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Solía amar la forma en que me miraba…
Cómo me contemplaba en silencio, con total devoción... era capaz de leerme, de atravesar cada uno de mis muros, de verme a través de mi oscuridad.
Nadie más podía entenderme como él.
Nadie más podía hacerme sentir como si fuera el aire mismo que necesitaba para existir.
Lo amé con cada fibra de mi ser… hasta el último de sus días.
Desde que lo perdí, no he sido más que una sombra… un alma errante incapaz de encontrar consuelo.
Él era mi vida… y cuando se fue, lo único que quedó fue un vacío que no deja de sangrar.
El dolor me nubla la mente…
La ira se enreda en mi pecho y no me deja respirar.
Intento aferrarme a los recuerdos…
porque son todo lo que me queda, la única prueba de que él y yo existimos en nuestro propio universo, de que alguna vez hubo un nosotros.
Todo lo bueno que habitaba en mí murió con él.
La luz a la que creí poder aferrarme… se extinguió.
Y en su lugar, solo quedó oscuridad, devorándome lentamente hasta convertirme en algo irreconocible.
Ya no tengo nada que perder...
Nada puede detenerme... ni siquiera la muerte.
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