Dopamina atrae dopamina
Me diste los tres o cuatro pinchazos de la anestesia y dijiste el nombre que solo me gusta en tu voz: "No me putees, Xxxxxxl", y comenzaste el gesto de acariciarme la cabeza, incompleto porque no podés tocar nada con el guante estéril. Todo quedó listo para que te reencontraras con mi sangre y con mi hueso, mientras -dopamina atrae dopamina- venía a mi memoria el gesto idéntico de la persona que más sabe/supo de mí cuando cruzamos la calle después de que la invitara a oler jazmines en la vereda de una casa de Boedo. Meses más tarde pusimos la corona de ese implante y te hablé de neurólogos, parestesias y otras palabras que había ido conociendo; y cuando abrí la boca, al fondo de la garganta, capaz me viste los que te dije atragantados. Con la electricidad aún corriendo por mis cuatro miembros, te escribí para contarte -me habías dicho -textual, lo tengo grabado- "no cuelgues, contame"- que venía del electro- miograma y me amparé en la incertidumbre de mis días para vencer la vergüenza y hablarte de los jazmines que había descubierto en una casa abandonada cerca de tu casa. Una casa ochentosa con destino de demolición y unos jazmines trepando indómitos desde el jardín de adelante hasta la maraña de cables y las ramas del árbol de la vereda se me aparecieron como la excusa para compartir esa parte de mi mundo, manteniendo las distancias dije explícitamente. El silencio fue toda tu respuesta, no preguntaste ni el resultado del estudio. Igual, es obvio que dio bien, alhamdulillah (si no, no estaría acá ahora escribiendo). Un año y un confinamiento después nos vimos una vez más, la última -hasta ahora-, y ninguno de los dos tocó el tema. A la semana era tu cumpleaños, y volví a esa casa pensando en vos; estaban la topadora en el lote arrasado y unos jazmines secos abrazados a los cables.
(Laferrere 1355)















