Hijueputa. Me senté a escribir.
Me acuerdo de lo que me decían del ‘incipit’ o del inicio de las novelas. “Es lo que está ahí escrito lo que engancha o no al lector.” “En las pruebas editoriales solo se envían el primer capítulo y el último. Solo así se sabe si algo es bueno o no.” Yo llevo toda la vida sabiendo que lo que escribo no es tan bueno como para ser publicado, pero no es tan malo para que se quede en el olvido. Hay muchos malparidos que publican sus cosas.
Y bueno, aquí estoy sentada. Tengo el escritorio dispuesto para que el arte y la literatura fluyan a través mío y dejen una huella trascendental en esta hojita. Hice el café bien negro y lo acompañé con galletas de chocolate (sin azúcar). El café está en el termo que era de mi papá, que tiene como 20 años. El platico de las galletas reposa sobre las servilletas. Tengo el computador al alcance de la mano. Solo debo estirarla y abrirlo y ya está. A mi izquierda está el celular (en modo avión) y un espacio donde normalmente pongo los libros que me invitan a escribir. Libros que quiero copiar, que me quiero comer y que sus palabras se transmitan a través de as células hasta la tinta del esfero y de los zurcos del papel reciclado. El proceso de escritura implica una mutación corporal. Eso bien lo sabía Sylvia Plath con su depresión estilística.
Y bueno, antes de sumergirme en la vastedad del océano de palabras, para pescar las que serán mías y trabajarán para mí, voy al baño. Ayer comí mucho queso y todavía me sienta mal. “Haz que se traguen todas sus palabras”, decía Octavio Paz. Pues sí, las palabras son unas putas y se resbalan y se desintegran. No las puedes coger aún cuando creas que las tienes. Como Elena Garro, don Octavio.
Y pues me pongo a leer. Aquí estoy sentada en el baño. Se me cuelan los minutos por el celular. Yo quiero esas boticas. Están como lindas. Y ese enterizo. Es como de lino. Se ve muy cómodo y pues no me sentiría tan ahogada. Estoy como engordando. ¿Será que salgo el domingo a montar bicicleta?
Bueno, bueno. ¡A escribir! Salgo. Me siento en lo que siento como una eternidad en la silla de madera. Ya me entró el afán. Llevo pensando en escribir todo el día y el sol entra directo por la ventana y todo lo cubre. Son las 5 de la tarde. Hay que ser disciplinada. Hay que crear el hábito. ¿No había una app para eso? ¡No! ¡Vamos! Escribe una página. Escribe: ‘Puedo escribir los versos más tristes esta noche. La noche está oscura y tiritan los astros azules a lo lejos’.
No es tan distinto a lo que pienso. Yo podría haber escrito eso. No es tan complejo y es el tipo de poesía que me gusta: sencilla y grande. No hay que maravillar y emputar al lector con palabras viejas y complicadas. Las nuestras están bien. Son las que la gente entiende. Aunque decir ‘ignominia’, ‘oprobio’ y ‘trilce’ sí te pone de una en una posición superior en el sitio donde las pones a circular.
Para esta escritura que busco hoy, prefiero algo así:
El día se ha acabado El café frío me indica que aún queda un mundo por decir
Sí, Guapito, ya te saco. Espera que estoy haciendo poesía. Estoy inspirada. Yo sabía que meditar algo tenía que sacar de mí. La mente vacía es la materia de la poesía. Así me reúno con Dios.
¡Guapo! ¡No te hagas popó ahí! ¡Argh!
Vamos, entonces.
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