Llegó el tiempo de siembra, y brotaron lagartos y jengibre, aunque la lluvia no asomó ni una sombra en toda la primavera, y la acequÃa, un manantial de fuego y azufre, los cuidaste, los acunabas como fruto de tu vientre, como regalo divino, y crecieron, engordaban, alimentándose de tu aliento y de tu fe, expulsando la tierra que precisaban sus escamas, sus rizomas. Llego la recolecta, y tomaste lagartos y jengibre, los acunabas, como hijos nonatos, como el calor en invierno, y el invierno llegó a tus manos, manos, de arar tierra yerma, de acunar lagartos y jengibre 07.07.2018









