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Mama...
El Huaso, parte 37: El Grito
Lista de capítulos
Cerré la puerta con llave y apagué las luces. Por las persianas de la vitrina se filtraban unos rayos de luz desde afuera, lo que nos permitía vernos uno al otro tenuemente.
Me acerqué al Huaso para besarlo, y al contrario de lo que pensé, mi pololo recibió mi beso con calma, disfrutando cada segundo del momento. Me tomó en brazos y me llevó al escritorio.
—No, no. Para —le dije apenas me di cuenta que me quería dejar en el mueble nuevo—. Es de vidrio ahora.
—Chucha —se rió cerrando los ojos, intentando no emitir una carcajada—. Parece que tu jefe quería asegurarse que no tiráramos encima del escritorio.
—No creo que haya sospechado —cerré la conversación con un beso.
El Huaso seguía conmigo en sus brazos. Crucé mis piernas tras su espalda y él se dirigió a la puerta del armario donde estaban guardadas todas las prendas. Me presionó contra la puerta cerrada y comenzó a mover su pelvis lentamente mientras con sus manos apretaba mis glúteos y sus dedos jugaban con la costura central de mi short.
Me dejó en el piso y me volteó, aumentando un poco la rudeza de sus movimientos. Volvió a mover su pelvis suavemente contra mi trasero, y pude sentir su pene erecto a través de todas las capas de tela que había entre nuestras pieles. Me besaba el cuello mientras con sus manos masajeaba mi paquete. Yo, en tanto, con las mías intentaba apretar sus glúteos y presionar su cuerpo contra el mío.
Me volteé para besarlo de frente mientras le desabrochaba el pantalón. Le saqué la polera y le bajé el pantalón. Él por su parte se sacó las zapatillas y los calcetines para terminar de desvestirse. Quedó frente a mí solo en ropa interior, como me gustaba a mí: ver su cuerpo atlético cubierto solo por una diminuta prenda de algodón celeste.
Le tomé la mano y lo llevé hasta donde estaba la persiana de la vitrina. A través de los espacios podíamos ver que aún se paseaban los últimos visitantes del centro comercial. Hice que el Huaso se apoyara en el colgador que estaba frente a la persiana, mirando a través de ella y dándome la espalda. Metí mis manos por debajo de su bóxer, apretando sus glúteos con la derecha, mientras con la izquierda lo masturbaba, y con mi dedo índice de esta última pude sentir la primera gota de precum que salió de su pene.
—Rico, como siempre —le dije después de saborear su lubricante natural en mi dedo.
—Es todo tuyo —respondió coqueto.
Volteó el cuello para besarme en la boca. Lo besé rápidamente y comencé a bajar, besando su espalda hasta llegar a su trasero. Le abrí las nalgas y metí mi lengua de inmedianto para estimular su ano.
Al sentir el contacto de mi lengua húmeda con su piel se estremeció y soltó un leve gemido. Disfrutó el beso negro que le dí, así como yo también disfruté haciéndolo. Tomaba su pene erecto y lo acercaba a mí desde atrás para metérmelo a la boca y escuché como luchaba para mantener sus gemidos inaudibles desde fuera.
—¿Te ayudo? —me preguntó el Huaso cuando se dio vuelta y vió que yo me estaba sacando la ropa.
—No te desconcentres —le dije, acercándome a besarlo nuevamente, mientras me bajaba el short junto con el slip.
Lo tomé por la cintura y lo volví a acomodar frente a la vitrina. Metí mi miembro en su ano y mi pololo soltó un gemido ronco.
—Shh —le ordené guardar silencio.
Comencé mi mete y saca, suave al principio, pero rápidamente aumenté la fuerza y la velocidad de mis embestidas, como sabía que le gustaba a mi pololo.
El Huaso disfrutaba con mi pene dentro suyo, hasta que sentí que se puso rígido y se irguió golpeándome la pierna.
—¿Qué? —pregunté extrañado buscando su mirada.
Me indicó con el mentón para que mirara a la persiana, donde una pareja miraba la ropa que se exhibía en la vitrina.
—Nos pueden ver —me susurró con temor en su voz.
—Tranqui, no se ve desde afuera —lo tranquilicé, volviendo a mover mi pelvis detrás de él.
—¿Essstay ssseguro? —me preguntó, con dificultad para controlar sus palabras producto de mi actividad.
—Si po —aseveré—. Aparte, ¿qué pasa si nos ven? —le pregunté coquetamente, dándole una fuerte embestida de sorpresa, ante la cual no pudo contener un sonoro gemido.
