Sentados en la funeraria. CÃrculos de personas, apoyo en los rostros de amigos, pero nadie entiende el dolor. Para llorar hay que derramar la lágrima de luto, pero ninguno está de luto. La escuchamos a Ella, la que sà lo siente. El alma desgarrada. No es un hermano al que perdió, fue a otra parte de su ser. El cÃrculo espera. Paciente. Escucha. Está en un solemne silencio. Nadie se vuelve a ver. Todos se sienten incómodos. La vulnerabilidad ajena los ha expuesto a una honestidad a la que no estaban preparados. Están solos, cada uno, tratando de estar ahà para alguien sin saber cómo estar ahà para ellos mismos. Testigos de una pérdida ajena, tratando de sentirla como propia. La lágrima de luto no cae, no se llora; la lágrima de luto te devora y consume. Los padres de Ella la observan acudir al cÃrculo, agarran fuerzas para no romper la máscara que andan puesta. Ella pasa uno por uno, escuchando palabras que en verdad no hacen efecto, riendo risas que esconden gritos, escuchando corazones palpitar recordando al de su hermano quieto en el cuarto de la par. Ella acude al cÃrculo, porque el cÃrculo la necesita más que Ella a él, y Ella lo sabe. Ella está de luto, porque alguien tiene que estarlo. Es esta noche la más larga, porque es la primera en que se siente incompleta; es la primera noche sin Él.