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Conocer cada una de sus facetas era como asomarme a un universo que jamás terminaba de revelarse. Siempre había algo más: una nueva constelación escondida entre sus silencios, una ternura inesperada detrás de su ironía, una belleza distinta en aquello que creía conocer.
Y esa ternura...
Esa ternura me desarmaba más que cualquier otra cosa.
Porque no era frágil ni inocente; era la clase de dulzura que nace después de haber sobrevivido a sus propias tormentas.
Él me desarmaba por completo.
Y cuando sus ojos encontraban los míos y una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro, algo primitivo despertaba dentro de mí. Una emoción tan intensa, tan visceral, que sentía el corazón desbocado dentro del pecho, como si quisiera escapar y correr hacia él antes que yo.

















