Noches que nunca mueren: entre cenizas y lluvia...
âEsta noche, como todas las que se arrastran hasta el amanecer, mi mente no es una cabeza⊠es un desastre de vidrios rotos, de cables pelados que chispean sin descanso, incapaces de dejar en paz a mi sangre o a mi piel. Escucho las gotas de lluvia golpear la ventana. No caen con suavidad; son golpes secos, pequeños, como si el cielo escupiera sobre mĂ, como si conociera todo lo que llevo escondido por dentro.
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âEn la oscuridad de mi cuarto, entre dedos marcados por viejas quemaduras, descansa el cigarrillo. Lo enciendo y el fuego devora el papel igual que los dĂas devoran mi paciencia. El humo llena mis pulmones hasta robarme el aire. Por un instante, el vacĂo deja de gritar desde las costillas y solo existe ese ardor que sube por el pecho. Otro insomnio me aprieta el cuello y no afloja, obligĂĄndome a mirar el techo como si allĂ estuvieran escritas todas las cosas que nunca fui capaz de decir.
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âMi cabeza es un desarmadero. Pensamientos chocando unos contra otros como autos en una curva ciega; emociones que revientan contra mis pĂĄrpados desde adentro. Si tan solo pudiera arrancarme estas partes que sienten demasiado⊠convertirme en un maniquĂ, en un cuerpo frĂo que no se pregunte por quĂ© la gente se va, por quĂ© las palabras se vuelven ceniza en segundos, por quĂ© yo soy asĂ: siempre pensando, siempre callando, siempre guardando las lĂĄgrimas para cuando llueva, porque asĂ nadie las distingue. Los cigarrillos se consumen entre mis dedos como si cada calada fuera un intento de ahogar el mundo entero⊠o de ahogarme a mĂ misma. Ya ni siquiera sĂ© quĂ© serĂa peor.
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âA veces me refugio entre libros viejos, hojas amarillentas que se rompen con apenas rozarse y que huelen a polvo, a tiempo detenido, a historias que ya nadie recuerda. El humo flota alrededor como una cortina espesa en un bar olvidado, mientras busco entre esas pĂĄginas respuestas para preguntas que me persiguen cada noche.
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âÂżPor quĂ© decir te quiero pesa mĂĄs que una piedra en el estĂłmago, mientras te amo se pronuncia tan fĂĄcil, casi como si no significara nada? ÂżPor quĂ© las palabras que deberĂan dar calor terminan congelĂĄndome la sangre? ÂżPor quĂ© recuerdo con tanta claridad aquello que nunca fue, mientras los demĂĄs olvidan incluso lo que sĂ ocurriĂł?
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âLas letras empiezan a volverse borrosas. Otro cigarrillo se apaga entre mis dedos y la ceniza cae al suelo como fragmentos de un pasado que ya no sirve, pero que se niega a desaparecer. QuizĂĄs decir te quiero valga mĂĄs que un te amo. Hoy cualquiera dice te amo con una facilidad que asusta, como si fuera una palabra descartable. Pero cuando el sentimiento es verdadero, cuando te atraviesa hasta los huesos, ni vos misma terminĂĄs de creerlo. Entonces te aferrĂĄs a un simple te quiero, porque pesa mĂĄs, porque se siente mĂĄs real, mĂĄs honesto⊠aunque tambiĂ©n duela mucho mĂĄs.
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âMi mente insiste en aferrarse a esa idea, a lo que pesa de verdad. Sin embargo, el corazĂłn sigue latiendo como un animal herido por ese te amo que todavĂa no conocĂ, pero que imagino escondido en algĂșn rincĂłn del tiempo⊠o quizĂĄ ya pasĂł frente a mĂ y nunca supe reconocerlo.
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âEl viento golpea la ventana con fuerza. El cristal tiembla como si quisiera romperse y llevarse consigo este vacĂo, esta nostalgia de cosas que nunca vivĂ, la extraña costumbre de extrañar personas que jamĂĄs conocĂ y momentos que solo existen en mi imaginaciĂłn.
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âMe acerco a la ventana y la abro. El aire helado me corta la cara. La lluvia moja mi frente, mis manos, mi ropa. Durante unos segundos todo queda en silencio dentro de mĂ; solo existe el frĂo atravesĂĄndome hasta los huesos. Y pienso que quizĂĄ estar rota no sea el final de todo⊠quizĂĄ sea la prueba de que todavĂa queda algo vivo resistiendo bajo las grietas.
