#DIA18
Saint Cirque-Lapopie
Nos habíamos ido a dormir con la noche cerrada escupiendo lluvia gélida contra Vagalume. Despúes de superar una subida de casi 1000 metros, habíamos encontrado el área AC en lo alto del pueblo de Laqueuille, a 1050mts de altitud, en la región de Auvergne. Aquella sería la primera de nuestra serie de paradas montañosas. Después de sufrir uno de los gasóleos más caros de nuestro viaje en la única estación de servicio de la zona, la agenda de Alba nos indicaba que la siguiente parada sería el pueblo de Saint Cirque Lapopie, uno de los 100 pueblos más bonitos de Francia y parte del Camino Francés.Vagalume descendió, llaneó, volvió a subir… serpenteamos por maravillosos bosques de hayas y robles rojizos entre los que podríamos encontrarnos al mismísimo Panorámix, el druida que preparaba aquella poción mágica que daba fuerza sobrehumana. Nuestra poción iba en termos y la preparaba Laura cada mañana y, así, dando sorbos al café, nos fuimos acercando a Cabrerets, zona de crepes y foiegrass. El paisaje era sobrecogedor, con la carretera incrustada entre cañones y bordeando un río que ancheaba por momentos. Indicaciones para Saint Cirque-Lapopie. Vieiras de peregrino. Y colgando del barranco, el pueblo de Saint Cirque, tan bonito que parece un decorado. Vagalume demostró no tener vértigo, y después de una subida de agarrarse, la aparcamos en un parking gatuíto en la cima de la montaña, a una centena de metros del pueblo. La visión era espectacular, con aquel río que parecía una serpiente plateada entre los bosques rojos y amarillos.Saint-Cirque es un pueblito medieval en lo alto del “vallée du Lot”, la guinda de una zona muy visitada por turistas. Pero antes de haber sido lugar turístico, fue cobijo de artistas e intelectuales, destacando el surrealista André Bretón, que lo hizo su hogar permanente (“Dejé de quererme en otro lado”, escribió).Alba se fue a buscar la oficina de información para preguntarles datos exactos del paso del Camino y posibles opciones de rodaje. Los demás fuimos a localizar las mejores zonas donde colocar una hipotética cámara, y entramos en la iglesia gótica. Desde allí, contemplamos la carreterita por donde habíamos subido a Vagalume, y la verdad impresionaba. Roi se imaginó otro vehículo, el de los protas de “Ursúas”, subiendo aquellas curvas.Después de darnos un lujo en un café que servían comida casera a base de quiches y foie-grass, dejamos Saint Cirq para buscar, a pocos kilómetros de allí, las cuevas de Pech-Merle.el conjunto subterráneo de Pech-Merle fue descubierto en 1922 por dos adolescentes, André David y Henri Dutertre. El abad y arqueólogo Henri Breuil definió estas cuevas como “la capilla sixtina del Lot”. Y no le faltaba razón. Un guía bastante antipático nos introdujo en la cueva, recordándonos la imposibilidad de fotografiar el interior. Nos acompañaba una pareja francesa muy amable que, al contrario del guía, se molestó por traducir del francés las explicaciones. Había varias estancias, de cuyas bóvedas de piedra colgaban estalactitas milenarias. Con una pausa teatral, el guía iluminó con su linterna el primer conjunto de pinturas: un caballo, varios bisontes, un mamut. Qué sensación de estar en el salón de casa de aquel artista de 25000 años. Unos pasos más y la linterna hacia el cielo de piedra: unos ciervas de delicadas líneas blanquecinas, como rascadas en la roca. El o la artista era un maestro: la economía de los trazos, las composiciones. Damos algunas vueltas más, el guía apaga las luces y, con otro gesto de teatro barato, las vuelve a encender para intentar impresionarnos con las nuevas pinturas. No hace falta apagar y encender focos. Aquellos caballos punteados tienen el poder del ensimismamiento. Sus lomos de puntos y sus crines de carbón negro, sus cabezas que se adaptan a la forma de la roca tan maravillosamente que parece que fue la roca la que abrazó el hocico del animal. y rodeándolos, palmas de manos, contorneadas con pigmentos soplados sobre la piedra. Las hay negras y rojas para, según nos cuentan, distinguir las huellas femeninas de las masculinas.Con otro golpe de linterna, el guía llama nuestra atención hacia una esquina. En el suelo, tras una malla semitransparente, vemos las huellas de un pie infantil que quedaron grabadas por la calcificación. Esa huella nos impresiona mucho, de la cercanía de ese pasado prehistórico tan cotidiano.Las imágenes surgen en nuestras cabezas, les ponemos caras y gestos y acciones domésticas a esos hombres y mujeres del Magdaleniense y así, medio ensimismados, llegamos al final del recorrido. La luz fría de los fluorescentes de la entrada es como un Delorian que nos devuelve al presente sanos y salvos.














