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Warnings: Clothed Sex, Dry Humping, Anal Fingering (but not really), Crying During Sex, Dacryphilia, Dom/sub Undertones, sub Lisandro, Soft Dom Cuti, Blow Job, Praise Kink.
Resumen: "El morocho sabía muy bien que eso era justamente lo que el mayor necesitaba, descomprimir toda la tensión acumulada durante el día, abandonar su mente por un rato para dejarse cuidar, y algo sobre los suspiros y suaves gemidos que el rubio comenzaba a entregarle le decía que estaba haciendo un buen trabajo."
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Licha vuelve hecho percha del laburo y Cuti lo mima hasta que se le pasa.
Nota de Autor: Tengo este one-shot publicado en Ao3 hace rato y se me ocurrió subirlo acá también. Recomiendo que antes de leer escuchen el tema de Cigarettes After Sex que tiene el mismo nombre que el fic: Nothing's Gonna Hurt You Baby, para que tengan una idea de las vibes ya de entrada. Disfruten.
—¿Qué pasa, amor?
Casi una hora había pasado desde que Lisandro cruzó la puerta de entrada. En el momento que Cuti lo vio poner un pie dentro del departamento compartido notó su humor decaído, los turnos de los viernes por la tarde siempre eran los más exigentes para el gualeyo; trabajar como mesero no es laburo para cualquiera.
Eran pocas las veces que Cristian lo había visto llegar en esas condiciones, como si cargar con el peso de su propio cuerpo fuera una ardua tarea en sí, y cada una de esas veces nacía en él una profunda necesidad de envolverlo en sus brazos para no volver a soltarlo. Pero sabía que no era buena idea si lo que buscaba era evitar agobiarlo por demás.
A lo largo de su relación había aprendido que debía darle su espacio y esperar pacientemente a que su angustia apaciguara, confiaba que el mayor se acercaría cuando estuviera listo.
La noche ya cubría la ciudad y era poco el ruido de las calles que atravesaba las cuatro paredes. Ahora el menor lo miraba cómodamente desde su lugar en el sofá, con un deje de preocupación pintando su rostro. Se entretuvo unos segundos con la vista de su novio, quien luego de una rápida ducha, se encontraba inclinado contra el umbral de la sala, vistiendo un par de boxers que a duras penas se asomaban por debajo de una remera obviamente robada. Ver a Licha nadando en su ropa le llenaba de satisfacción, un calor se expandía en su pecho al pensar que encontraba confort en ella luego de un día agotador. Sabía que esa era su forma de tenerlo cerca y presente aun cuando no se sentía preparado para abrirse por completo.
Conocía a su pareja como la palma de su mano, entendía muy bien la batalla interna que lo atravesaba en momentos como estos, cuando sus instintos le rogaban a gritos pedir afecto, pero la mala costumbre le repetía una y mil veces que no lo hiciera, que no diera el brazo a torcer porque ser vulnerable podía resultar peligroso; porque de salir lastimado, no sería la primera vez.
Si existía un Dios en el cielo, debía de estar harto de escuchar las súplicas del rubio por poder comunicarse telepáticamente y no tener que verbalizar sus emociones nunca más en la vida. Deseaba poder simplemente sentir, pensar e inmediatamente ser entendido. Pero Lisandro había esperado hasta el cansancio a que su sueño se volviera realidad, por lo que se prometió a sí mismo que se esforzaría en usar su voz, en pedir ayuda cuando la necesitara, porque Cristian le había demostrado que con él era seguro hacerlo.
Al no recibir respuesta a su pregunta, más que un gesto entre angustia y frustración por no poder encontrar palabras, el cordobés volvió a intentar.
—¿Necesitás algo, bebé? —el mayor se sintió salir del trance de su propia mente, pero la inseguridad aun lo recorría. Contuvo la respiración un segundo y notó su cuerpo hacerse chiquito mientras asentía desde su lugar, sentía cómo el nudo en su garganta se aflojaba un poco al escuchar ese apodo— ¿Qué necesitás? Contame.
