No me venía la regla y conseguí ignorarlo durante seis días con una energía represora sobrehumana. Al séptimo hice un sprint hasta la farmacia a primera hora de la mañana con un “mierda, mierda, mierda” en los labios. Compré un test de embarazo, volví a casa con otro sprint, el test se me cayó dentro del váter de tan nerviosa que estaba, volví corriendo a la farmacia, compré otro test, regresé de nuevo corriendo, meé en el tubito y tuve que esperar un minuto.
Fue el minuto más largo de mi vida.
Un minuto en el dentista ya es largo. Un minuto de música y bailes tradicionales en televisión es todavía más largo. Pero el minuto que un puto test de embarazo necesita para decidir si marcará una segunda línea o no es la prueba de paciencia más dura del mundo.










