La excusa para sacar de su letargo a la cámara fue una exposición de vehículos antiguos. Habia unos pocos -menos de los que esperaba- instalados con sus cromados refulgentes bajo el Sol todavía insistente a mediados de marzo, y junto a ellos sus dueños con orgullo apenas disimulado. La mayoría tenía el cabello cano y las camisas a cuadros.
El resto del terreno del otrora Palacio tenía el pasto recortado y bien cuidado, además de un puñado de mesas típicas de camping, así como su respectiva parrillada instalada al lado.
Me senté en una de esas mesas a escribir sorbiendo sin apuro un té rojo aún caliente mientras el atardecer agonizaba en el horizonte y la gente paseaba sin excesivo entusiasmo por las inmediaciones con un ánimo más propio de un día domingo que de un sábado.















