Según la RAE, constipar significa:
Del lat. constipāre 'constreñir'.
tr. Cerrar y apretar los poros, impidiendo la transpiración.
acatarrarse, resfriarse, enfriarse, refriarse, engriparse.
Según yo y mi experiencia del pasado cierre de año, por ahí del 10 de diciembre en adelante, viví la constipación en muchos sentidos.
El detonante de esta reflexión fue una mudanza de hogar, de una casa de tres recámaras con enormes clósets donde todo guardaba, hasta las apariencias, a una mini casita de una sola recámara.
Andaba resfriada y cansada de un viaje de trabajo, de un bazar y unos exámenes para una certificación, una lesión en un hombro y otra en un codo. ¡Todo se me juntó en un muy breve espacio de tiempo! Ni mi cumpleaños festejé. Ahí se agudizó la constipación pues no era sólo mi nariz y mi garganta, también mi tiempo estaba constipado.
La epicrisis sucedió cuando llegó el día de la mudanza, nadie de las primeras personas a quienes les pedí el apoyo, podían. Recurrí a mi hijo, que ya estaba más puesto que un calcetín desde meses atrás pero también andaba constipado, ja. Y le dije a mi ex pareja, él llevó a un amigo que tenemos en común, que andaba de visita en México, ¡por suerte! Ellos me ayudaron a pasar los muebles, lo más pesado a la nueva casita. Yo me haría cargo de pasar todo lo demás, ¡ayahá!
Conseguí muy pocas cajas para guardar mis libros, así que sólo cupo una tercera parte y la otra quedó afuera pero yo, que siempre soy tan optimista pensé en llevarlos de una casa a otra, yo sola puedo, me dije; pues están bien cerca las casas.
Mi sorpresa, desencanto y terror surgieron cuando, con mi hijo, comenzamos a sacar y sacar y sacar y sacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacarsacarysacarysacarysacarysacar..., cosas de los clósets.
Siempre digo que no tengo muchas cosas, sólo libros y zapatos. Según yo, no acumulo, soy desapegada y suelto pronto. Para ser honesta sí, lo fui durante muchos años, hasta que me hice cuidadosa del medio ambiente y dejé de tirar vidrio, papel y cartón, para reutilizarlos... No me di cuenta en qué momento acumulé tanto pues los grandes clósets de la casa se comían todo y me ayudaban a mantenerlo bien oculto. Mi hijo comenzó a vaciar las cajas en la nueva casa para rellenarlas con lo que faltaba por mudar. No les quiero contar cómo quedó la mini casita..., mejor pongo una fotografía.
Al cuarto día de mudanza, a solas con mi hijo, mi realidad de "usurera" me aterrizó y estallé en un ataque de pánico pidiéndole ayuda a mi familia de sangre y a la elegida pues me di cuenta que "yo sola" jamás terminaría. Mijo tuvo que pedir tres días libres en su trabajo para seguirme apoyando. Mi amada familia me dio contención vía whatsapp y al día siguiente una sobrina fue a apoyarme, en pocas horas logramos mucho. Al otro día, una amiga entrañable también vino a ayudarme, ella me organizó todo el cartón y el vidrio, gracias a lo cual, se me ocurrió darle todo a unos vecinos que se dedican a separarlo y venderlo, ¡uf! Esos vecinos también se llevaron el 90% de la basura que no hubiera podido tirar en meses.
Cuando llegué a la casita y vi todo lo que había que acomodar y no cabía, vino el colapso, la constipación de la casita me ayudó a colapsar. Me di cuenta que llegué a invadirla y llenarla de cosas que no necesito o que ya no quiero. Me di cuenta que no tenía ya dinero, no había comido bien ni mucho menos dormido pues tanta constipación, moco, flema, cansancio y preocupación no me dejaban dormir. Sin descartar el frío húmedo al que no estaba acostumbrada pues ahora vivo en planta baja y convivo con la humedad de la tierra y el frío del invierno. ¡Sólo eso me faltaba!
Me sentí atrapada y sin salida. Colapso total. Lágrimas, temblor de miedo, mocos, flema y...
