𝗜 𝗖𝗔𝗡'𝗧 𝗧𝗔𝗞𝗘 𝗜𝗧 𝗔𝗡𝗬𝗠𝗢𝗥𝗘.
𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑐𝑜𝑛 : 𝗧𝗛𝗘 𝗥𝗔𝗩𝗘𝗡'𝗦 𝗟𝗔𝗜𝗥.
Volver a casa siempre tenía un sabor amargo. Las paredes del palacio, con toda su grandiosidad, se sentían frías y vacías. Pero esta vez había algo distinto en el ambiente, sentí que estaba cargado de una energía negativa. Me habían citado en el despacho de mi padre, y la atmósfera era tan densa que el mero hecho de respirar parecía difícil. Al cruzar la puerta, supe de inmediato que estaba en problemas.
Ahí estaba él, el rey, mi padre. Sostenía una revista con la mano derecha, la cara tensa, los labios apretados en una línea de disgusto. Sin decir palabra, dejó que el silencio hablara, un silencio que parecía más amenazador que cualquier grito. Su mirada, helada y calculadora, se posó sobre mí, y en ese momento, sentí el peso de su desaprobación aplastarme.
—¿Es esto lo que consideras digno de ti, Carter? —su voz, firme y envenenada de desprecio, hizo eco en la sala—. ¿Hacer el ridículo en público y arrastrar el nombre de esta familia en el lodo?
Miré hacia la portada de la revista. Las fotos de la fiesta de Halloween: luces, sombras, mi sonrisa torcida. En mi cara aún se podía ver la marca del puñetazo que recibí.
—¿Y qué? —murmuré, cruzándome de brazos. Sabía que provocarle era un suicidio, pero había algo dentro de mí que se rehusaba a retroceder.
Él soltó una risa seca, carente de humor.
—¿Y qué? No tienes ni el mínimo sentido de responsabilidad, ni de decencia. Como futuro rey, tus noches de fiestas y escándalos se han vuelto una vergüenza.
Apoyé una mano en el respaldo de la silla frente a él, inclinándome un poco hacia adelante. El impacto de sus palabras rebotaba en mí, y sentí un impulso oscuro brotar desde dentro, una necesidad de desafiarle, de decirle que no me importaba nada de lo que él pudiera pensar.
—Quizás debería dejar de preocuparme tanto por la perfección que tanto exige, padre —respondí, sin parpadear, clavando la mirada en la suya. Él siempre decía que tenía que “dar la talla”, pero nunca aclaraba dónde estaba esa maldita línea.
Fue como si mis palabras lo golpearan en el mismo centro de su ego. Su mandíbula se tensó, y entonces, sin previo aviso, alzó la bola de cristal que adornaba su escritorio y la lanzó en mi dirección. El objeto cruzó el aire y me golpeó de lleno en el costado. Sentí el impacto, un dolor sordo, pero no me inmuté. La bola, en cambio, estalló en mil pedazos. Estaba tan acostumbrado a estos momentos de su “disciplina” que la sensación me era familiar. No iba a darle el placer de verme retorcerme.
—No eres más que un inútil —dijo en un tono tan gélido como hiriente—. No quiero verte en ninguna fiesta, ¿me oyes? No vuelvas a arrastrar mi nombre por el fango.
Tomé aire, intentando calmar el ardor en mi costado y manteniendo la voz firme.
—No puedes obligarme a esconderme —repliqué, sintiendo que mi rabia se encendía aún más—. No pienso dejar que controles cada aspecto de mi vida.
Sus ojos se entrecerraron, peligrosamente.
—¿Ah, no? —En un movimiento rápido, se acercó y levantó la mano. El golpe cayó en mi mejilla, justo donde todavía estaba la marca del puñetazo de la fiesta. La piel palpitó, y el dolor se intensificó en esa herida abierta, pero me obligué a sostener la mirada. No le iba a conceder ni un suspiro de debilidad.
—No salgas de esta casa hasta que puedas arreglar eso —escupió, mirándome como si fuera la escoria más baja—. Si es que sabes hacer algo en condiciones por una puta vez en la vida.
Sus palabras atravesaron cada capa de mi coraza, pero no hice más que mirarle. Respiré hondo, no se muy bien como, me estaba costando coger oxígeno. Dejé que el silencio hablara por mí, y me giré para salir de la sala, manteniendo la espalda tan recta como pude. Cada paso que daba me costaba, pero no iba a mostrarle ni un segundo de debilidad.
Al cruzar la puerta y sentirla cerrarse tras de mí, dejé salir el aire que había estado conteniendo, me abrasaban los pulmones. La mano me temblaba levemente, pero pronto recobré el control. Andar se volvió algo más pesado de lo normal, eso fue lo que hice. Andar hasta llegar a mi habitación. Mi único lugar seguro.










