“Cocinar no es tan malo. Bueno, siempre y cuando no termines incendiando la cocina. Lo digo por experiencia.” Replicó con una amplia sonrisa, reprimiendo la carcajada que quería escapar de sus labios ante el recuerdo.
Asintió ante lo que dijo, golpeándose internamente ya que, —Duh, el chico ya no estaba ahí y no podía verle.— “Pero apurate, esas deliciosas pizzas están ansiosas porque las comas. Puedo escucharlas gritar de emoción desde aquí.” Bromeó, mientras se recargaba en la pared esperando por el muchacho.
— Bueno, a mi me sucede la mayor parte de las veces. La cocina nunca fue lo mío —suspiró. Parecía una broma, pues su madre y su abuela, hasta su hermana inclusive, cocinaban de maravillas. ¿Por qué él era tan pésimo para ello? Subió las escaleras, cuidando de no tropezar debido a la velocidad con la que iba, y arrebató el primer abrigo que vio dentro de sus maletas a medio desempacar. Definitivamente aún le quedaba bastante trabajo, del cual se ocuparía a la vuelta.— Ya estoy aquí, ya estoy aquí —anunció con una divertida risa, mientras bajaba por las escaleras y, a la vez, se colocaba la prenda en su cuerpo.— Bien, haber si con una vez me aprendo el camino —bromeó.














