Es curiosa la forma en la que una persona evita a toda costa verse reflejada en los demás.
Aquel lugar era inmenso. Cómo había acabado Emi allí era algo que todavía no le quedaba muy claro. Desde luego el hotel le permitía ir a sitios muy interesantes, pero aquello era algo un poco absurdo.
Aquella mansión sueca era, sin duda, merecedora de ser llamada “mansión”. Tenía muchos más baños de los que una persona pudiera necesitar, armarios que podían guardar más ropa de la que fuera posible llevar puesta en un año entero, y tantos dormitorios que podrían invitar a toda la ciudad a una fiesta de pijamas.
Centrándonos en el tema, el asunto era que un rico millonario, un tal “Wilmer” o algo así, había decidido realizar una fiesta inmensa para celebrar la adquisición de su nueva fábrica de abrelatas. En el jardín del hombre sueco, alrededor de la piscina, parecía estar la ciudad al completo.
En principio, en vista de aquella fortuna, Emi pensó en dar un golpe en aquella casa, pero Japón quedaba demasiado lejos, y no recordaba que su banda, Kanzai-za, tuviera miembros en Suecia. Entonces, ¿qué hacía allí?
Quizá fue una corazonada, sencillamente. Desde la llegada de los MCH, llevaba mucho tiempo sin poder ejercer justicia, y la verdad es que tenía ganas de pelearse con alguien a puño limpio. Y un sitio donde se reúne casi una ciudad entera parece el escenario perfecto para los problemas.
Deambuló por la vivienda, llegando a la puerta de uno de los dormitorios, que tenía una cama gigantesca y una puerta que daba a un vestidor del tamaño de un apartamento pequeño. Pegado a la pared había un elegante tocador con aspecto antiguo, que estaba plagado de todo tipo de joyas y colgantes.
Entonces vislumbró como un joven de cabello castaño oscuro disimuladamente introducía una cadena de oro en su bolsillo. Emi sonrió.
Es curiosa la forma en la que una persona evita a toda costa verse reflejada en los demás.
Es curioso, porque eso era precisamente lo que hacía Emi en Japón. Sin embargo, su banda tenía especial cuidado a la hora de seleccionar sus víctimas, por lo que ellos llevaban razón. Este joven solo había ido a casa de un millonario sueco para robar. Y eso, según ella, no era justo. Pero claro, su definición de justicia era demasiado ambigua.
Silenciosamente, se acercó al joven, haciendo crujir sus nudillos.
—Disculpa, ¿qué crees que estás haciendo?—Preguntó, con aires de superioridad.