| Rara |
Monte
Germán Schwindt
Amanece, el primero es Ramón, mi abuelo, abre la puerta de chapa, abre la garrafa, levanta de al lado de la tranquera las dos botellas de leche recién ordeñada que dejó la señora de Videla cuando todavÃa el monte era sombras. Como todas las mañanas de esos eneros idos, Ramón enciende el fuego de la cocina, el olor del fuego de garrafa, los sonidos de la preparación del mate, poco a poco, cae la yerba en un crrrr suave no usa cuchara, y como obedeciendo a un despertador hecho de hábito despiertan los demás, yo habÃa entrecerrado los ojos desde que el abuelo habÃa ido para la puerta de chapa, me gusta verlo ahà como si nadie estuviera con él.
La casa es un solo ambiente dividido por una estufa hecha de piedras traÃdas del rÃo, de a una, inmensos cantos rodados de colores, azules, verdes, rosas, blancos, los menos blancos, sobre el perÃmetro de las paredes cuchetas, nadie se mueve en la espera de la modorra, nadie habla, llega el mate, cama por cama, sorbo por sorbo, todo empieza, todo y ese dÃa.
Me levanto lo más rápido posible antes de que el baño sea ocupado por las mujeres que se toman más tiempo, intento no pensar en todas esas palabras que vienen apenas abro los ojos, un barullo, me lavo la cara, me cepillo los dientes con mi cepillo, el más chico, azul, me dicen que hay rocÃo, que todavÃa no, como todas las veces porfÃo y me voy, saben que volveré, aunque las vÃboras amenacen tanto desde las advertencias de los grandes, como desde los susurros de los pastizales.
La primera bocanada de aire de la mañana, la que dejará de ser húmeda en un rato, inolvidable sabor de lo que perdura, pastos, árboles, espinillos en flor, animales mojados, insectos prontos ya saltan de aquà para allá y las gotas del rocÃo están ahà para mojar mis flechas azules, que a los tres pasos ya están empapando de frÃo mis empeines. Salgo y las palabras se acurrucan cuando me distraigo en el cielo diáfano, más que claro, que las sucumbe, al menos por un rato, el sol despunta.
La casa está en el medio de una lomada de un monte ondulado, un ancho valle entre serranÃas, en la escuela, muy, muy lejos de acá, lo llaman xerófilo, hacia el este la columna de las sierras chicas un animal verde, tan verde que está ahà nomás, ya a veces se incendia por obra de algún turista, quedan manchas negras que al otro verano se habrán cicatrizado, siempre están acostadas llamando a que se las puede tocar con extender el brazo a la altura de los ojos, hacia el oeste las sierras grandes, ellas son más distantes al trato, violetas o grises según el momento del dÃa, esta mañana azules, no se las puede tocar alzando el brazo a la altura de los ojos aunque en algunos dÃas, los más claros se las podrÃa acariciar cuando se hacen de tejido, veo sus quebradas, la diferencia entre una y otra, hasta el pico más alto en medio, son ángulos agudos que recortan bruscos el cielo horizontal que tal vez exista más allá, del otro lado invisible... El barullo quiere empezar, entonces camino.
La bajadita al costado de la casa es la puerta al monte, ahà desaparece todo rastro humano, en unos minutos de caminar ya nada queda, ni de las voces, ni de los gritos que no llegaron a viajar desde la ciudad, de tu silencio que va a estar siempre recortado como un claro de bosque, allá en la ciudad donde quedó el bosque, o por el camino, o por acá también, y me sacudo la cabeza y parece que puedo estar feliz, si estoy feliz, seriamente feliz de olor a plantas mojadas con las flechas azules hechas agua, con los pies mojados que en algunas horas de caminar se secarán, se abren las rendijas del detalle, ese pasto no es igual a aquel, ese espinillo solo, ese tala solo de piel descascarada, el piquillÃn solo, racimo de esferas minúsculas a la que a veces muy de vez en cuando viene la reina mora, vuelan las primeras aves, es ahà cuando silencioso y a escondidas me deslizo, cuando ellos toman confianza y aparecen.
Jilgueros amarillos, de vuelo rápido y recto, les gusta la bandada. Los cabecitas negras son más de andar por las puntas de los matorrales más altos, los que hay que bordear mirando el piso o escuchando el deslizar, caminar el monte es escuchar el deslizar, en el aire, el deslizar en la tierra, entre las plantas, si es cerca de los pies es más peligroso, la palabra deslizar es de las yararás, la palabra voló es de tantos otros, pero deslizar hasta ese momento es solo de ellas, ni siquiera de las iguanas que trotan algo zigzagueantes y cómicas, cuÃdate del golpe de su cola, podes mirarlas de frente, escamas brillantes, sin miedo a esos ojos de cuarzo negro, ellas temen antes a mi más leve movimiento, porque andar el monte es perderle el miedo, aunque llene de pavor, porque en la noche sà que me lleno de pavor, aunque como soy borracho de él igual me le entrometo. A la noche es más sencillo al barullo de las palabras meterse dentro de mi desde ese lugar en que bullen, caen en picada, de dÃa las mantengo fuera de los senderos.
Entrar al monte es pasar de la bajadita al bajo, aunque a veces de puro capricho me voy para otro lado y le entro luego del caserÃo de los Videla, una familia de serranos que hablan con tonos y palabras comprimidas que tienen tantas i que me confunden, con los años llego a hablar como ellos de los caballos, pero hoy el tema es el monte, el homenaje claro a su gracia sin risa, su cobijo indiferente al pibe solo que fui entrometido en su soledad hermana.