... Reviví las sensaciones que me generaba la anorexia nerviosa cuando era niña. Sí, a mis siete años padecí anorexia, era de miedo, no era que quisiera adelgazar, a esa edad no tenía conciencia de lo gordo o lo flaco. Me aterraba ir a la primaria porque el primer maestro que tuve, ¡les pegaba a los compañeritxs por "burros"! Los paraba en medio del salón y enfrente de todxs, lxs exhibía, se burlaba de ellxs y hacía como que les pegaba con una reglota de madera. Tan solo de recordar la carita de susto de mis compañeritxs y el nudo que se me hacía en la boca del estómago, me conmuevo hasta las lágrimas. ¡Pinche profesor Gustavo, eres un "·$%&/()=?! Eres un ignorante, no tienes la menor idea del daño que nos hiciste, si no a todxs lxs niñxs, sí a la mayoría. Y así muchos maestros por generaciones, lo sé por las historias que me contaba mi abuela de cuando ellos eran niños y las anécdotas que sigo escuchando en pleno año 2025.
Cuando mi hijo me dijo que ya se regresaría a la urbe, me sentí abandonada, atrapada, temblorosa y aterrada porque yo necesitaba en ese momento alguien que me salvara. Quería ser una niñita y sentir la protección que mi madre no me dio pero que me yo imaginaba que algún día me daría. Quería que alguien me abrazara y me dijera que todo estaba bien, que habría dinero para pagar renta, deudas, comida y todo lo necesario para la vida en esta matrix. Pero había nadie, sólo esta casita helada, mi gatito y yo, constipada.
Lloré varios días, sentí mucho miedo, pensé que jamás podría volver a levantarme de las cenizas como lo hacía antes, como un Ave Fénix. Pensé que me hundiría cada vez más en la gripe, el frío y la humedad. Me imaginé muerta de miedo y de hambre, con mi gatito al lado.
Quise salir corriendo y no volver jamás a esta casa hasta que me di cuenta que llevaba una semana durmiendo unas pocas horas, haciendo una sola mala comida al día y sin bañarme porque todos esos días preferí acarrear cosas para terminar de una vez por todas esa mudanza. Me sentía flotar, mis pensamientos más negativos corrían como tren bala, como avión, como auto de carreras, como bólido. Sentí que me daría un brote psicótico y no habría nadie para cuidarme. Me dio miedo salirme desnuda al bosque o a la calle, como hacen muchas personas cuando dan el "salto mental". Cada noche, madrugada y mañana sentía náuseas de miedo, quería vomitar como cuando era niña e iba vomitando todas las calles mientras caminaba rumbo a la primaria Andrés Bello, en la Col. Sta. Ma. la Ribera.
Me sentí tan sola. Y vaya que me gusta mucho estar sola, lo gozo exquisitamente. Pero esta vez, lo que me hizo sentir mal, muy sola fue la falta de dinero y de un ingreso seguro, fijo, quincenal o mensual, un ingreso que me de la certeza de que podré pagar puntualmente la renta, las tarjetas, el seguro social, el afore y otros compromisos económicos que tengo.
Cuando me di cuenta de todo esto, pensé que lo primero que había que hacer era dormir bien y comer. Como dormir bien no se me estaba dando por la constipación y la tos, quedaba comer bien. Una mañana me levanté bien decidida a salir de esta, una vez más.
Me encantan los chayotes cocidos con mantequilla, crema, sal y pimienta. Por suerte tenía uno y, al tomarlo... Sentí que tomé una ancla que me arraigó, me dio Tierra. Ese bendito chayote me sacó del flotamiento y el mareo en el que me encontraba, mareo de evasión, de consternación. Este sagrado chayote me conectó inmediatamente con mi cuerpo, con mi pisada firme. Es increíble e indescriptible todo lo que sentí tan solo de tocarlo. No se diga de comerlo. Cuando lo comí, se borró la náusea que llevaba días provocándome la anorexia nerviosa. Por un momento pensé que lo vomitaría como cuando tenía siete años y vomitaba el desayuno.
Pero como ya no soy una niña dependiente de un adulto, el chayote fue borrando poco a poco la memoria de la náusea y del vómito. Fue como una goma que iba borrando de mi boca del estómago todo aquello que sentí durante mis etapas de primaria, secundaria y preparatoria, porque fueron once años vomitando en las mañanas, principalmente cada que iniciaba un ciclo escolar. Conforme pasaban los días y me adaptaba a mi nueva maestra o al nuevo grupo, se me quitaba la náusea y volvía a la "normalidad".
