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Los dedos de Daiki hicieron una firme amarra entre el delgado tronco de ese incipiente árbol y la ramita que encontró. Ese árbol habría sido un alto roble si no lo hubiesen roto descuidadamente en un arrebato, normalmente no mostraba resentimiento hacía los humanos e incluso se mostraba amigable con quienes visitaban su santuario.
Sin embargo, esto muchas veces no podía tolerarse. Pero ya no podía castigar a nadie, los culpables ya no estaban y ahora él debía reparar el daño.
Los ojos del guardián se empañaron mientras seguía fortaleciendo el delgado árbol.