El Huaso se asustó del volumen que alcanzó con su voz y se quedó en silencio mirando a la pareja que aún conversaba animadamente, apuntando a las distintas prendas en exhibición. Al ver que no habían alterado su expresión, respiró aliviado y se relajó al fin.
Comencé nuevamente mis movimientos de pelvis, de adelante hacia atrás, haciendo que el Huaso gimiera suavemente, y con sus manos se aferraba al fierro del colgador frente a él. Cuando la pareja por fin se alejó pude retomar la fuerza y velocidad que llevaba antes de que aparecieran, y el Huaso se pudo relajar completamente.
Lo masturbaba torpemente mientras mi pene entraba y salía de su trasero, y al tiempo en que sus gemidos comenzaron a hacerse mas acelerados, lo volteé y me arrodillé frente a él.
Metí su pene en mi boca y comencé a mamar hasta que soltó su semen dentro mío. continué haciéndole sexo oral, y él tembló completamente y soltó unos suaves gritos de placer. Sus rodillas se flectaron involuntariamente, perdiendo la estabilidad. Me levanté frente a él y lo besé, permitiéndole saborear las últimas gotas se semen que aún quedaban en mi boca.
—Lo siento, tenía que hacerlo —le dije después del beso—. No podía permitir que lo tiraras encima de la ropa —me excusé.
—Eres tan buen empleado —me respondió con ironía.
—El mejor —respondí arrogantemente.
El Huaso me volvió a besar y se volteó para hacerme terminar lo que había empezado. Tomó mi pene y lo puso en su ano para que volviera a fornicarlo hasta acabar. Me tomó un par de minutos alcanzar el clímax después de la pausa, y liberé todo mi semen dentro de mi pololo, con una fuerte exhalación de placer.
Nos vestimos y con nuestros celulares intentamos iluminar en todas direcciones buscando alguna evidencia de nuestra actividad. Dejamos todo en orden y salimos lo mas sigilosamente posible de la tienda. Todos los otros locales ya estaban cerrados y con las luces apagadas cuando salimos, y ya no habían rastros de clientes.
—¿Y usted mijo, donde andaba escondido? —me preguntó don Javier, el guardia de seguridad, que se acercó a abrirnos la puerta para poder salir del centro comercial—. Pensé que ya se había ido.
—Es que no podíamos encontrar las llaves de mi casa, Don Javier —inventé—. Al final se me habían caído dentro de uno de los gorros que había guardado más temprano.
—¿Y no habrá sido más eficiente buscarlas con las luces prendidas? —preguntó con suspicacia, dirigiéndole una mirada inquisidora al Huaso.
—No queríamos que la gente pensara que seguíamos atendiendo —expliqué escuetamente.
Don Javier soltó una pequeña risita y luego se despidió de nosotros mientras nos abría la puerta.
—Vayan con cuidado, hasta mañana joven Larry.
—Hasta el miércoles, Don Javier —lo corregí—. Buenas noches —me despedí de él dándole un apretón de manos, el cual luego imitó el Huaso, en completo silencio con su sonrisa amable.
—¡Weon, el guardia lo sabe todo! —me dijo expresivamente el Huaso cuando íbamos camino al paradero.
—No lo sabe todo —lo intenté tranquilizar, riéndome.
—No sé como lo voy a ver a la cara la próxima vez que lo vea —comentó con vergüenza.
—Tranquilo, amor, si Don Javier es súper relajado. Una vez lo pillé prendiendo un pito cuando pensó que ya no quedaba nadie —le conté con complicidad.
—¿En serio? —me preguntó riéndose.
—Sí —me reí junto a él—. Así que supongo que me va a guardar este secreto como agradecimiento. Es buena persona Don Javier.
Me despedí del Huaso, que tomó el colectivo hacia su casa, y yo bajé una cuadra hasta San Martín para tomar la micro hacia mi hogar.
—¿Cómo la pasaste para tu cumpleaños? —me preguntó Guillermo al otro día en el laboratorio de la tesis.
—Bien, hice una junta piola donde un amigo y la pasamos re bien —le conté.
—¿Dónde el Huaso? —el Huaso de repente me iba a buscar al laboratorio, así que por eso el Guille cachaba que éramos “amigos”.
—No, donde el Bryan.
—Ah, es simpático ese weon —comentó.
—Si, muy simpático. ¿Lo conoces? —le pregunté.
—Si po, jugábamos a la pelota juntos. Si conozco a todos tus compañeros; a ti nomas no te ubicaba —explicó. Me puse un poco nervioso porque me di cuenta que era el típico estereotipo del compañero gay que no juega a la pelota—. Oye, ¿y estuvo la Cata en tu junta piola de cumpleaños?
