Carta a una amistad que siempre llevaré conmigo
Claro que siempre te voy a recordar.
Fuiste uno de mis mejores amigos, de esos que aparecen cuando el mundo se siente demasiado grande y frío. Estuviste cuando nadie más lo hizo, cuando mi casa dejó de sentirse como hogar y el tuyo me abrió las puertas sin hacer preguntas.
Recuerdo esas tardes en tu sofá, las conversaciones que se extendían hasta que el sueño nos vencía, la música que sonaba como si hablara por nosotros. Me enseñaste a escuchar de otra manera, a sentir las canciones, no solo oírlas.
Cuando estuve mal, tú estuviste bien por los dos.
Cuidaste de mí cuando ni yo tenía fuerzas para hacerlo. Tu abuelita me preparaba comida con el cariño que cura, y tú cocinabas cuando sabías que no tenía ganas de nada. Esos gestos pequeños, silenciosos, se quedaron grabados en mí más que cualquier palabra.
No fue solo amistad: fue refugio, fue familia, fue hogar.
De ti aprendí lo que significa acompañar sin pedir nada a cambio, lo que es estar presente incluso en el silencio.
Aunque la vida cambie, aunque el tiempo nos llevo por caminos distintos, siempre habrá una parte de mí que te recuerde con gratitud y ternura. Porque hay amistades que no terminan, solo se transforman en memoria, en música, en un lugar cálido al que siempre puedo volver cuando pienso en ti.
L.R
11amgeles-suicidas11












