Esbozo de una noche sin locura
Sus ojos ya no tenían brillo. Por más que había intentado hacerle respiración boca a boca, el cuerpo del hombre, de unos 40 años (ya con ciertas canas), estaba perdiendo su calor. Sus labios estaban rojos de sangre, al igual que su camisa. Los seis orificios que había hecho la daga fueron más fuertes que el año que sentía por él. Sus manos aún aferradas al arma estaban embadurnadas de sangre y un líquido viscoso negro. Las mismas le temblaban mientras con ellas secaba las lágrimas que caían en su rostro. Jamás había sentido por nada ni por nadie lo que había sentido por ese hombre que ahora yacía tumbado en el piso inerte. Si bien siempre había sido un hombre con un porte bastante atractivo, nuca pudo serle infiel, a pesar de su tortuosa y larga relación. No de odio, sino de batallar bien contra mal.
La habitación del hotel de poca categoría era un desastre; el piso inundado en sangre de ambos, junto con las cortinas, paredes y la cama, cuantos recuerdos le traía la cama. Colillas de cigarrillo llenaban los huecos donde no había sangre, y la única pared más limpia se encontraba empapelada con recortes de diarios y viejos grimorios con imágenes de demonios. Un sigilo dibujado en la pared con sangre anunciaba “Barbatos”.
Música de jazz provenía del salón de abajo, junto con algunas risas y vítores nocturnos. Como pudo se sentó en la cama, y se propuso a limpiar la daga con las sábanas. De su bolsillo sacó un encendedor y prendió un cigarrillo, su mente estaba turbada en recuerdos. No le quedaba mucho por hacer, mientras fumaba e n la penumbra de la habitación pensaba que hacer con el cadáver de su amante, su belleza seguía intacta pero ya se había ido. Hacía tiempo que ya estaba muerto y no era él, lo que quedara de su alma torturada por un demonio en algún lado se encontraría.
Unos pasos y risas fuera de la habitación lo alertaron, escuchó la voz de una mujer y un hombre que reían a carcajadas bajo el efecto del alcohol y alguna otra sustancia. Solo pasaron por el pasillo hacia alguna de las puertas del pasillo, donde todo volvió a estar en silencio, casi le parecía escuchar la respiración de su amante, pero eso no era posible, quizá ya estaba enloqueciendo.
Decidió que ya era el momento de partir, tiró la colilla al suelo y la pisó viendo cómo se consumía su brasa, como la vida de su amante. Fue hacia el baño, viendo en el espejo un rostro totalmente desfigurado, sus marcas de años se encontraban cubiertas de sangre. Su pelo negro estaba duro y pegajoso por la sangre que le había salpicado, no sabía de cuál de los dos era. Se desvistió y entro en la ducha. Hundido en los pensamientos de lo que había pasado no sentía como el agua fría recorría y golpeaba su cuerpo, estaba fuera de sí, ido. Secó su cuerpo con la percudida toalla del hotel en sus heridas echó un poco de alcohol, el ardor no era sentimiento válido para esa situación.
Ya vestido con su ropa desgastada y decolorada, recogió los papeles que había en la pared, los guardó en un maletín de cuero negro, junto con la daga, que no había perdido su brillo. Sentía que el cadáver seguía con la mirada fija en el techo. A veces sentía como si se moviera y fijara la mirada en el pero no era más que su imaginación. Tomó el alcohol del baño y roció todo lo que pudo con él, al cuerpo de su amante también le echó sal arriba.
Abrió la ventana de la salida de emergencias y le dio una última mirada a la habitación y al cuerpo de su pretendiente. Del bolillo sacó el encendedor plateado y leyó por última vez lo que tenía grabado: “R+F” y debajo “Memento mori”. “Recuerda que vas a morir” – pensó. Lo encendió y arrojó sobre la cama, la cual rápidamente comenzó a arder. Con sus ojos llenos de lágrimas bajó por las escaleras que daban a un callejón en el costado del hotel y salió caminando con mucha calma mirando hacia la nada.
Una vez más giró su cabeza y vio como el fuego y el humo inundaba la ventana de la habitación. Ya estaba hecho, después de tantos años, el demonio que había atormentado a su amante y a él, fue enviado a algún lugar del averno o quizá había desaparecido para siempre, nunca lo sabría. Después de casi diez años había podido terminar con él, pero ¿a qué costo? Sentía que una parte de él mismo había sido destruida, pero aun así estaba aliviado. Un conjunto de emociones ahogaban su garganta y mente.
Quiso prender otro cigarrillo pero ya no tenía con que hacerlo, era en vano, sentía como el fuego iba consumiéndolo por dentro. Caminó y se perdió entre la multitud donde nadie parecía dar cuenta de lo que hacía poco tiempo nomas había hecho. Luego de deambular un rato, escuchó las sirenas de los bomberos y policía, se dirigían en dirección al hotel. Le incomodó la duda sobre si hubiera alguna otra muerte por el siniestro en el hotel.
Había llegado a la estación de trenes, el bullicio de gente y los silbatos sonando ayudaban a no pensar en la escena que había dejado. Dirigiéndose a la boletería, compró el primer pasaje que pudo con el dinero que le quedaba, iba a tener unas horas de viaje. Antes de dirigirse al tren, fijando su loca mirada en quien atendía en la boletería le dijo: “¡Yo maté a Barbatos, que quede claro!”. Y se propuso a buscar el coche que lo llevaría lejos de esa ciudad.
Ya sentado junto a la ventanilla comenzó a jugar con el anillo de oro que los había unido alguna vez, ya no tenía más valor que el sentimental, el hechizo se había roto, dejando su marca en él. Revisó el maletín para ver si la daga aún estaba, lo cual confirmó y miró por la ventanilla. Se propuso a descansar, pero las imágenes de la pelea que había sucedido horas atrás resonaban en su cabeza como una campana. Un buen trago de whiskey lo ayudaría a dormir mejor. Una vez más revisó que la daga estuviera en su lugar.