Enrique Santos Discépolo
El Viernes, 27 de Marzo de 1901 nacía Discepolín
Si bien la fama perdurable y universal que ha conquistado, se la debemos atribuir a la autoría de algunos de los más grande Tangos de la historia. Tenemos que tener en cuenta sus tantas otras facetas artísticas, y no artísticas. Tanto como dramaturgo, cineasta, compositor, actor y autor.
Naciendo casi con el Tango y quedando huérfano a muy temprana edad, comienza sus primeros pasos artísticos como actor de la mano del mayor de sus hermanos, Armando (dramaturgo y director teatral). Un éxito menos que moderado, lo acompaña de un poco menos aún de recompensa a la hora de parar la olla. Un hombre de un talento inconmensurable y de una sensibilidad humana poco envidiable, marcó a fuego todo un estilo literario dentro del género porteño.
Fué Razzano quien lo convenció de que fuera al Cabaret Follies Bergère. Nada le gustaba la idea de visitar este tipo de locales nocturnos, debido a sus principios e ideales, pero accedió al pedido de Razzano. Lo importante de esta visita era que escuchara a una muchacha que llamaba la atención por su gracia, belleza y encanto, se hacía llamar Tania. Qué era lo particular de la muchacha más allá de sus atributos estéticos?, la interpretación única del Tango “ Esta noche me emborracho” (autoría de nuestro Discepolín). Supieron cautivarse mutuamente y vivir uno de los amores más evocados de la historia de nuestra cultura. Se dice que algunos de sus Tangos fueron compuestos a causa de ella, como ser “Sin Palabras”.
Intelectual de su época, frecuentaba las tertulias de los cafés porteños. Así y todo, le costaba mucho escribir, tardaba años en terminar una letra. “Cafetín de Buenos Aires” y “Uno”, fueron escritos en tiempo record para su costumbre, entre unos 3 y 4 meses le llevaron estas obras, urgido por unos trabajos.
Su sensibilidad y compromiso con lo social y espiritual del mundo individual que cada uno de nosotros vive, lo expresó a través de sus Tangos y películas. Tal es el caso de Cambalache, compuesto durante la “Década Infame” o “El hincha” que es una de sus películas más recordadas.
Sumamente bohemio y despojado de ambiciones materiales. Notables eran sus comportamientos tales como los de un niño, tan es fué así, que Tania tenía que perseguirlo para que comiera a lo que una vez él le contestó: “Los pilotos norteamericanos bombardean Corea y comen apenas un chocolatín. Total, yo no tengo que bombardear Corea”.
Fué tal su necesidad de expresar las convicciones de sus pensamientos políticos que creó el famosísimo micro de radio “Mordisquito”. Grandes problemas le trajo, pero lo que más le afligía era que los que entonces eran sus amigos, dejaran de hablarle y hasta negarle el saludo, eso lo enfermó, literalmente, de angustia. No soportaba que lo considerarán obsecuente con Perón. Tal vez este motivo lo empeñaba más aún, en defender una causa que sentía justa. Con sus argumentos, a manera de relato y conversación sin interlocutor, pretendía algún día demostrar, que era convicción y realidad, pero nunca obsecuencia. Fué esta situación que lo llevó a su lecho de muerte, la angustia incesante del sentirse despojado del cariño de quienes lo rodeaban por una razón que él sentía más loable aunque la justicia misma. Un callejón sin salida para un hombre como él…
Su sentir y la razón de su “por qué”, como no podía ser de otra manera, creo yo que la describe el mejor que nadie, así nos cuenta cómo le dio vida a “Yira, Yira”:
Allí surgió “Yira... yira...”, en medio de las dificultades diarias, del trabajo amargo, de la injusticia, del esfuerzo que no rinde, de la sensación de que se nublan todos los horizontes, de que están cerrados todos los caminos. Pero en aquel momento, el tango no salió. No se produce en medio de un gran dolor, sino con el recuerdo de ese dolor.
“Yira... yira...” nació en la calle. Me la inspiraron las calles de Buenos Aires, el hombre de Buenos Aires, la rabia de Buenos Aires... La soledad internacional del hombre frente a sus problemas...
Yo viví la letra de esa canción. Más de una vez. La padecí, mejor dicho, más de una vez. Pero nunca tanto como en la época en que la escribí. Hay un hambre que es tan grande como el hambre del pan. Y es el hambre de la injusticia, de la incomprensión. Y la producen siempre las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita y ellos no oyen. Londres gris, Nueva York gris, Buenos Aires..., todas deben ser iguales... Y no por crueldad preconcebida sino porque en el fárrago ruidoso de su destino gigante, los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño. Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo... El hombre de las ciudades se hace cruel. Cazamariposas de chico. De grande, no. Las pisa... No las ve... No lo conmueven...
Yo no escribí “Yira... yira...” con la mano. La padecí con el cuerpo. Quizás hoy no la hubiera escrito porque los golpes y los años serenan. Pero entonces tenía veinte años menos y mil esperanzas más. Tenía un contrato importante con una casa filmadora que equivocadamente se empeñaba en hacerme hacer cosas que me desagradaban como artista... Como hombre digno. Y me jugué. Rompí el contrato y me quedé en la calle. En la más honda de las pobrezas y en la más honrada soledad...
“Yira... yira...” fue una canción de la calle, nacida en la calle cuando le mordía el talón a los pasos de los hombres.
Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos. Y traduzco ese silencio de angustia que adivino. Usé un lenguaje poco académico porque los pueblos son siempre anteriores a las academias. Los pueblos claman, gritan, ríen y lloran sin moldes. Y una canción popular debe ser siempre el problema de uno padecido por muchos...