Esta vez, el chayote borró náusea, vómito y sensaciones. Cuando lo comí, sentí que conecté con la vida. Lo degusté poco a poco, suave y lentamente. Lo mastiqué con mucho cuidado, agradecí a la tierra, a lxs campesinxs y a todxs los que hacen posible que la comida llegue a mi boca, a mi cuerpo. Bendito chayote, fuiste como una puta hostia católica. Fuiste, en realidad, la hostia de la diosa, el cuerpo de la diosa Tierra que me dio firmeza, arraigo y certeza. Gracias diosa bendita por darnos a comulgar de tu cuerpo cada día.
Reconecté con la vida y con la confianza en mi cuerpo y en la comida. Algunas filosofías dirían que sané mi vínculo con mi madre. Yo sentipienso que sí. Toda esa incertidumbre que me provocaba mi madre cada noche que se iba a dormir a otro departamento, y todas esas tardes que no sabía si volvería a verla o me dejaría con mi abuelita, se tranquilizó con la comida.
No me falta nada, soy mi propia madre y como de la gran madre Tierra.
Sin embargo, los pensamientos obsesivos en la noche y en la mañana seguían: noaguanteréelfríoenestacasametengoqueirdeaquícómoseráelveranocontantalluviayhumedadnuncamecompondrédelresfriadoylaconstipaciónjamásvoyaencontrartrabajoyavienelanocheyavieneelfríosemeteráelsolymecongelarénoséquéhacerestoyatrapadaysinsalidacansadatengoqueseguirsacandoyarreglandolatosnomedejadormirsemetapalanarizlosmocosnomedejanrespirarlasflemasmeahoganyavienelatardeymecomenzaréasentirmal... Constipada mentalmente, llena de pensamientos futuristas, fatalistas, pendejos. Sin espacio para un pensamiento optimista, para un poco de oxígeno. Sin espacio para gozar tantito.
Ansiedad..., esa semana sólo pensaba en el futuro, en todas las fatalidades del futuro hasta que recordé respirar desde el ombligo. ¡Tantas enseñanzas que he adquirido! He practicado todas pero jamás lo había hecho en estados de ansiedad y miedo como esta vez. ¡Estaba constipada, cerrada!
Tenía desde el 2017 (año del terremoto), que no sentía este miedo y esta angustia. Comencé a respirar, a centrarme en mi ombligo y mientras hacía esto, me calmé. Una voz interna me susurró al oído: baila. Acto seguido, encendí la bocina, puse música y...
Bailé, bailé, bailé hasta sentir cómo se calentaba todo mi cuerpo. Con cada grado que subía mi temperatura, bajaban los pensamientos. La sonrisa volvió a mí, el relajamiento y la apertura de posibilidades volvieron a mi cabeza, a mi corazón, a todo mi cuerpo. Sentí la certeza de que puedo moverme, bailar, generar, dar y gozar. Surgieron nuevos movimientos y con ellos la resignificación de mi situación, el recuerdo de que tengo que estar aquí y ahora, en mi cuerpo, danzando, mucho más que en mi cabeza danzante de fatalismo...
Recordé que en el 2017, mientras viví unos días en casa de una amiga porque me daban miedo los edificios después del sismo, hubo un momento en el que todxs lxs que estábamos ahí sentíamos enloquecer, esa vez encendí mi bocina, puse música y me puse a bailar. Lxs demás se unieron y bailamos, bailamos, bailamos, hasta calmarnos y sonreír.
Así es como puedo decir que moverme, me salva. Moverme me ayuda a relajar mi cuerpo, a bajar la sangre a todo el cuerpo y no dejarla solo en la cabeza, "fataleando". Danzar me oxigena, me hace sonreír y sentir todas las potencias y posibilidades de las que es capaz mi cuerpo, y con este cuerpo, este ser entero que soy.
Moverme danzando, me da vida.
Moverme hacia casa de mi hermana, de mis amigas, de mis familiares, ¡me cobijó y me dio más vida! Esta experiencia la contaré en otro post.
No había por dónde caminar.