Lisandro soltó en un suspiro el aire que contenía y volvió a respirar profundamente en un intento de prevenir que la pregunta desencadenara otro torbellino de pensamientos que nublaran su mente hasta la asfixia. Un puchero se formó en sus labios y podía sentir su entrecejo fruncido, pensó cómo resumir todo lo que quería en la menor cantidad de palabras posibles.
—Mimos —respondió, y el corazón de Cuti se encogió para luego entibiarse de ternura.
—Vení acá —un par de palmadas en su muslo fueron argumento suficiente para convencer a Lisandro, quien se acercó con pasitos rápidos, pero aún con la cabeza gacha.
Sentarse así sobre el regazo de su novio era una sensación sumamente familiar. Se dejó envolver en un abrazo y podía imaginar cómo una burbuja que los separaba del resto del mundo comenzaba a alzarse a su alrededor, por un segundo la pesadez en su pecho pareció hundirse un poco más profundo en su interior.
Las ganas de llorar amenazaron con invadirlo, pero las suprimió instintivamente, tensando su cuerpo aún más si acaso era posible y se ocultó contra el contrario en un intento de sumirse enteramente en él hasta desaparecer.
Su frente se apoyó en el hombro de su novio y un aliento tembloroso escapó sus pulmones, las cálidas manos de Cristian parecían contenerlo en su totalidad, sosteniéndolo como agua que quería escaparse de entre sus dedos.
El ligero murmullo de la repetición de un partido de futbol provenía desde la televisión encendida a su espalda, llenaba el silencio en la habitación aligerando el ambiente.
—¿Un día de mierda? —preguntó de nuevo el cordobés, sintiendo cosquillas contra el cuello cuando el rostro de su novio buscó hundirse aún más contra su piel sin éxitos, antes de escuchar un leve “Sí” susurrado teñido de vergüenza.
El agotamiento podía sentirse en su voz y Cristian deseaba poder borrarle el cansancio a besos; aun sabiendo que no era posible, lo intentó. Sus manos reposaban en las caderas del mayor mientras que sus labios empezaron su recorrido por el cuello y hombro de Lisandro, quien comenzó a relajar sus rígidos músculos al sentir la boca ajena en contacto con su piel.
Los dedos de Cuti dibujaban círculos sobre los costados de su cuerpo, inconscientemente ganando terreno y avanzando por debajo de la ropa, dejando caricias a lo ancho y largo de su espalda.
El morocho sabía muy bien que eso era justamente lo que el mayor necesitaba, descomprimir toda la tensión acumulada durante el día, abandonar su mente por un rato para dejarse cuidar, y algo sobre los suspiros y suaves gemidos que el rubio comenzaba a entregarle le decía que estaba haciendo un buen trabajo.
Las manos que se entretenían bailando sobre la piel del entrerriano terminaron por descansar unos segundos en su cintura, y una leve mordida del menor hizo que Lisandro arqueara su espalda, descubriendo su rostro y dando vía libre para que los besos continuaran su recorrido hacia sus clavículas. Una de sus manos subió hasta entrelazarse en el pelo del morocho por instinto, sin poder controlar el ardor que pintaba sus mejillas al pensar que cada toque y caricia de su novio se traducía en una corriente de calor que lo atravesaba por completo, hallando refugio en su entrepierna.
Los besos comenzaron el camino de vuelta, arribando esta vez en la comisura de los labios opuestos para luego romper contacto. La calidez de las manos que reposaban en la cintura de Lisandro se perdió, para reencontrarse acunando su rostro.
—Mirame, —la voz del cordobés ya podía escucharse más ronca, aunque firme. Guió la mirada ajena hasta unirla con la suya— ya pasó, ahora estás acá conmigo.
El tono de esas palabras tiró abajo los pocos muros que todavía quedaban en pie, dejando a Lisandro sometido y asintiendo dócilmente. El peso de las emociones recayó sobre sus hombros de nuevo, esta vez sabiendo que podía rendirse ante ellas porque Cristian estaba ahí para sostenerlo. El puchero en su expresión no había ido a ningún lado y el cordobés fue vencido por la tentación de deshacerse de él por cuenta propia.
