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16/07/2024
–¿Puedo hablar con papá antes de que le pongan la inyección?
–Sí claro, perdona por no haber caído en eso antes.
–Papá, ¿cómo estás?
–Estoy bien, me van a poner ahora una sonda y todo bien. Y tú, ¿cómo estás? ¿Has terminado ya el curso de alemán?
–Ahora está parado por el confinamiento, no sé todavía cuándo vamos a volver.
–Bueno… pues nada, tú dale caña al alemán por tu cuenta, aprende a hablar lo básico para poder buscar trabajo.
–Bueno papá descansa, un beso.
–Vale hijo, un beso.
Recuerdo cuando mi padre se sentó conmigo en el sofá de tres plazas en el salón de nuestro piso en El Tardón. Yo tenía el pelo medio largo, a la altura de las orejas, y me servía para poder esconderme de los demás, o al menos eso era lo que yo creía. Mi padre me recriminó que si no estudiaba me iba a ir a recoger melones a Almería, que era el hazmerreír del barrio, que sus amigos le decían que a ver si me daba un puchero, que se me caían los pantalones de lo canijo que estaba, que parecía un gorrilla. Yo estaba devastado al escuchar todo eso, no poque realmente me importase lo que la gente decía de mí, sino porque era mi propio padre el que me estaba diciendo todo eso. Rompí a llorar desconsoladamente sin poder evitarlo a pesar de todos mis esfuerzos. Mi padre dejó de decirme cosas al verme sufrir y se levantó del sofá para dirigirse seguidamente al bar de abajo.
Durante el confinamiento solo había conexiones aéreas entre capitales de países, para poder ir a Sevilla a despedirme de mi padre tuve que coger un tren de Dresde a Berlín, un avión de Berlín a Madrid, cruzarme Madrid entero en metro desde Barajas hasta Atocha, pasar la noche en Madrid en un hostal de mala muerte cerca de la estación, en la misma plaza del Reina Sofía, y por la mañana coger un AVE hasta Santa Justa.
Cuando llegué al hospital Infanta Luisa en la calle San Jacinto mi tía estaba en la habitación sentada en una silla junto con mi madre y mi hermano. Mi padre ya estaba sedado, pero todavía era consciente de lo que veía y escuchaba. Al escuchar mi voz se intentó levantar, a pesar de los tubos y los cables que lo mantenían atado a la cama, para darme un abrazo. Con todas sus fuerzas consiguió sentarse al borde de la cama. Yo le dije que se volviera a tumbar, que se iba a hacer daño y le agarré la mano para tranquilizarlo. Mi hermano no pudo resistir levantarse de la silla para ponerse a llorar al ver lo sucedido. Después saludé a mi tía y le conté cómo había venido hasta Sevilla a pesar de las dificultades por el confinamiento. Mi padre cerró los ojos y empezó a sonreír, era feliz de saber que mi tía y yo hablábamos después de tantos años sin vernos y él estaba allí presente, era una reunión familiar, de esas que solíamos tener en casa de mi abuela.
01/07/24
Todavía se escucha el resonar de las campanas de la Garnisonskirche. Son las doce y tres minutos y supongo que están anunciando El Angelus. Además de las campanadas hay otros sonidos característicos, como el ruido de los coches al recorrer Bischofsweg o la línea 13 del tranvía que acaba de llegar a Alaunplatz. También puedo escuchar algunas personas charlando a lo lejos sin distinguir nada de lo que dicen, no solo porque hablan en dialecto sajón, sino porque están a una distancia bastante considerable. Mi apartamento se encuentra en la última planta del edificio de la esquina derecha de la calle Alaunstraße con Bischofsweg, se trata de un pequeño inmueble de un dormitorio, un salón-comedor, un cuarto de baño y una cocina con las mismas dimensiones o más pequeño que un vestidor.
Es un piso muy luminoso, situado en un pequeño torreón rematado con un chapitel bulboso tan característico de la arquitectura centroeuropea. El salón es una habitación con forma de heptágono de lados desiguales, los cuales tres de ellos dan al exterior y tienen grandes ventanas que permiten entrar la luz en el interior de la vivienda, tan importante en una ciudad como Dresde, donde la falta de luz natural hace que sea imprescindible tener grandes ventanales en los edificios.
Las campanas han cesado de sonar y ahora solo escucho el ruido de los coches, hoy es lunes y me imagino que no hay demasiada gente en el parque, además son vacaciones escolares y la ciudad está bastante vacía.
