Busco precisar a esta hora de la noche ese instante del invierno azul, cuando al salir de clases de la universidad nos vimos casualmente frente a la biblioteca porque desde hacía años en el fondo anhelábamos vernos. Inclinaste un poco la cabeza y el aire leve de las hojas mínimas de las jacarandas murmuró verde la lengua de los pájaros que venían del ártico. Para mí fuiste (y seguirás siéndolo) el invierno azul. ¡Qué de cuándo y cómo yo viví por ti como si fuera uno!: los cafés de Insurgentes a las cinco de la tarde, los bares semivacíos de San Ángel que nosotros colmábamos, los paseos en el claustro y el jardín de la iglesia de Santo Domingo en Mixcoac, las caminatas bajo los fresnos en la calle de Goya, las rimas de poetas ingleses que al leerlas -que al oírlas- nos sabían a mar, las baladas baladíes de vanos baladistas que escuchabas en discos y casets, aquello, aquello que pudimos compartir, que hubiéramos querido compartir -si no hubiéramos apostado puerilmente la mala carta o pensar que podíamos soportarnos los domingos siete sin que el hígado reventase. T u perfecto rostro oval estaba hecho de la geometría de la luz, pero no de los adioses. Tu cuerpo de veinte años se extendía sobre la hierba y la tierra incendiadas. Era una rosa abierta para la creación del mundo. ¡Cuánto hubiera dado por más! ¡Por algo más! No había tiempo que perder, y lo perdimos. No hay fotografía, Sonia, que precise la gran belleza de ese preciso instante, pero ni ese primer instante, ni los meses compartidos, valió, creémelo, el sufrimiento de ese año, el terrible sufrimiento de ese año. Y palomas picotean el grano que les echo.
Marco Antonio Campos









