Comparto relato de mi librero favorito, no dejen de ir a Aristipo (scalabritney 605, caba):
Hace un tiempo compré tres libros de Aristóteles en Gredos. La “Metafísica”, la “Física” y la “Ética”. Esa misma tarde puse la “Metafísica” en la vidriera.
A los dos días entró un tipo. Pelo corto militar, musculosa negra y jogging de esos que se usan para hacer capoeira. Tenía la cara surcada por cicatrices y el cuello y los brazos llenos de tatuajes. Nombres, frases, dibujos y números hechos con trazos torpes en tinta débil, como de birome. Con paso decidido y atlético, se acercó hasta el escritorio.
—¿Cuánto sale la “Metafísica”? — preguntó.
Me levanté, agarré el libro y se lo di. El tipo metió la mano en el bolsillo, sacó un fajo de billetes de cien y me pagó. No dijo nada. Se puso el libro bajo el brazo y se fue.
En el hueco que quedó puse la “Física”.
Una semana después, estaba acomodando la mesa de recomendados cuando veo que entra otro tipo con el mismo perfil. Era un poco más joven y tenía un aire bonachón que contrastaba un poco con la serpiente que tenía tatuada en el cuello. Caminaba con mucho cuidado, como si temiera pisar algo que pudiera romperse. Estaba rapado a cero y tenía la mirada algo perdida, como algunos de los muchachos que venden facturas en el colectivo. Llevaba ropa de entrenamiento y un bolso como los de boxeo; no me acuerdo si tenía vendadas las manos o no. Me preguntó:
—¿Cuánto está la “Física”?
—$400 — le dije —. Es un libro caro, de los difíciles de Aristóteles.
—No importa. Dámelo. No tiene precio ese libro.
Fui hasta la vidriera y se lo di. Antes de que pudiera decirle algo, el tipo me pagó y se fue.
Me quedé un rato sentado, algo desconcertado, hasta que me levanté y en el hueco de la vidriera puse la “Ética”. La tercera era la vencida.
Tenía que haber una explicación, por supuesto.
Todo lo que sabía era que los tipos parecían amar profundamente a Aristóteles. Suponía, por los tatuajes, que habían estado presos y, por la ropa, que debían entrenar en el gimnasio que está entre Loyola y Castillo. No sabía nada más.
Después de largas horas de profunda reflexión y cierta inclinación hacia la fábula, ya tenía mis conjeturas.
Debían ser miembros de una secta o alguna organización secreta: los peripatéticos. Me los imaginaba jurando fidelidad al movimiento sobre un ejemplar en griego cuyo líder debía guardar en un cofre custodiado por hombres armados. Los ritos, las lecturas, el culto a la materia. El sacerdote en toga blanca declamando: “Todos los hombres, por naturaleza, desean conocer”, como si citara, ante sus fieles, un versículo del antiguo testamento.
¿Tendrían acaso el único ejemplar del segundo libro de la “Poética”? ¿O los poemas y los diálogos perdidos de su juventud? ¿Serían los guardianes de la obra oculta del mejor discípulo de Platón o los revolucionarios de la izquierda aristotélica de la que habla Bloch — con sus profetas: Leucipo, Demócrito, Epicuro, Lucrecio, Averroes, Avicena, Bruno, Marx—, que se entrenan hace años para tomar el poder?
Reclutados en villas y cárceles del conurbano por cuadros que simulaban ser profesores interesados en dar talleres de filosofía, los muchachos habían encontrado en la palabra del Estagirita una guía y un destino: convertirse en soldados dispuestos a dar la vida por la causa materialista.
Imaginaba las discusiones, los argumentos, la enseñanza de la doctrina, el notorio contraste entre la endeble naturaleza de las palabras del profesor y la brutal realidad de los presos. Ellos debían ser más aristotélicos que él, que todos. Nadie sabe mejor que un preso que la única verdad es la realidad y que nada es más real en este mundo que la materia del hambre, el dolor y la violencia.
Y a uno de ellos afirmando, solemne, después de un debate acalorado:
—Como dijo el maestro: “Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”.