Unió sus labios con paciencia, comiéndole la boca sin apuro alguno para poder saborear cada bocado. La mano derecha que enmarcaba el rostro del mayor bajó hasta su cuello, rodeándolo con una firmeza que le generaba un mareo embriagante, la posesividad del gesto lo desarmaba por completo.
El repentino pellizco de una mordida sacó a Lisandro de su bruma mental, haciéndolo romper el contacto para tomar aliento. Cristian aprovechó los segundos para hablar.
—Me encantás, ¿sabés? —el jadeo que escapó de los labios del entrerriano los sorprendió a ambos— No me voy a cansar nunca de decírtelo.
La voz de Cristian parecía tener un poder hipnotizante sobre Lisandro y el menor lo sabía. Podía pasarse horas desmenuzándolo lentamente solo con palabras y cada vez que el cordobés habría la boca el rubio notaba su mente nublarse un poco más, con cada nueva exhalación su cuerpo flotaba más alto.
Entre una pesada respiración y otra, a Cuti le pareció escuchar algo parecido a un “gracias” casi involuntario escapar de los labios del mayor, y una sonrisa de gozo se dibujó en su cara; le había enseñado tan bien.
—Mhm, ya sé que te gusta. Mirá que puedo estar toda la noche diciéndote cosas lindas si te hace soltar esos ruiditos.
Lisandro podía sentir sus parpados pesar el doble y todas sus emociones se mostraban a flor de piel, no podría reprimirlas aunque intentara. Una caterva de sensaciones lo inundaban y solo podía atinar a dejarlas pasar, permitirles atravesarlo por completo mientras notaba una calidez conocida acumulándose lentamente en su abdomen.
La mano que rodeaba su cuello escaló con paciencia hasta tomar su mandíbula con firmeza.
—Abrí —lo escuchó decir, y sin pensar dos veces separó sus labios.
Un par de dedos no tardaron en hacerse paso dentro de su boca, y al sentir el peso sobre su lengua dejó escapar otro quejido. Cristian amaba jugar así con su novio, no lo hacía para lubricar sus dedos, ni siquiera le pedía que cerrara sus labios y los chupara. Simplemente le gustaba divertirse con él para ver hasta dónde podía llegar su paciencia, qué tan dispuesto estaba el mayor a obedecer, y Lisandro nunca lo defraudaba.
—Te ves tan lindo así, todo entregado —se moría de ganas de comérselo entero—. Dios, sos tan mío. Me volvés loco.
Con cada nuevo halago el entrerriano sentía su sangre hervir. La mano izquierda de su novio había migrado hasta posarse en su espalda baja casi con pereza, guiando sus caderas sin mayor esfuerzo en un vaivén que no estaba seguro cuándo había comenzado. Lisandro se concentró en el simple peso y calor de su presencia, y con un suspiro profundo sintió su mente dar otro giro, buscando más fricción con impaciencia, mientras una nueva oleada de placer lo recorría entero.
Justo cuando su quijada comenzaba a molestarle, el par de dedos abandonaron la humedad de su lengua, dejando un rastro de saliva sobre su rostro mientras volvían a tomarlo por la mandíbula. El cordobés notaba su desesperación creciente y necesitaba escuchar su voz.
—Si querés algo me lo tenés que pedir. ¿Sí? —dijo con un tono condescendiente— Con palabras, amor.
Entrelazó sus dedos todavía húmedos por el corto cabello del mayor y lo tomó firmemente, si esperaba una respuesta, primero necesitaba traerlo de nuevo a tierra para evitar que se queme volando demasiado alto. La mano que guiaba sus caderas subió hasta reposarse en el esternón de Lisandro para recordarle respirar, y con ese gesto tomó conciencia de su cuerpo e inhaló profundamente una vez más. La mirada perdida de Lisandro terminó por conectarse con la expresión expectante de su novio.
—Tocame más —logró formular. Cada susurro del gualeyo se sentía como una nueva victoria para ambos. Escuchar su voz, aunque empapada en vergüenza o envuelta en gemidos, era un voto de confianza que Cristian juraba defender con cuerpo y alma.
Demasiado complacido con oír los sollozos del rubio, el menor dejó de hacerse de rogar. El agarre en su cabello permanecía constante, mientras el toque sobre su pecho descendió lentamente, casi haciéndole cosquillas al llegar al sendero de bello en su abdomen.