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âMiro las calles vacĂas. Los faroles apenas sobreviven detrĂĄs del agua que cae. Echo de menos cosas que nunca tuve, abrazos que nunca llegaron, conversaciones que nunca existieron. Hay una nostalgia extraña que me habita, como si mi alma recordara una vida que nunca fue.
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âDespuĂ©s de un rato cierro la ventana. El frĂo ya no calma; ahora solo me hace temblar. Vuelvo a sentarme en el suelo, apoyando la espalda contra la pared helada. A mi alrededor, los libros siguen abiertos como si esperaran que encontrara en ellos una respuesta distinta.
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âUno de ellos quedĂł boca arriba. La pĂĄgina parece llamarme, pero ya no encuentro refugio entre las palabras. Las letras se mezclan con mis pensamientos hasta convertirse en un espejo roto donde cada fragmento refleja una parte diferente de mĂ. Recuerdo cuando era chica y estaba convencida de que los libros escondĂan todas las respuestas, que en alguna pĂĄgina encontrarĂa la forma de sentir menos. Hoy entiendo que no existen fĂłrmulas para eso. Hay dolores que aprenden a quedarse, igual que el aire: invisibles, pero siempre presentes.
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âEl celular permanece apagado en un rincĂłn del cuarto. EstĂĄ conectado al cargador, pero la energĂa nunca parece llegar hasta mĂ. A veces me pregunto si alguien notarĂa mi silencio, si alguien se darĂa cuenta de que llevo demasiado tiempo encerrada entre estas cuatro paredes. Otras veces prefiero que nadie lo haga. Hay heridas que parecen mĂĄs fĂĄciles de soportar cuando nadie intenta mirarlas demasiado de cerca.
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âLa nostalgia sigue creciendo. Se instala en la garganta, en las manos, hasta en las uñas que muerdo sin darme cuenta. Extraño dĂas llenos de sol que nunca vivĂ, risas que jamĂĄs escuchĂ©, personas que quizĂĄ solo existieron en mi cabeza. Todo termina pareciĂ©ndose al humo: durante un instante parece tener forma, pero basta un poco de viento para que desaparezca sin dejar nada, excepto un sabor amargo difĂcil de olvidar.
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âEl reloj del pasillo marca las tres de la madrugada. Cada tic tac cae sobre mi cabeza como un recordatorio de todo el tiempo que no vuelve. Pienso en las noches que ya perdĂ, en las preguntas que siguen sin respuesta, en las palabras que nunca me animĂ© a decir. Me pregunto cuĂĄnto tiempo mĂĄs podrĂ© cargar con esta versiĂłn de mĂ que siente demasiado y habla demasiado poco.
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âObservo la brasa consumirse lentamente hasta quedar reducida a ceniza. Tal vez la vida tambiĂ©n sea eso: una llama pequeña intentando resistir al viento. Mientras siga encendida, por mĂnima que sea, seguirĂ© aquĂ, entre libros viejos, lluvia y noches interminables, esperando que alguna respuesta llegue antes del amanecer.
âEl cigarrillo termina por apagarse. La colilla frĂa entre mis dedos pesa mĂĄs de lo que deberĂa. La dejo caer en el cenicero, donde las demĂĄs descansan unas sobre otras como si cada una hubiera sobrevivido a una noche distinta. Las miro un rato y pienso que todas se parecen entre sĂ... igual que mis madrugadas.
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âBajo la mirada hacia mis manos. EstĂĄn secas, marcadas, con las uñas rotas y los dedos cansados. Parecen las manos de alguien que ya viviĂł demasiado para la edad que tiene, como si hubieran cargado cosas que nunca les correspondieron.
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âLevanto la cabeza y mi mirada vuelve a quedarse clavada en el espejo roto de la mesita. Cada pedazo me devuelve algo distinto: en uno estoy cansada, en otro parezco perdida, en otro ni siquiera logro reconocerme. Ninguno alcanza para mostrarme completa. A veces creo que ese espejo me conoce mejor que yo misma.
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âMis ojos estĂĄn hundidos. El insomnio les robĂł el brillo hace mucho tiempo y las lĂĄgrimas que nunca terminan de salir los fueron apagando de a poco. Los miro fijo y siento que ya no cuentan quiĂ©n soy... cuentan todo lo que me fui guardando.
