A medida que el micro se acercaba a la estación de Kawaguchiko, yo iba oteando el cielo. Estaba bastante soleado pero el color del firmamento se vía más blanco que celeste. Temía que otra vez el Fuji se encontrara cubierto de nubes. El micro hizo las dos o tres paradas correspondientes antes de la terminal y al doblar en una curva, mi ventana enfocó de repente a la imponente montaña. No pude contener un suspiro de asombro y una cara de sorpresa. Me sentí como un nene que al desgarrar un papel de regalo en navidad, encuentra el regalo que tanto había deseado. El micro no tardo en estacionar y yo me apure con total agilidad para bajar. Me había sacado las zapatillas, había dejado mi campera en el estante para apoyar las mochilas, encima del asiento. Me calcé rápido, tome mis cosas y bajé casi corriendo. Me ubiqué a un costado de la central de pasajes de la estación y contemplé el enorme volcán que se impone casi en soledad en el horizonte japonés. Con sus 3776 metros, es la montaña más alta de Japón y patrimonio de la humanidad. Si bien la zona está repleta de cadenas montañosas pobladas de arboles, pareciera que el monte Fuji se erige en soledad. Es un volcán enorme, sin montañas cerca, como si los dioses de Japón hubieran dibujado su contorno con un solo trazo de pincel, sin levantarlo del lienzo y sin titubear, en una línea solitaría desde que comienza en el suelo por el lado izquierdo del horizonte frente a mi y va subiendo sin irregularidades hasta la cima, donde se encuentra el cráter nevado, y desciende por la derecha hasta llegar en lenta bajada al suelo. A lo lejos y ante el brillo del sol que rebota en sus nieves y nubes, parece que es de color negro desgastad y no se ven arboles o vegetación alguna en toda su extensión. Algunas nubes, las más efímeras, lo van circundando y parecen salir de chimeneas repentinas en la piel del volcán, como si expulsara gases de vez en cuando en alguna errática fumarola.
Diario del viaje por Japón. 29/4/23 Autor: Jerónimo Carollo








