No es ni septiembre y ya echo de menos madrugar para ir a la uni. Levantarme de noche, pasar frío, leer en el tren. Decidir si después subía a la facultad en bus o a pie, con la tranquilidad de llegar con una hora de margen a clase. Que tocara botánica aplicada a primera y charlar con Paula y con Laia. A las once, hora vacía para pasar apuntes. Durante meses lo llevé todo prácticamente al día, qué disfrute. Preparar trabajos en grupo, siempre que era con Anna y María (y Aida, anteriormente), buscando libros de mantarrayas o flora autóctona agachadas en algún rincón de la biblioteca. Hablando sobre estadísticas y mariposas, sobre sombreritos amarillos en forma de rana. Comer en la plaza del reloj de sol con los pies al aire para entrar en calor. Las horas de laboratorio con ellas, porque ni estrés ni exámenes nos impedían llorar a menudo, pero de la risa. Acabar agotadas y poder descansar las unas sobre los hombros de las otras. Volver a casa en coche con Anna, o bajar a renfe en bus con María. Cenar en casa cerquita del fuego, y luego procrastinar o estudiar también cerquita del fuego.
Ni tres meses han pasado, pero ya echo de menos todas esas horas de soledad, de compañía y de caminos claros.
Y bien que lo supe, que llegaría este momento. Y, en realidad, bastante bien que lo aproveché.
Al final es cierto que atesoraré estos cuatro años. Por raros y agobiantes que hayan llegado a ser, he conseguido sentirme cómoda descubriendo mis propias formas de aprender y relacionarme ahí dentro. En biología y biología ambiental he encontrado gente muy bonita, ya no con una, sino con el planeta. Personas que ponen la Vida en el centro, presente la forma que presente.












