Es difícil imaginarte sola, sin el mar, querido José, estuviste formidable en ese vestido de terciopelo, he buscado la mañana entera pensar en otra cosa que no sea el pasado, ha pesar de que han pasado siglos, ese terciopelo sigue siendo la misma noche en que te arrojaste al mar, esa noche bebí para no sentirme tan lejano y disfrutar de su alegría, no recuerdo la hora en que dormí, tal vez, en el instante en que planté mi cabeza en la almohada, ya sin fuerzas y Miles Davis acompañaba con cariño mi desamparo, estabas tú, inflamada, dispuesta a destruir el templo que habías formado alrededor de tus amigos, tu fe. Nadie hubiera podido detener tu trayectoria, porque hubiese caído muerto instantáneamente, fulminado por un rayo, nadie hubiese vuelto y yo hubiese enloquecido; todo esto, sin embargo, era completamente necesario, era el fin del verano, aún ahora recuerdo las columnas del viejo templo desplomarse, una a una, sobre nosotros, cubriéndonos de escombros y de tiempo y todo parece que no hubiese pasado nunca, sucedió, jamás la dudes, yo te creo en todas las dimensiones de nuestra historia, todo ha sido necesario, el dolor, la caída de Roma y de todo lo que implica.