—¿La Cata?
—Si po, la Cata. Es tu amiga, ¿cierto?
—Si, pero no pudo ir —inventé, obviamente no le podía contar el por qué no la invitamos.
—Ah, que mal —fingió empatía—. Es bonita ella, ¿sabes si está pololeando?
—¡Menos conversa y mas resultados! —nos gritó el profe Rosales desde el otro lado del laboratorio, escondido tras una torre de pruebas por revisar. Con el Guille nos reímos en silencio.
Ahora entendía todo. El Huaso tuvo razón todo el tiempo, el Guille no estaba interesado en mi, solo quería acercarse a mí para que yo le pudiera servir de enlace a la Cata. No sabía como sentirme al respecto, pero por un lado estaba aliviado.
—La Cata no está pololeando, por lo que sé —le dije en voz baja, antes de enfocarme al 100% en mi trabajo.
—Tenias razón, amor —le dije al Huaso cuando estábamos acostados en su cama viendo tele.
—¿Sobre qué?
—Sobre el Guille, nunca estuvo interesado en mi. Anda detrás de la Cata —le expliqué.
—Viste, Larry, si yo te dije. Nunca me equivoco —dijo con arrogancia—. El Guille no es ningún peligro para nosotros.
—Nunca lo fue, si tampoco te iba a dejar botado por él en caso de que estuviera interesado en mi —le abracé fuerte.
—Te pasarías si lo hacías —dijo riéndose.
—Igual podríamos invitarlo a un trío —intenté provocarlo.
—Ja Ja Já —fingió reírse—. Muy gracioso Larry. Parece que voy a tener que castigarte —me dijo serio, y tomó mi pierna y la puso encima suyo, para poder darme una fuerte nalgada.
Pasaron las semanas, y cuando cerramos el semestre, el Huaso me invitó a ver el último partido de la carrera con los de tercero. Yo obviamente acepté, porque nunca está de mas ver a tu pololo en modo simio corriendo detrás de un balón, todo sudado y gritando weas, junto con otros quince weones en la misma condición (sin mencionar las celebraciones de goles que siempre, donde sean, son muy homoeróticas).
Llegué a la cancha de la u, y estaban los dos equipos casi listos para empezar. Me acerqué a mis amigos para saludarlos y el Bryan se alegró de verme.
—Que bueno que viniste —me dijo mi amigo con una sonrisa en la cara.
—Oye Larry, ¿puedes jugar para suplir al Victor? —me preguntó el Tomy, el capitán del equipo, un joven flaco, bueno pal webeo que se había atrasado un año, pero que seguía fiel a nuestra generación.
—¿Qué le pasó al Victor? —pregunté un poco nervioso.
—El weon no nos avisó que tenía pasajes para hoy en la noche para irse a Arica — me explicó el Huaso—. Dale, juega, lo vay a pasar la raja —me puso su brazo en el hombro y me sonrió dándome confianza.
—Bueno… —acepté, aunque inseguro, intentando inventar una excusa de último minuto—. ¿Qué tengo que hacer?
—Mira, es facilísimo —me comenzó a explicar el Tomy, mientras el Huaso me pasaba la ropa del equipo. Me desvestí y me vestí ahí mismo y pude ver que el Huaso se puso serio.
Tras la explicación de mi rol, miré a mi pololo y le sonreí, y el me devolvió la sonrisa, aunque intentó hacerse el enojado. Cuando entramos a la cancha, pude ver que en el equipo de tercero iba a jugar el Mister Piernas, el fisicoculturista deforme, rival del Huaso en las competencias, pero no tuve mucho tiempo para asustarme por eso ya que el Tomy me dio una sorpresiva palmada en el poto, y miré al Huaso con una cara que delataba mi inquietud.
El Huaso me miró y se rió y me dio una nalgada él mismo.
—Tranquilo, wn —me dijo despacio, parándose a mi lado—. Es normal esa wea. Así que dale nomas.
El árbitro (el presidente del CEAL) dio el pitazo inicial y comenzó el partido. Yo me desenvolví bastante bien durante el primer partido, dándole pases al Bryan que terminaron en certeros goles que pusieron a mi curso liderando el partido. Con cada gol mi amigo se acercaba a felicitarme y a agradecerme.
—Lo hiciste perfecto, wn —me decía el Bryan, para aumentar mi confianza, dándome un abrazo. El Huaso, en tanto se acercaba y me alborotaba el cabello en modo fraterno.