Estoy sentado en la única mesa que tenemos en casa, la cual usamos para comer, trabajar, estudiar y toda actividad en la que una mesa es necesaria. Cuando estoy sentado ante la mesa puedo ver por la ventana el campanario de la Iglesia de La Guarnición, una iglesia construida a finales del siglo XIX en estilo neogótico. Es una iglesia doble (destinada a los militares que se encontraban y se encuentran en esta zona de la ciudad) que alberga dos edificios, uno destinado al culto católico y el otro al culto protestante.
En la fachada principal de la iglesia, situada al norte, se puede ver la torre campanario con un chapitel piramidal con una aguja rematada con una esfera y una cruz doradas. Sobre el campanario, debajo del chapitel hay un reloj que es lo que nos indica que estamos ante un edificio del neogótico y no del gótico propiamente dicho. Para muchos esto es difícil de entender, ya que el neogótico es un fiel fidedigno del antiguo estilo medieval y confunde al espectador en cuanto que siempre se intenta evocar o imitar lo que se hacía en el pasado.
La fachada sur es la parte trasera del edificio compuesta por varios absidiolos que evocan a las antiguas catedrales del románico. En aquella época el ábside y los absidiolos tenían una función puramente técnica para contrarrestar el peso del muro, en este edificio la función es meramente decorativa ya que al tratarse de un edificio neogótico el muro no necesita ningún tipo de elemento para contrarrestar su peso, para esto se utiliza la bóveda de crucería desarrollada en tiempos del gótico para poder liberar los muros y abrir grandes ventanales con vidrieras coloreadas.
Hoy el día está un poco revuelto, a pesar de que el verano acaba de comenzar, el cielo se ha nublado y solo hay algunos huecos de cielo azul entre las nueves, justo encima del campanario de la iglesia a modo de rompimiento de gloria. Las hojas de los árboles se mueven y puedo ver a través de los cristales de la ventana una lluvia muy fina y casi imperceptible que anuncia la llegada de una tormenta. No hace ni frío ni calor. El cielo se acaba de cerrar con nubes por completo y la lluvia ha empezado a incrementar con fuerza, supongo que ya ha llegado la tormenta, ya puedo escuchar los truenos a lo lejos.
Sentado en un estrecho asiento de Ryanair tengo el corazón encogido. Me pasa siempre que tengo que volver, cada vez me cuesta más volver a casa desde mi casa. Una de mis guías espirituales me dijo una vez algo muy sabio “la casa de uno es aquel lugar dónde uno tiene paz interior. “Qué gran verdad. Pero mi pregunta es cómo saber dónde está mi paz interior. Definitivamente, mi paz interior se encuentra en el lugar dónde están mis seres más queridos. Ese lugar es dónde habitan las personas que me quieren y se preocupan por mí y que ansían mi compañía, pero qué ocurre cuando ese lugar está dividido entre varios lugares o qué ocurre cuando la paz interior de alguien depende de muchas personas en muchos lugares diferentes.
Aterrizaré pronto en el aeropuerto de Weeze y el padre de Karsten nos recogerá en su coche para llevarnos a Kleve. Allí pasaremos una noche y montaremos en bici a orillas del Rin, antes de viajar en nuestro coche hasta Dresde, la ciudad donde se encuentra mi actual hogar, el lugar donde trabajo y comparto mi vida con la persona a la que quiero. Pero a pesar de llevar tres años viviendo en esta maravillosa cuidad llena de historia y lugares increíbles, aún no me siento que pertenezco a ese lugar. Pero lo más curioso es que nunca me he sentido que pertenezco a un lugar determinado.