Podía verlos en la eterna noche del penal, con el libro iluminado por una linternita, tratando de concentrarse entre los gritos de los pasillos, los lamentos, el olor a pis y el rumor del agua corriendo sin cesar por el caño. La filosofía como arma de la revolución.
Durante dos semanas no pasó nada. La “Ética” seguía ahí.
Entonces, un mediodía, decidí pasar por el gimnasio a ver si podía averiguar algo.
El gimnasio está sobre Scalabrini entre Loyola y Castillo, al lado de una pinturería. Es un galpón que debe haber sido una concesionaria de autos o de motos. Frente azul, rejas negras. Cartel con el nombre: “La legión”, y el logo: un casco de legionario romano con dos espadas cruzadas en forma de x.
No hay puerta, uno entra hasta que se topa con un mostrador de madera negra y un molinete. Las pocas paredes que no tienen espejos están pintadas con murales que parecen sacados de alguna película de Van Damme. Patadas voladoras, tomas de karate. También algunos gritos y puños soviéticos.
Primero están los aparatos y, al fondo, un cuadrado enorme que, imagino, debe ser el dojo: pared de ladrillos pintada de azul, colchonetas blancas. El lugar estaba vacío, a excepción de un tipo que hacía pecho en uno de los bancos cercanos y que cuando entré, se me quedó mirando.
Detrás del mostrador, un pibe rubio, de pelo corto con raya al costado y musculosa roja, estaba mirando su celular.
—Hola, ¿cómo andás? Quisiera averiguar para empezar a venir — le dije.
El pibe dejó el teléfono y, muy atento y sumamente observador, me preguntó:
—¿Querés hacer musculación?
—Más bien me gustaría hacer algún arte marcial.
Entonces me explicó. El lugar funciona como gimnasio de musculación pero también hay clases de jiu-jitsu, boxeo, muay thai, kick boxing y aikido.
Con suma paciencia me fue describiendo las características de cada forma de lucha. Despreció al aikido por no ser práctico, — no es real, dijo — y al muay thai y al kick boxing por su violencia innecesaria. Él era el instructor de jiu-jitsu, disciplina que amaba, entre otras razones, porque te permite inmovilizar a alguien sin romperle un brazo.
—Imaginate si viene un tachero y me tira los conos. Se baja y se me hace el loco. No lo voy a mandar al hospital. A lo sumo lo duermo y cuando se despierta, le digo: “¿estás bien? andate a tu casa”.
Miré los conos, tenía que estar atento a no tirarlos nunca.
Cuando le pregunté sobre la parte espiritual o la filosofía de las artes marciales, me dijo:
—El aikido tiene algo de eso.
Mientras me anotaba los precios en el volante con los días y los horarios, yo miraba todos los rincones buscando algún detalle que me pudiera brindar una clave, algún indicio que confirmara o le diera un nuevo rumbo a mis elucubraciones. Pero no encontré nada. El tipo que hacía pecho seguía sentado en el mismo banco, sin sacarme la mirada de encima.
Al final, la “Ética” se la terminó llevando un amigo y en su lugar puse un Foucault.
Estuve atento durante un tiempo, a ver si me caía alguno de los muchachos y me animaba a preguntarle. Pero hace tiempo ya que perdí las esperanzas. Se deben haber avivado, el maestro o líder de la célula los habrá censurado por haber comprado los dos en la misma librería. La existencia misma de la organización pudo haber estado en peligro. Sobre todo después de mi visita al gimnasio. El tipo que hacía pecho seguro era uno de ellos.
Tal vez hayan cambiado de gimnasio o pasado directamente a la clandestinidad. Se entrenarán en fábricas abandonadas, baldíos o descampados. Habrán cortado todo contacto con la superficie, se llamarán con otros nombres: Nicómaco, Eudoxo, Andrónico, Filipo...
Así y todo, cada tanto me acuerdo y pongo un Aristóteles en la vidriera. Entonces me siento y me quedo un rato pensando en ellos. Me gusta imaginarlos en la madrugada, bajo la lluvia, cuerpo a tierra, al grito de:
—¡La vida por Aristóteles! ¡Aristóteles o Muerte!