En el bajo desaparecen todas las sierras, las chicas y las grandes, queda los churquis bajos, y las espinas que cuelgan el monte del cielo, en ese suspenso caminar con las flechas azules es alejarse de todos con el barullo a metros atrás, a veces me alcanza y me quedo quieto, sin caminar, el barullo también se desliza con otra ponzoña, mi hiel, sabré años después, la hiel de un niño vela lo niño. Por fortuna los carpinteros de penacho rojo o amarillo son tan bochincheros como para que me quite la estatua del cuerpo y los siga, son muy veloces y tienen vuelos largos, ondulados parecidos al de la perdiz aunque ellos no bajan al final suben, y con ellos me pueden llevar del otro lado de las primeras curvas, y me ayudan a perderme, aunque soy tan ubicado que aunque quiero perderme no puedo, algo marca el este adentro, en mi oreja que no deja que me pierda del todo, aunque insisto y a veces puedo. Ahà llegó una monjita blanca, tan esquiva que parece que hiciera de su nombre pudor animal, ha de ser temor animal, no como la tijereta que nunca anda en casal y hace unas olas en el aire, no vuela, nada con esos dos timones de pluma que cortan el aire.
En la lomada cerca de la casa abandonada, a unos kilómetros, a unas horas o por ahà más cerca, hay un peñasco oculto, en que puede verse el monte sin ver las casas ni las sierras, el silencio ni duele, el silencio ahà arriba, entra en los oÃdos va más acá se desliza por todo el cuerpo y lo enmudece de quieto placer, no quiero caminar siquiera para romper esa membrana, hasta el barullo se llamó a silencio.
Un cuis, sale de la cueva y se queda marrón … otro más grande desconfÃa desde el agujero, le apunto mi flecha azul, lento lo acepta y asà podrÃa ser el glisando del sinsonido, aunque algo les ordena que no y se van, quedo solo cimarrón. Â
Tengo sed, busco el rÃo, primero hay que escucharlo.
No pretendo ser alguien más que alguien, que algo responda claro en todo ese matorral de palabras, como un cuis, que algo diga claro esto o lo otro y no el barullo.
Sed entre langostas de colores, unas diminutas, otras una nube sobre una mata bien muerta a medio comer, el monte no es moral. A veces aparece Ernesto tartamudo y a caballo pasa lejos, escucho las ramas que se parten en los cascos, esta vez se acerca, a él le gusta hacer bromas entrecortadas, me invita a subir a la yegua, trotamos y pasa rápido por entre los churquis, uno de ellos me rasga la espalda de finos trazos rojos, Ernesto desliza la mano sin permiso ¿qué t t te nés ahÃ? me dice mientras me la pellizca, nada, le digo, mientras esa t que me da algo de gracia se hace tipografÃa de un instante. Te toca, la vida que te tocó, dice el barullo sin tartamudear. Â
El monte es la forma de un cuerpo germinal, un cuerpo desentonado de todo juicio, el cielo seco celeste mudo incandescente lo cuelga, al monte, al cuerpo, al deslizar, doy la vuelta también sobre mi eje ya deslizándome, me bajo más bajo que el baquiano que es Ernesto de la yegua y de nuevo le digo, no nada como hace un rato, sino no sé, serio lo miro y repito no sé, y sabe que no seremos más amigos.
Camino sin sendero, más solo, lo dejo atrás hasta que lo pierdo y me guÃo por el olor baquiano que aprendà de golpe, voy hacia la hondonada donde pasa el olor inconfundible de las piedras mojadas, embarullado de más bebo rÃo.
Desnudo me sumerjo en el cauce, las ropas se secan sobre unas piedras entre la arena muy blanca que las enmarca, desde el agua veo como se evaporan los restos del sudor, el monte es un buen cuerpo para caminar solo sin abrazos, esa soledad desmontada dibuja unos márgenes, los de la remera blanca, los de la bombacha que me prestó mi abuelo Ramón, esa que trajo alguna vez de algún otro monte más campero, el pampeano, el cuadro no es pintoresco más bien anacrónico, las flechas azules apuntan a un cielo aún con dios, pero como está en silencio entre el murmullo del agua que estrella las piedras, ese dios se hace minúsculo, tan trasparente como deshecho. Es una intuición que mucho después confirmaré, nada responde desde lo claro y diáfano, ni de las estrellas estampadas de cuentas incontables, ni cuando es gris relampagueante, nada responde y si el barullo se lo engullera, ese hueco no serÃa tan distinto, ese hueco en el cielo cuando el cielo no responde y solo cuelga.
Una yarará cruza el rÃo, se desliza mejor que en el pasto mientras la corriente la lleva, no se le opone con ese saber animal inmediato de cosa fija, la miro venir hacia la costa, luego hacia mà su triángulo apenas sobre elevado del agua no me mira, solo es un brillo verde amarronado con pintas blancas y negras, luego rÃo abajo unos cien metros más allá llega al borde y de nuevo desaparece convirtiéndose de s que nada en amenaza fantasma, todo esto en la ceremonia en que entre todo lo vivo del monte le hacemos a lo que será callado.
El barullo no respeta esos mÃnimos gestos poéticos, se realiza embarullando. Prefiero nadar ahora que no hay yararás en la costa, una lagartija desde el peñasco de enfrente me divisa y la diviso, se queda fija, baja su vientre sobre la piedra y es la quietud en su expresión más pura.
Floto, me dejo llevar rio abajo, bebo rÃo, bebo, bebo, abro la boca bajo el agua probando el sabor seco mineral, desesperado quiero hacerme uno con todo eso y eso también hace un no, un no natural, bebo, intento, bebo y no hay caso, no seré piquillÃn, ni piedra, ni pájaro, estoy montado hombre, queda para mÃ, vivir cuando quieto como canto rodado, y si deslizo canción, como rÃo o como monte. Â
21 de agosto de 2022

