En el segundo tiempo, el equipo de tercero había estrechado la distancia, y estaban a un gol de empatar. Mi equipo tenía la poseción del balón, y cuando el Huaso me hizo un pase, comencé a correr para darle el turno al Bryan, desde la nada, literalmente apareció el Mister Piernas para marcarme y me empujó con fuerza desde la derecha, lanzándome mínimo a unos dos metros de distancia, y arrastrándome otro tanto en el pasto sintético.
Sentí que la cabeza me iba a explotar. Sentía un calor inmenso que se acentuaba al llegar a mi encéfalo, y cada latido del corazón resonaba con fuerza en mis sienes y oídos.
—Larry, ¿estas bien? —me dijo el Bryan acercándose a mi.
—¡Larry! —me dijo el Huaso, volteando mi cuerpo—. Amor, abre los ojos —me pidió en voz baja y yo obedecí. Pude ver que estaban los dos con cara de preocupación, mientras el resto del equipo increpaba al Mister por el uso desmedido de su fuerza.
—¡¿No veí que el cabro es flaquito?! —le gritaba indignado el Tomy a mi agresor, que se acercaba cabizbajo hacia donde estaba yo.
Se paró frente a mi y me extendió la mano para ponerme de pie. Yo se la tomé y al quedar de pié me pidió perdón escuetamente y me dio un abrazo. Al separarnos vi que su camiseta había quedado con sangre donde había tocado con mi mentón. Me llevé la mano a la barbilla y al retirarla vi que tenía sangre. Me asusté un poco y el Huaso se dio cuenta.
—¿Te quieres sentar? —me preguntó preocupado—. Puedes ir a lavarte la cara para limpiarte —no quiso decirme que estaba sangrando.
La cabeza me daba vueltas y solo quería salir arrancando por la vergüenza y el miedo.
—No, sigamos nomas, estoy bien —mentí. No quería que pensaran que era un debilucho que se rinde a la primera, aunque hasta la última célula de mi cuerpo me pedía un descanso.
—¿Seguro? —me preguntó mi pololo mirándome a los ojos, diciéndome con su mirada que todo estaría bien si me salía. El resto del equipo se acercó para ver como estaba.
—Si, seguro, vamos —decidí.
Continuamos el partido, los minutos que faltaban del segundo tiempo, y ya nadie se atrevía a marcarme, así que lanzaba tiros directos al arco porque no podía hacerle pases a los demás, porque estaban rodeados. No metí ningún gol, pero al menos supongo que aporté para que los de tercero no empataran.
Al terminar el partido celebramos nuestra victoria y el Mister Piernas se acercó nuevamente a pedirme disculpas a su manera.
—Sorry, perro —me decía con un tono de voz muy simpático—, el juego es así.
—Tranquilo wn, no es nada —acepté sus “disculpas”, y me miró con cara de sorpresa.
A medida que se me enfriaba el cuerpo pude empezar a sentir el dolor por los golpes en todo el cuerpo. El pómulo y la ceja derecha me dolían, además de las costillas, el hombro y el codo. Eso sumado al dolor en el pecho al respirar, y de las piernas producto del esfuerzo físico, hacía que simplemente quisiera morir.
—¿Cómo te sientes, Larry? —me preguntó el Tomy, preocupado.
—Bien —mentí.
—¿Seguro? —el Bryan se veía mas preocupado que el capitán del equipo.
—Vamos a las duchas, para limpiarte —me dijo el Huaso, sentándose a mi lado y acariciándome la pierna piolamente.
Acepté sin ganas, y me levanté con ayuda de mi pololo, que me ofreció llevarme en brazos hasta el camarín. Rechacé su ayuda, pero igual se fue a mi lado en caso de que mi cojera me llevara a piso. Al entrar al camarín los de tercero ya estaban terminando de ocupar. Pude ver a la pasada al Mister Piernas completamente desnudo y pude comprobar que lo que me decía el Huaso era verdad. Dios da y Dios quita.
El Huaso me ayudó a sentarme mientras el resto se desvestía y se metía a las duchas y bromeaban con los miembros del otro equipo.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó preocupado mi pololo.
—Pésimo, me duele todo —dije apenas.
—Bueno, es esperable. Te ves pésimo —me dijo el Huaso, acariciándome la rodilla—. Mira —se levantó y se dirigió al lavamanos, desde donde descolgó el espejo que estaba en el lugar. Se devolvió con el artículo en mano y lo puso frente a mí.
Apenas me pude reconocer. Tenía el lado derecho de la cara con sangre que caía desde mi ceja hasta el mentón. La sangre ya estaba seca, y mezclado con la tierra y el sudor daba un aspecto costroso horrible, aunque interesante. Parecía como si hubiera estado presente en una catástrofe. De todas formas, al verme en el espejo se me revolvió el estómago.