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âAsĂ soy yo, pienso. Un montĂłn de pedazos intentando convencer al mundo de que todavĂa forman una sola persona.
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âMe levanto despacio. Hasta mis huesos parecen estar cansados de sostenerme. Camino hasta el armario, lo abro y el olor a ropa guardada me golpea de frente. Paso la mano entre las perchas hasta encontrar una camiseta que todavĂa conserva un perfume conocido. No sĂ© si es un recuerdo de verdad o si mi cabeza inventa cosas para sentir que todavĂa queda algo bueno al que aferrarme. Me la pongo. No porque tenga frĂo... sino porque hay noches en las que una necesita sentir que algo la abrace, aunque sea una simple tela.
âMe acerco de nuevo a la ventana âya no llueve tanto, ahora solo quedan unas gotas que resbalan por el cristal como lĂĄgrimas que el cielo ya no puede aguantar. Afuera el mundo empieza a aclararse de a poco, como si la noche estuviera riĂ©ndose.
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âOdio las mañanas. Me obligan a ver las cosas tal como son, sin el refugio de la oscuridad que, por unas horas, hace que todo pese un poco menos. En la noche puedo estar rota, puedo llorar, puedo ser un desastre sin que nadie me mire. Pero cuando amanece tengo que volver a juntar cada pedazo, ponerme una cara que no siento y salir a fingir que estoy bien... cuando por dentro hace rato que me vengo desmoronando.
âMiro el suelo, donde hay ceniza esparcida, pĂĄginas rotas de libros y algunas lĂĄgrimas secas que dejaron marcas de sal. Todo esto es mi vida. Todo esto es lo que queda de mĂ despuĂ©s de tantas noches iguales.
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âPienso en cĂłmo la gente habla de la felicidad como si fuera algo fĂĄcil de encontrar, como si alcanzara con buscar un poco mĂĄs o esperar un poco mĂĄs. Como si existiera un camino que todos supieran menos yo.
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âPara mĂ la felicidad siempre fue otra cosa. Es como una canciĂłn que escuchĂĄs desde lejos. SabĂ©s que existe, alcanzĂĄs a reconocer la melodĂa... pero nunca llegĂĄs a escuchar la letra completa.
âOigo que en la calle empiezan a pasar los primeros coches, sus luces cortan la oscuridad como cuchillos afilados. El mundo sigue girando, la gente sigue viviendo, mientras yo me quedo acĂĄ adentro, atrapada en mi propio desastre, como si todos supieran cĂłmo seguir menos yo.
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âMe pregunto si algĂșn dĂa podrĂ© salir de este cuarto, de esta oscuridad, de este dolor que me va consumiendo por dentro, despacio, como la humedad que se mete en una pared hasta terminar rompiĂ©ndola. Me pregunto si algĂșn dĂa podrĂ© tocar a alguien sin sentir que lo estoy lastimando, si podrĂ© decir lo que siento sin tener miedo de que me abandonen, si algĂșn dĂa voy a sentir que tambiĂ©n soy alguien que vale la pena.
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âMe vuelvo a sentar en el suelo, me acurruco contra la pared y cierro los ojos. AĂșn siento el sabor amargo del cigarrillo en mi boca, el frĂo de la pared en mi espalda, el dolor que late en cada parte de mi cuerpo. Y aunque la mañana se acerca, aunque el mundo sigue adelante, yo me quedo acå⊠en mi cuarto oscuro, entre mis libros viejos y mis colillas apagadas, siendo esta chica rota que sigue esperando a que algo cambie.
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âPero por ahora, solo puedo cerrar los ojos y esperar a que la oscuridad pase, a que la lluvia vuelva a caer, a que algĂșn dĂa llegue la respuesta que estoy buscando desde hace tanto tiempo⊠aunque en el fondo sospeche que ninguna respuesta va a entrar por la ventana si antes no me animo a buscarla dentro de mĂ.
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âQuizĂĄs algunas respuestas no llegan para arreglarnos por completo, sino para enseñarnos quĂ© hacer con las partes de nosotros que quedaron despuĂ©s de rompernos.
Buenas noches mis queridos lectores, espero les guste este escrito, saliĂł de una noche de insomnio, pero con mucho amor, espero conecten con el y le den amor.
Att: albanoctisđ€đŹ
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