Me bajo de esta realidad
Sabía, como se sabe en el secreto callado de los sueños de la infancia, que crecer era un engaño; pero ni en un millón de vidas hubiera imaginado el desplome tan vasto y profundo que encierra la palabra “madurez.” Cada aspecto de la existencia parece roto, fracturado como si el mismo tiempo se hubiese cansado de sostener esta frágil ilusión de esperanza. Y ya no funciona la frase "la felicidad está en la ignorancia de la realidad", esa zona tibia y oscura donde alguna vez hallé consuelo. La verdad, desnuda y despiadada, nos arrebata hasta ese último refugio.
El día comienza, y con él, el ritual: despertarse, desayunar, ordenar los fragmentos dispersos de un hogar que apenas refleja lo que somos, pagar las cuentas como quien cumple un castigo eterno, buscar trabajo o, si tienes "suerte", trabajar. Luego, el almuerzo, las tareas de siempre, un rato de libro, de series, o de gimnasio. Y otra vez, cerrar los ojos en la noche sin siquiera sentir descanso, para reiniciar al amanecer este círculo implacable que, más que vida, parece condena.
Mientras, la realidad ruge a nuestro alrededor: ves las injusticias, el abismo al que nos lleva la inoperancia de quienes nos gobiernan, el clima en su danza desquiciada de furia, la economía tambaleante, la crisis de la salud mental que se despliega como una niebla venenosa. Somos testigos del nacimiento interminable de nuevos influencers y la muerte lenta de nuestras neuronas, la sordidez del espectáculo disfrazado de progreso.
Y entonces, cuando las últimas islas que alguna vez sostuvieron nuestra paz empiezan a flaquear, ¿Cómo se conserva la razón? ¿Podemos sobrevivir por el hecho frío y mecánico de respirar, en un mundo erigido sobre el pilar insaciable del capitalismo, donde todo valor humano ha sido absorbido, reemplazado, vendido?
Nos separa un delgado y oscilante puente del abismo del colapso, un resquicio que amenaza con ceder al peso de nuestra humanidad agotada. Este mundo nos despierta cada día con sus alarmas, sus sirenas de ambulancia; la llamada incesante de la desesperación y el abandono. ¿Qué nos queda sino huir, escapar de este naufragio inminente? Pero, ¿a dónde ir? ¿Podremos volver alguna vez a aquella infancia perdida, a ese hogar cálido donde el abrazo de nuestros padres era escudo y refugio, donde un día la angustia se disolvería como un mal sueño?
¿O será, acaso, que ese refugio ya no existe? Que crecer, en realidad, fue alejarnos para siempre de un sitio al que nunca podremos regresar.











