El capital no tiene sexo, ni raza ni religión...
El capital no tiene sexo, no tiene raza ni tiene credo. No se identifica con una cultura, ni con ningún conjunto de costumbres arraigadas en tradiciones particulares a través de las regiones geográficas. El capital habla la lengua universal de las matemáticas, y sólo entiende de números y variaciones algebraicas. No asume nacionalidad alguna, sino que es metropolitano, esencialmente internacional.
Y lo que el proletariado entiende cuando asume la conciencia de clase es que todos ellos son capital -capital variable, o como ahora se dice, capital humano. Somos parte integral del capital, hemos sido subsumidos a su subjetividad, a su agencia. Pero tanto mejor para nosotros: lo que debemos comprender es el poder formidable de estar en esta relación de subordinación total, y que es que participamos de la universalidad misma del capital como sujetos cartesianos puros. No el sujeto étnico, no el sujeto de género, ni el sujeto cultural o religioso. No el que profiere tal o cual opinión sobre tal o cual tema o que respeta las costumbres de aquí o de allá. No el sujeto privado, definitivamente, con sus pensamientos privados, particulares y locales -sino el sujeto universal del cogito. Ese cogito que es siendo; es decir, que es inamovible en su autoreflexión, y no en su ser existencial como algo concreto. No el pensamiento existencial, sino el universal, abstracto.
Desde esa posición es que se enfrenta al capital desde la misma dimensión. Así igual nosotros debemos partir de este axioma para derivar todas nuestras certezas objetivas sobre cómo abolir el reino del capital; igual que nuestro explotador, abandonar toda nacionalidad y toda particularidad y asumir una lucha internacionalista expresada en las categorías del materialismo histórico y la lógica dialéctica.
Capital variable que se apropia del capital constante, rebelión intersticia, desgajamiento.
Somos universales como proletariado, como clase social, antes que como género, como grupo étnico, como hablantes de una lengua, como ciudadanos de un país u otro. Esto es lo que el capital ya no quiere que veamos, y por eso ha trasladado la lucha de clases al plano de la lucha cultural -de la política de la solidaridad a la política de la identidad (Malik).