El peso de quererte- Capitulo 2
(Cinco no hacen seis)
La silla vacía de Aidan se volvió una sombra que nadie quería mirar. Allí estaba, empujada contra el pupitre, recordándoles con crudeza que ya no eran seis.
—Bueno —dijo Ciro, dejando caer el tema sobre la mesa—, alguien tiene que decirlo: esto no va a funcionar igual.
Samira resopló como si esperara ese comentario desde hacía rato. —Obvio que no. Ahora cada uno tiene que hacer más. ¿Y quién me asegura que alguno no se va a hacer el vago?
Noah se inclinó hacia atrás en su silla, con una media sonrisa. —Bueno, tampoco es el fin del mundo. Son cinco cerebros, ¿no? Con eso alcanza.
—Cinco cerebros y medio —replicó Samira, clavándole la mirada a Noah—, porque el tuyo lo usás solo para hacer chistes.
Noah soltó una carcajada, pero Ciro la interrumpió con tono serio: —Basta, en serio. Necesitamos organizarnos. Si no, nos hundimos.
Deire observaba en silencio, con las manos escondidas bajo la mesa. El ambiente le resultaba pesado, como si el aire se cargara de electricidad cada vez que alguien levantaba la voz. Sabía que si Aidan estuviera allí, probablemente estaría bromeando o discutiendo con Samira, y de alguna forma esa energía mantenía el grupo vivo. Sin él, todo parecía fracturado.
—Podemos repartir lo que hacía Aidan entre nosotros —se escuchó su voz, baja pero firme, sin que hubiera planeado hablar.
Todos se giraron a mirarla. Deire sintió que la sangre le subía al rostro.
Noah fue el primero en reaccionar. —¡Ven! Hasta la más callada tiene soluciones mejores que las nuestras.
Le guiñó un ojo con complicidad. Deire apretó sus labios, intentando ocultar la sonrisa que se le escapaba. Samira, por su parte, arqueó una ceja. —Ajá… parece que alguien habla cuando quiere.
Antes de que la incomodidad creciera, la profesora Estela los abarcó con su peculiar energía. —¡Mis corazones brillantes! —canturreó—. Me dijeron que uno de ustedes abandonó el barco. Eso no se hace, ¡los equipos son como un coro! Si falta una voz, la canción queda coja.
Nadie dijo nada, aunque el peso de la advertencia cayó como una piedra.
—Si no se organizan, bajo puntos a todos. Y no quiero excusas, ¿entendido? —remató Estela, todavía sonriendo como si acabara de anunciar una fiesta.
Cuando la profesora se fue, un silencio incómodo quedó flotando.
—Perfecto —dijo Samira, cruzándose de brazos—. Ahora no solo trabajamos por Aidan, sino también bajo amenaza.
—No exageres —respondió Noah, con un brillo juguetón—. Cinco no hacen seis, pero con cinco podemos arreglarnos.
Deire lo miró de reojo. Sabía que no era tan simple. Podían repetir mil veces que “con cinco alcanza”, pero dentro de ella algo se revolvía. El grupo no encajaba igual. Era como un rompecabezas al que le faltaba una pieza: podías adivinar la imagen, pero siempre quedaba incompleta.
Esa tarde, cuando intentaron repartirse las tareas en el patio, la discusión volvió a encenderse.
—Yo no pienso hacer la parte de Aidan —dijo Samira tajante—. Bastante tengo con la introducción.
—Entonces la hago yo —saltó Ciro, con evidente fastidio—. Como siempre, ¿no? El responsable que carga con todos.
—Tranquilo, héroe —intervino Noah, levantando las manos—. Puedo ayudar, tampoco es que esté ocupado en salvar al mundo.
—Sí, claro —murmuró Samira—. Vos ayudando es como decirle a un perro que cante.
Noah se inclinó hacia Deire, bajando la voz solo para ella: —¿Viste lo que tengo que aguantar? Seguro que si ella me mordiera, me envenenaría, por tan serpiente que es.
Ella no pudo evitar reír bajito, tapándose la boca. Fue un instante fugaz, pero suficiente para que Noah sonriera de vuelta, satisfecho de haber arrancado esa risa.
El grupo siguió discutiendo, pero Deire apenas escuchaba. Su mente repetía una y otra vez la frase de Noah: “Cinco no hacen seis, pero con cinco alcanza”.
En el fondo, sabía que estaba equivocado. No alcanzaba. No con el caos, no con las discusiones, no con esa sensación de que algo en su vida se estaba moviendo hacia un lugar desconocido.
Porque, a veces, cinco no solo no hacen seis: hacen un lío mucho mayor.








