Siempre me gustaron sus manos toscas, las venas que rompían con la homogeneidad de su piel. Siempre hallé hermosa su indiferencia ante las adversidades y su impotencia ante la felicidad. Dentro de él, existió una sonrisa que triunfaba con un beso, la mirada indecisa que dominaba su cuerpo cuando decidía quedarse. Tenía una llama encendida, a la cual le denominaba “esperanza” y ésta hacía que cumpliera sus metas. Sin embargo también tenía defectos, los cuáles ya no importan, los cuáles siempre han habitado. Y pienso que siempre me gustó su cuerpo, pero sobre todo siempre adoré su alma.
Diana G.














