo la locura, una locura como la de Áyax Telamonio que hasta en eso guardó valor y tino. Quisiera comer loto y apaciguar estas ideas acérrimas, pero tragar loto no es festín ni adormecimiento para mí.”
Así habló.
La Diosa Venus, escuchando las gemebundas palabras de Critón, se apiadó de él y dijo:
—Ésta que pongo frente a ti es Polixena, joven, virtuosa y virgen. Te dará el amor que tanto mendigas con tus sollozos. Para ella serás el pilar más alto de los hombres y su pasión te envolverá, perderá la cabeza entera en cariño a tu figura. Queda en ti saber corresponderla. Dejo a tu prudencia y albedrío lo que suceda.
Polixena reposó en los brazos de Critón y dijo:
—Son los dioses los que me ponen en tus brazos, son las más altas figuras del cielo las que nos consagran a ser amantes. No voy a perder tiempo hablando de pasiones y ardorosos deseos que corren por mis entrañas. He de ponerlo en acto y que esta llama abrase tu cuerpo calcinándolo. Mis deseos siempre serán no otra cosa que los tuyos, mis pensamientos girarán en torno a ti, mis libaciones, mis afectos, mis resquebrajos serán el vino de Dionisio que me tendrá ebria en atropellada pasión por ti. No perdamos más tiempo, que nuestra pasión se haga marmórea en el lecho. Corre, anda, vamos a tus aposentos.
Polixena se levantó y corrió desnuda rumbo al lecho de Critón. Él la siguió y yogaron juntos la noche entera. Critón, sin haber conciliado el dulce sueño, siendo ya la hora majestuosa de Selene, salió dejando tras de sí la desnudez de Polixena. Poco después, sentado frente a la luna, con las manos estrujando el pecho, dijo: “¡Oh!, estoy bajo conjuro, ahora que los dioses otorgan a mí, gentiles y bien intencionados, una mujer. ¡Oh, Selene! En mi alma hay ardorosos pensamientos de los que quiero hacerte confesión, siendo tú la única a quien puedo referirlos. Sabe, oh, diosa, que de todas las mujeres conocidas en mi vida no hay una por la que sienta más grande afecto y amor que por Yola. Yola se entrega a mí, pero nunca en igual pasión que yo, y sólo en breves lapsos. Un año entero me ama y otros dos me teme y evita. Así hemos estado por siete largos años, en una hoguera que arde y apaga de un día a otro. Hoy por la mañana vino a mí a despedirse en el instante en que reprochaba en funesto canto el sentimiento de hastío que Hermes infundió en mí la noche anterior.
La Diosa Venus sintió compasión de mi atormentado estado y me dio como obsequio una joven virgen que me amaba y de la que nunca pondría en duda su afecto hacia mí. Pero sábelo, oh Selene, que hace unas horas, en esta tu noche, yacíamos en el lecho y yo la disfrutaba, no como amante sino como libertino, cual si fuera una esclava. Y más aún, ofenderé a la Diosa Venus: el ardoroso amor que hacia mí siente no me hacía sentir deseo por ella sino al contrario, me era repugnante… vivía, sin darse cuenta, de las ideas de su confundida alma cual estuviera bajo conjuro. Talló en mi alma un desprecio que callé. He salido para confesarte a ti este sentimiento tan turbio que se implanta en mi alma. Yo me engullía al Hades, sin más deseos de esta vida y de este siglo, harto de ver cómo las máquinas devastaron la cultura entera, y la Diosa Venus vino a mí teniendo dulces plegarias, diciéndome que el amor era la respuesta para seguir con vida, y puso a Polixena en mis piernas. Pero ya te confesé que el más verdadero amor que sentía ella hacia mí no me complacía en nada, seguía yo sintiendo el tedio y el sinsentido de esta vida y de este siglo en especial. He concluido que si ni el amor dulcísimo ni el desdén total son vastos al alma, que si ni el afecto de Polixena ni el recato de Yola generan en mí deseos de seguir en vida, lo más correcto es que me entregue al Hades voluntariamente. Sé, oh tú, Selene, mi testigo y confidente”.
Critón sacó una daga bajo sus ropas y la clavó en su pecho, yaciendo frente a la mirada blanca de Selene.