Lisandro creía estar al borde del delirio y su agitada respiración era música para los oídos de su novio, quién decidió dejar de provocarlo de una vez y ahuecó su mano para apoyarla de lleno sobre la erección aún cubierta del mayor, podía sentir la tela empapada en presemen bajo su palma.
Las sensaciones eran demasiadas para el pobre entrerriano, se perdió por completo en la nueva presión en su entrepierna, montando la mano del morocho de manera desenfrenada; la vergüenza y el placer lo colmaban hasta el punto de no poder distinguir entre ellas.
Los gemidos se tornaron en lloriqueos, que no cesaron incluso cuando Cristian volvió a unir sus bocas con desespero, imponiendo un ritmo impaciente que el gualeyo no supo seguir. Su cuerpo, demasiado concentrado en el movimiento de sus caderas, respondía con torpeza a los besos del cordobés, quien decidió migrar sus labios hacia el cuello de Lisandro. El calor de su aliento se detuvo detrás de su oreja, y el mayor creyó tocar el cielo cuando un “Muy bien, bebé. Seguí así.” susurrado endulzó sus oídos.
La mano derecha del morocho había perdido fuerza en su agarre, abandonando el cabello de su novio, e instintivamente continuó paseándose por el resto de su cuerpo. El suave toque sobre su piel afiebrada mantenía al mayor al borde de la locura, podía sentir la humedad acumulándose en sus ojos, pero no estaba seguro de cuánto tiempo más podría aguantar. Había conseguido tolerar las provocaciones de Cristian como un campeón, pero el gentil roce de su pulgar contra uno de sus pezones fue la gota que rebalsó el vaso, haciendo que un par de lágrimas rodaran por su rostro y su torso entero temblara. Nunca se olvidaría de la primera vez que había ocurrido.
Llevaban unos cuantos meses en pareja y habían hablado un par de veces sobre intentar cosas nuevas en la cama, probar con algo más intenso. Semanas habían pasado desde que tocaron el tema, pero hasta el momento todas las sugerencias eran propuestas por el menor, mientras que su novio escuchaba sus ideas, estudiándolas sin mucha reacción aparente. Cuti había comenzado a pensar que al rubio realmente no le interesaba la idea del sexo brusco y temía decírselo.
Hasta que una madrugada volvieron juntos al departamento luego de una salida a un bar con amigos en común. Habían tomado un par de tragos, pero los dos sabían que el alcohol solo había conseguido relajarlos y ambos aun se encontraban en sus cinco sentidos.
Cristian había notado a Lisandro particularmente coqueto esa noche, y aunque desconocía por completo la razón, agradecía al universo por entregarle la hermosa imagen de su novio insinuándosele de esa forma.
Sus ojos parecían más oscuros que de costumbre y no dejaban de pasearse por el semblante del morocho, parpadeando pausadamente y viéndolo por entre sus pestañas cada vez que sus miradas coincidían. Mordía ligeramente su labio inferior luego de cada risa casual entre conversaciones y parecía querer forzar el contacto visual con el cordobés por cada sorbo que le daba a su trago, alineando lentamente la bombilla con su boca.
El mayor parecía empedernido en poner a prueba la paciencia y autocontrol de su pareja, quien luchaba por debajo de la mesa con la incomodidad de sus pantalones estrechándose lentamente. El morocho se decidió por inventar una excusa improvisada sobre deberes con los que debían cumplir al día siguiente para volver a la privacidad de su hogar lo antes posible.
Durante el recorrido de vuelta Cristian no emitió palabra alguna, por lo que Lisandro temió haber tentado demasiado a la bestia. Una creciente preocupación se plantó en su pecho al creer que había hecho enojar al menor, o tal vez sus provocaciones excesivas lo habían incomodado.
Todas sus inquietudes se desvanecieron en el momento que sintió su espalda impactar contra la puerta de entrada del apartamento ni bien terminaron de cruzar el umbral. El cordobés se abalanzó contra el más bajo, atacando su boca en un beso feroz colmado de frustración, y al separarse, de sus labios escaparon las palabras que se había forzado a contener durante toda la velada.
