Es hora de partir. Los Scouts tienen otras obligaciones en la vida real y los campamentos, por desgracia, no duran para siempre. Así que, tal como montaron las tiendas, se recogen. Después vienen los olvidos de última hora, las anotaciones en libretas de números y nombres en redes sociales y los últimos abrazos y besos.
Hay algo que si es común en todos los encuentros: siempre hay ganas de llegar, pero nunca de irse. Y a mí, ahora que he convivido con ellos unos meses, también me da pena que llegue la despedida. Al menos, la idea que tenía de los Boy Scouts ha cambiado en ciertos aspectos y me siento agradecida de que me hayan invitado a entrar en este pequeña gran familia como a una más.














