No podía esperar más, se lo tenía que decir. Me tiemblan las manos. Estoy en la calle frente a una puerta que he abierto mil veces y ni siquiera soy capaz de seleccionar la llave que la abre. Es ésta, la cuadrada de caña larga, la misma que me cuesta introducir en esta cerradura que parece encoger por momentos. Abro la puerta y ese olor... ese olor a humedad de siempre, ese olor que hace que recuerde todos los sábados por la tarde de mi infancia cuando venía aquí con mi padre. Empiezo a subir las escaleras. Son de madera y crujen mientras piso. Cada crujido un recuerdo, y cada pisada se me va encogiendo un poco más el corazón. Creo que me falta el aire, pero no es eso. La angustia y la excitación se mezclan con la culpa y la emoción dentro de mi pecho, es eso lo que hace que me falte el aire. Y encima las malditas escaleras no se acaban, parecen reproducirse. Me centro. Esta vez sí consigo abrir la puerta de su casa a la primera. Entro y cierro. Al fondo del pasillo, por donde se entra al salón, se escuchan las noticias de la tarde a máximo volumen, como siempre. Inspiro... y grito: "¡Abuelo!". Nadie responde, era de esperar. Siempre había estado sordo como una tapia, pero esta vez pensaba decírselo más fuerte que nunca. Corro hacia el final del pasillo. Me detengo justo ante la puerta donde lo puedo ver sentado en su sillón, frente a la tele, de espaladas a la puerta, inmóvil, como siempre. Inspiro... y grito "¡Ab...!" mientras observo dos moscas de color verdecino que merodean en su oreja y una de ellas echa a volar.