—Lo bueno, es que la sangre resalta el color de tus ojos —bromeó un poco el Huaso.
Me reí sin ganas ante su cumplido, y me ofreció sacarme la ropa para lavarme.
—Aún no, hay mucha gente —le dije con un poco de vergüenza.
—Tonto, si no vamos a hacer nada más —se rió sonrojado—. Aparte no te puedes bañar si no trajiste nada. Te voy a ayudar a lavarte, para que no llegues tan indecente a la casa. Acepté a regañadientes.
Los de tercero ya se habían ido, y el resto de mis compañeros ya estaban terminando sus duchas la mayoría. El Bryan se acercó todo mojado, con la toalla en la cintura para ver como estaba.
—Ayúdame a sacarle la camiseta —le pidió el Huaso, ante lo cual mi amigo accedió.
Me levantaron los brazos con dificultad por el dolor, y al sacarme la prenda pudieron ver que tenía incipientes moretones en el lado derecho de mi torso.
El Bryan acercó su mano a mi costilla y tocó el moretón que estaba ahí presente, provocando un quejido de dolor de mi parte.
—Perdona —se disculpó, y pude ver que el Huaso le dirigía una mirada de odio.
—Ayúdame a llevarlo a la ducha —le pidió mi pololo, y el Bryan hizo caso.
—Si puedo caminar bien —me negué y me levanté apenas. Caminé hasta la ducha a duras penas, con el Bryan y el Huaso como escoltas.
Abrí la llave y me puse de lado al chorro del agua y me incliné para mojarme las manos primero. El Tomy se acercó desde el otro extremo de las duchas, y pude apreciar que estaba en el lado opuesto con el Mister Piernas, si hablamos de dotes físicos. Me quedé un poco pegado mirando su herramienta que aún goteaba agua de la ducha.
—Oye Larry estay pa la cagá —me comentó el Capitán del equipo, posando su mano en mi hombro izquierdo. El contacto físico y la cercanía de mi cara con su miembro me provocó el inicio de una erección, que intenté calmar mojándome el rostro.
Me erguí y vi como el agua caía roja al suelo de baldozas blancas.
—Estoy peor de lo que me veo —intenté decir con gracia, pero no tenía ganas de nada.
El Huaso tomó la iniciativa y se puso a lavarme la cara, intentando limpiarme todo, pero ante mis quejas no pudo hacer mucho mas.
—En tu casa vas a tener que limpiarte bien —me advirtió—. Te voy a ir a dejar, no puedes manejar así. Espérame un ratito a que me bañe y nos vamos.
Durante la ducha rápida del Huaso, el resto del equipo se fue y el Bryan se despidió de mi con un suave abrazo.
—Me llamas cualquier cosa, ¿estamos? —me hizo prometer.
—Dale —le dije con una sonrisa que me costó casi toda la energía que me quedaba.
Al quedarnos solos, el Huaso cuando salió de la ducha me dio un beso y se sentó a mi lado, abrazándome.
—Perdóname por meterte en esto, amor —me dijo con arrepentimiento.
—Son cosas del juego —lo tranquilicé—. Aparte igual estuvo bueno —intenté verle el lado positivo.
Se vistió y me cubrió el torso con su polerón, y nos dirigimos al auto. Al llegar a mi casa, el Huaso se dio cuenta que no había nadie.
—Voy a tener que limpiarte yo, tus viejos no están —me dijo y me indicó que me sentara en el sillón—. ¿Dónde está el botiquín?
—En el mueble del baño —balbuceé.
El Huaso lo fue a buscar y volvió con una cajita blanca llena de algodones y vendas, y un alcohol de 70°. Se sentó al lado mío y me hizo recostarme apoyando mi cabeza en sus piernas.
—Cierra los ojos —me ordenó, y comenzó a pasar el algodón empapado en alcohol por mi ceja derecha. La piel me ardía por la acción del antiséptico provocando mis quejidos—. Perdón amor.
—No importa, limpia nomas —le pedí.
—Igual te vei lindo así —me dijo, coquetamente, provocándome una sonrisa. Eso fue lo último que recuerdo antes de quedarme dormido.
No estaba seguro por cuanto tiempo había estado durmiendo, pero cuando desperté, se me revolvió todo el universo al escuchar el grito de horror de mi madre.
Siguiente Capítulo: Mari
Ayudaaa
quería poner la a pero no se si seria correcto y dudo de las demás :s
Algumas feridas são profundas demais para sarar.
Harry Potter e a Ordem da Fênix.

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A indiferença e o abandono muitas vezes causam mais danos do que a aversão direta.
Harry Potter e a Ordem da Fênix.
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