—No sabés las ganas que tengo de usarte la boca, te la llenaría de pija hasta que te ahogues.
Inmediatamente sintió su sangre helar, había hablado sin pensar y por un segundo creyó haber cruzado los límites. Pero al ver a su novio a la cara notó cómo se le iluminaba la mirada por completo con una expresión de fascinación plasmada en su rostro; Cuti sintió derretirse de gusto.
Pronto lo tenía de rodillas frente a él, con sus manos y boca ocupados chupándolo con un entusiasmo que no había visto antes. El placer del morocho era tal que sentía no poder mirarlo directamente sin venirse en el instante, por lo que echó su cabeza hacia atrás dejándose llevar. Sus ojos se cerraron y ambas manos se dirigieron a la cabeza del rubio a sus pies, deteniéndolo en su lugar y dejando que sus caderas hicieran el trabajo.
El movimiento de vaivén era más que conocido para su cuerpo y pronto se encontró acelerando de manera inconsciente. Los sonidos húmedos le llenaban los oídos incitándolo a buscar más, pero se vio interrumpido por un par de ruidos ahogados más fuertes que los demás. Al bajar la mirada se encontró con un Lisandro completamente enrojecido y con lágrimas empapando su rostro.
—¡Dios! Amor, perdón, perdón. —el pánico invadió sus palabras y enseguida separó sus cuerpos, agachándose para quedar a la altura del mayor—¿Te hice mal? Te juro que no me di cuen-
—Estoy bien —interrumpió rápidamente, su voz salió ronca y tosió un par de veces para aclararla—. No me hiciste mal, estoy bien.
Pararon todo inmediatamente y a Cristian le tomó un tiempo recuperarse del susto. Luego de abrazarse unos minutos para calmarse mutuamente, decidieron que era mejor irse a dormir. Pero incluso una vez acostados en la cama, podía notar a Lisandro un poco distante, como si hubiera algo que temía decir en voz alta, Cuti no podía deshacerse de la culpa y el miedo de haberlo lastimado.
No fue hasta el desayuno de la mañana siguiente que el mayor juntó el valor para hablar.
—Me gustó que me hicieras llorar así.
Cristian casi se ahoga tomando el mate recién cebado, tuvo que toser un par de veces, al igual que su novio la noche anterior. Por un segundo creyó haber oído mal y, aun absorto, decidió preguntar.
— ¿Cómo?
—Anoche. Me gustó que me ahogaras hasta hacerme llorar, mucho —no solo lo había disfrutado, había sido una experiencia catártica. Era lo que siempre había querido y nunca supo pedir—. Lo podemos volver a intentar. Si querés, digo; sino no, obvio.
Decir que el morocho había quedado desconcertado era poco. Por primera vez Lisandro había puesto en palabras lo que quería, y con toda la timidez del mundo le pedía que lo hiciera llorar mientras cogían, otra vez.
A Cuti le tomó unos días hacerse a la idea, había visto a su novio llorar unas cuantas veces en el pasado, aunque jamás en un contexto sexual y nunca por su culpa, pero el saber que al rubio le gustaba cambiaba el panorama por completo.
Inevitablemente comenzó a repasar los recuerdos que tenía de Lisandro, con esos ojos que tanto le gustaban enmarcados en largas pestañas húmedas, sus gruesos labios colorados e hinchados, su nariz y mejillas ruborizadas bañadas en lágrimas. Algo se removió en su interior al darse cuenta que la imagen le resultaba más que apetecible.
Casi un año había pasado desde el accidente, pero esa noche cambió el rumbo de su relación por completo, dio paso a una dinámica totalmente distinta entre ellos que se desenvolvió de manera sumamente natural. Indagaron con curiosidad en las necesidades y placeres del otro, enlistando mentalmente cada nueva peculiaridad que aprendían en el camino para no volver a olvidarla.
Si bien ver a Lisandro totalmente vencido ante él ya se había vuelto costumbre, la imagen nunca dejaba de conmoverlo, y las emociones que se gestaban en su interior parecían refrescarse con cada encuentro.
