pelmafrost, m. y f. coloq.
  Hasta donde sĂ©, he acuñado una palabra. (Los maliciosos dirán que la he «a-cuñao».) Es pelmafrost.* Todos conocemos a uno, una de esas personas con una capa de personalidad permanentemente pelma; pelmas como el pino, es decir, «pelmanifolios»; de una pelmez —¿pelmidad?; «pelmacerĂa» no, que es otra cosa— perenne, patente y dura como el hielo.   *Advertencia a los pelmafrost: sĂ, lo sĂ©, tĂ©cnicamente la acuñaciĂłn debiera ser «permapelma», pero la sonoridad de «pelmafrost» es irresistible, asĂ que harĂ© algo asĂ como con el chĂłped. Además, esta gente son unos frĂgidos: solo los pierde el onanismo. Por otro lado, empiezo a pensar que «pelmanifolio» no le va a la zaga. Vale, pues he acuñado dos. Pero sigamos.
  A los pelmafrost los tendrĂan que recetar los mĂ©dicos de familia —antes llamados «de cabecera»; ahora no basta con tener cabecera para estar enfermo, encima hay que tener familia—. La cosa irĂa más o menos asĂ:
  «¿Tiene insomnio? Pues mire, podrĂamos... » —muchos mĂ©dicos hablan en plural, como incluyĂ©ndose en el tratamiento, pero cuando llega la preparaciĂłn para la colonoscopia, evacĂşan antes que tĂş, que ya es decir. Pero sigamos:— «... podemos hacer dos cosas: le receto lorazepam, pim, pam, o lo derivo a un pelmafrost para que le aburra por las noches a la hora de acostarse». «De acostarse usted, no el pelmafrost», aclaran. SerĂan como los lectores de Borges, pero sin libros —¡ojalá olvidaran su logorrea para recitar a otros!—. (Con esto no digo que los demás seamos Borges, que ya sabemos cĂłmo va hoy el arte interpretativo. ¡Ah, quĂ© sabia Sontag cuando dijo que interpretar es empobrecer!)
  La otra noche cenĂ© con gente ilustrada y una amiga muy leĂda recordĂł al respecto el esplĂ©ndido comienzo de Los hombres me explican cosas, de Solnit, donde la autora describe cĂłmo un pelma de estos —en su caso, de la categorĂa mansplainer— habĂa descubierto un libro genial, cuyo contenido se dedicĂł a desglosarle a Solnit con todo lujo de detalles mientras esta le dijo tres o cuatro veces que sĂ, que lo conocĂa, que de hecho lo habĂa escrito ella. Hasta que el pelmanifolio absorbiĂł la informaciĂłn. Es difĂcil penetrar la capa frozen de estos plastas (paradĂłjicamente, el let it go no les entra en la cabeza).
 Ah, los pelmafrost. Herbert George Wells no se percatĂł de su potencial. Y es que los pelmanifolios matan dos pájaros de un tiro: 1) hasta la fecha, son los Ăşnicos seres capaces de detener el tiempo, e incluso de invertirlo, ergo no harĂa falta máquina para viajar al pasado, y 2) a su lado eres invisible, por lo que podrĂa prescindirse tanto de laboratorio como de cientĂfico. Et voilĂ , dos libros en uno.   Donde haya un pelmafrost, que se quite el cafĂ© descafeinado. En lugar de ese proceso elaborado de emasculaciĂłn cafetera (lĂ©ase «el descafeinar»), las fábricas de cafĂ© deberĂan emplear a un pelmafrost: serĂa «el hombre que susurraba a los granos de café»; la mera vibraciĂłn de su voz despojarĂa al cafĂ© de su mejor facultad. Por otro lado, el grano quedarĂa molido al instante (y en verano el hielo irĂa incluido).   El pelmafrost aĂşna los dones del guĂa turĂstico y el dermatĂłlogo: te señala la puesta de sol y el grano en la cara.   No fue un meteorito lo que extinguiĂł a los dinosaurios.   Los pelmafrost no quieren compartir sino impartir (Ăłrdenes, lecciones). Aspiran al reverso del vampiro: reflejarse solo ellos en los espejos. Si los espejos son de mano, que se los sujete otro.   Es el empeorador, el que cambia lo que funciona y corrige lo que está bien; el que nunca es «la gente», el pajarraco que te copia una idea, se la apropia y te la regurgita.
  Ah, los pelmafrost. ¿O pelmafrosts? No, definitivamente, los pelmafrost; a una caterva tan monótona le conviene un plural invariable.

