Mi familia viene de un pequeño pueblo en la provincia de Badajoz llamado Albuquerque, en la frontera con Portugal (nombre que utilizaron los conquistadores extremeños en América para nombrar uno de los lugares más famosos de Nuevo México en Los Estados Unidos). Mis padres en su veintena, poco después de morir Franco, tuvieron una boda exprés, en la cual, con la excusa de la muerte de mi abuela materna no invitaron más que a la familia más cercana, sin celebración. Todo ello para poder ir a Madrid donde mi padre empezaría a trabajar como policía nacional en plena transición a la democracia. Allí nació mi único hermano y casi tres años después nací yo. Vivíamos en Móstoles, ciudad dormitorio no lejos de Madrid. De Móstoles nos mudamos a San Lorenzo del Escorial ya que mi padre empezó a trabajar allí en una academia de policía. Luego, después de vivir de alquiler en San Lorenzo un par de años mis padres se compraron un piso en una urbanización cercana al Escorial llamada Ciudad Bosque Los Arroyos. Todos estábamos seguros de que ese iba a ser nuestro hogar definitivo junto con Valdebótoa, un pueblo dormitorio de la provincia de Badajoz donde vivían mis abuelos paternos y toda la familia de mi padre y done aún viven mis tíos, primos y mi abuela materna. También El barrio del Pilar en Madrid era otro de nuestros hogares, allí vivía y vive la única hermana de mi madre con su marido, mi tío, y en aquel entonces mis primos.
En Los Arroyos vivíamos mi padre, mi madre, mi hermano, mi abuelo materno y yo. Éramos felices a pesar de la falta de servicios y transporte público en aquel entonces, mi madre para poder llevarnos al médico a mi hermano y a mí, tenía que caminar con nosotros una distancia bastante considerable, a través de un camino sin alumbrado ni pavimento. Yo allí tenía decenas de amigos y a pesar de mi corta edad, como era un lugar pequeño y seguro, disfrutaba de una libertad que ningún crío de esta generación se pudiera nunca imaginar. En los veranos solíamos jugar hasta las tantas de la madrugada al escondite o a liebre, y el municipio entero era válido para esconderse, lo que hacía que el juego se hiciera interminable.
Un buen día, en el autobús que la policía nacional proporcionaba a los trabajadores para que sus hijos pudieran ir al colegio, se escuchaba el rumor de que iban a cerrar la academia de policía donde trabajaban nuestros padres para convertirse en un cuartel de la guardia civil. Como la mayoría de rumores, resultó siendo una realidad. Todos nuestros padres debían decidir si querían viajar sesenta kilómetros diarios para ir a trabajar a Madrid o pedir un nuevo destino en cualquier parte del país. Mi padre fue uno de los que decidió irse ya que no estaba dispuesto a viajar sesenta kilómetros diarios y tampoco estaba dispuesto a renunciar a su trabajo de electricista que hacía paralelamente al de policía.
Era el año 1989 y por todas partes se anunciaba que en Sevilla se iba a celebrar en unos años una exposición universal, la gran Expo 92 de Sevilla. En aquel entonces cada vez que íbamos a visitar a mi abuela y al resto de mi familia paterna en Valdebotoa mi padre tenía que conducir con los cinco en el coche atravesando carreteras interminables por las provincias de Toledo, Cáceres y Badajoz. La larga distancia entre Madrid y Badajoz y la exposición universal fue motivo suficiente para mi padre elegir Sevilla como nuestro nuevo hogar.
Ya aterrizamos en Weeze y el padre de Karsten nos ha venido a buscar en su coche para pasar una noche en Kleve con la familia de Karsten antes de volver a Dresde en nuestro coche. Dresde, esa ciudad con una historia llena de contrastes. Ciudad en la que sus habitantes han tenido que renacer de sus cenizas como el Ave Fénix. Como tuve que renacer cuando nos mudamos del Escorial a Sevilla. Como tuve que renacer cuando mi abuelo y mi padre murieron y el número de miembros que conforman mi hogar y paz interior se redujo. Como tuve que renacer cuando decidí mudarme a Londres para acabar conociendo a Karsten, mi actual compañero de hogar y nuevo miembro de mi familia. Como tuve que renacer cuando decidimos a causa de la pandemia y el Brexit irnos a vivir a Dresde. Como tengo que renacer todos los días al levantarme y ver que todo está bien, y decirme que no hay nada por lo que preocuparse.
No importa las veces que cambies de escenario, si encuentras tu paz interior siempre encontrarás tu hogar, ya que tu hogar es tu cuerpo. Tu cuerpo protege tu esencia, tu espíritu, tu alma, tu ser, tu energía que a la vez forma parte de la energía del universo. El universo está hecho de la misma energía que habita nuestro cuerpo y por lo tanto el universo al igual que nuestro cuerpo es nuestro hogar. No importa lo lejos que estés de tus seres queridos, ellos siempre te van a acompañar y tú a ellos, porque vivimos en el mismo hogar y estamos hechos de lo mismo, es decir, somos lo mismo.

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