Ahora el cordobés se puteaba a sí mismo internamente por no tener su celular a mano para retratar ese momento en una foto. La sombra de su entrecejo fruncido cayendo sobre su mirada perdida, los párpados hinchados y un sonrojo afiebrado cruzando su rostro. Su piel brillaba en una mezcla de sudor con lágrimas de desahogo y placer, mientras las puntas de su cabello humedecidas por el calor de su propio cuerpo enmarcaban su expresión totalmente rendida, digna de un mártir. Si Cristian tuviera que imaginar a un ángel simplemente pensaría en la vista que tenía frente a sus ojos en ese instante.
—Cris, ¡Dios! —cantó el ángel.
Si bien el semblante del menor había logrado mantenerse estable, el hombre no era de piedra. Podía notar cómo se perdía en el baile de sus cuerpos de la mano de su compostura. Las palabras y caricias que libraba eran cada vez menos precisas, y mientras con una mano continuaba masturbando a su novio, la otra pronto se encontró siguiendo la curva de su espalda, adentrándose en su ropa interior. Un par de dedos se hundieron en su calor comenzando a tentar su entrada, masajeándolo con la presión justa para llevarlo al desespero, sin llegar a penetrarlo por completo.
—Ya sé, ya sé, bebé. Se siente bien, ¿no? —sintió la necesidad de consolar a su novio con un todo dulce—. Mhm, perdón, amor, pero sabés que necesito más que eso. Vos podés.
No poder pensar con la claridad suficiente para responder se sentía humillante, y simplemente pensar en lo degradante de la escena en la que se encontraba envuelto llevaba a Lisandro a su límite.
—Porfa, Cris. —la desesperación en su voz era casi palpable y luchaba por no ahogarse con sus propias palabras— No puedo más, dejame acabar, por favor.
—Muy bien, amor. Viste que podías —respondió lleno de gozo e igual de impaciente— Está bien, podés acabar, ¿sí? Porque te portaste re bien.
Esas palabras fueron suficiente para que el entrerriano se dejara ir. Un vacío repentino invadió su mente, mientras una última ola de placer lo rebasó, como una presa desbordada por una corriente de agua que arrasaba con todo a su paso.
Su cuerpo entero latía al ritmo de su corazón acelerado, y terminó por correrse en sus boxers a la vez que un hilo de “gracias” susurrados y casi incoherentes escapaban sus labios. Cristian continuó estimulándolo a través de su orgasmo, dibujando leves círculos sobre su glande, ensuciando sus dedos con el semen que saturaba la tela de la ropa interior.
El movimiento de ambos fue menguando lentamente hasta detenerse por completo, dejándolos envueltos en sus respiraciones agitadas. Lisandro dejó caer su cabeza sobre el pecho del contrario y su cuerpo entero quedó inerte como si fuera un muñeco de trapo. El cordobés aun sentía su mente dar vueltas mientras intentaba controlar sus latidos, llevó sus dedos húmedos en leche hasta su boca, degustándola hasta dejarlos limpios.
El partido de fondo ya había terminado y unos segundos de silencio reinaron la sala antes de que el cordobés volviera a hablar.
—¿Mejor?
—Mhm, m’sí. —su lengua pesaba en su boca, arrastrando con las palabras a su paso.
El mayor se removió en su lugar para acomodarse mejor, pero en su intento sintió la erección caliente de su novio aun aprisionada en todas las capas de ropa. Perdido en la multitud de sensaciones se había olvidado de atender las necesidades del morocho.
—¿Querés que te ayude? —preguntó y por un momento pretendió no estar tan cansado, dispuesto a mantenerse despierto si eso significaba complacer a su novio.
El cordobés no hacía caso omiso a su calentura, pero por el momento se dio por contento. Su novio le había regalado cientos de orgasmos antes y tenía la esperanza de un futuro con otros cientos por venir; no había necesidad de apurar ninguno.
—No te preocupes por eso, bebé. Ahora descansá un rato.
A veces, para Cristian, ayudar a Lisandro a ver estrellas era más satisfactorio que cualquier orgasmo.
Totalmente autoindulgente. No me arrepiento de nada.
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