Ya regresé de Chilpancingo.
Hace algunas decenas de años esa barda era más larga, de madera, con esos intersticios entre tablón y tablón, que no son lo suficientemente grandes como para ver con claridad atraves de ellos pero que dejan volar la imaginación. Y qué imaginación, la de una niña que pasaba por esa esquina y escuchaba ruidos de aves y se imaginaba un ave gigante de colores, incluso recuerdo ver las plumas coloridas de aquella ave gigante por encima y entre los tablones.
Estaba tan pequeña que lo identificaba como un Pau-pau, si son mexicanos tal vez recordarán la ave que ilustraba la etiqueta de aquella bebida infantil. Cada que visitaba a mis abuelos y pasaba por aquella esquina, para mí era la esquina del Pau-pau, a veces daba miedo porque el ave te correteaba por detrás de la cerca, a veces solo paseaba y exponía su plumaje.
Aún hoy, para mí sigue siendo la esquina del Pau-pau, tal vez se trataba de un guajolote, sin embargo, me sigue maravillado el recuerdo de la invención imaginaria de aquella ave, recuerdo sus colores y su sonido.
















