El brillo verde más trucho
Un brillo verde muy sospechoso
Vaya, vaya. Resulta que unos científicos con batas impecables de las prestigiosas instituciones suizas Empa y EPFL se andan adjudicando el invento del siglo: una madera biohíbrida que brilla en la oscuridad. El grandioso descubrimiento consiste en meterle un hongo llamado Desarmillaria tabescens a pedazos de maderas ligeras. Cuando esta extraña mezcla toca el oxígeno del aire, se produce una reacción química natural entre la molécula luciferina y las enzimas del hongo, desatando un resplandor verdoso autónomo. Nos quieren vender la pomada en los medios internacionales como si hubiesen descubierto el fuego, afirmando con total descaro que sirve para señalizaciones y que en el futuro iluminará pasajes urbanos, parques y senderos de forma sostenible, sin gastar un solo watt de energía eléctrica. Qué innovadores, qué mentes más brillantes, qué manera de ganarse los fondos de investigación rascándose la barriga mientras presentan un pedazo de astilla podrida como la salvación del planeta.
La verdad es que estos caballeros de Europa se están colgando los laureles por un experimento que, si lo miramos con lupa, es bastante ordinario. Nos pintan el cuento de la autosuficiencia energética y el diseño ecológico futurista, pero la realidad es que el invento es huérfano de practicidad a gran escala. El resplandor verdoso que produce ese hongo inoculado no es más que un moco fluorescente que apenas alcanza para no tropezarse en el baño a mitad de la noche. Mientras el alumbrado público tradicional te ilumina una avenida completa para que no te asalten, estos investigadores suizos nos ofrecen un tronco desnutrido que necesita respirar desesperadamente para no apagarse. Es una burla total para los ciudadanos comunes y corrientes que esperan soluciones reales, una puesta en escena que solo busca impresionar a burócratas que firman cheques de financiamiento estatal sin salir nunca de sus oficinas climatizadas.
Es que hay que ser muy cara de raja para presentar este prototipo como la gran revolución ecológica del milenio cuando la durabilidad del invento vale hongo. Ellos mismos reconocen, entre letras chicas, que actualmente su brillo experimental dura apenas unos pocos días antes de pasar a mejor vida. Imaginen el panorama tercermundista de tener que cambiar los postes de la luz de una plaza por troncos infectados con parásitos fúngicos cada semana porque el brillo verde se les desgasta con el viento o porque el hongo simplemente se murió de frío. El pobrecito hongo Desarmillaria tabescens debe estar pidiendo la hora en esos tubos de ensayo, estresado por tener que cumplir con las fantasías sustentables de un grupo de académicos que se las dan de salvadores de la humanidad. La reacción química de la luciferina es real, sí, pero usarla para alumbrar un sendero urbano hoy en día es como intentar calentar una casa en pleno invierno soplando un fósforo: ineficiente, ridículo y sumamente vergonzoso.
Por supuesto, la prensa internacional ya corrió a lamerles las botas a los laboratorios helvéticos, publicando titulares rimbombantes sobre la "madera del futuro" y omitiendo la cantidad de recursos que se gastan en estas excentricidades. Nadie se atreve a decirles en su cara que su gran avance tecnológico es una cochinada bitonal comparada con cualquier ampolleta LED barata de dos lucas. La sociedad actual está tan hambrienta de discursos verdes y etiquetas ecofriendly que es capaz de aplaudir cualquier residuo forestal que parpadee en la penumbra. Nos quieren meter el perro con que esto es la cúspide de la biotecnología aplicada a la arquitectura moderna, pero el proyecto carece de toda la potencia que una verdadera fuente de iluminación urbana debería garantizar para que la gente camine segura por la calle.
La próxima vez que vean un artículo científico alabando las propiedades de la madera biohíbrida suiza, acuérdense del show que hay detrás. No se dejen engañar por tecnicismos baratos ni palabras elegantes como "luminiscencia fúngica autónoma" o "sustratos lignocelulósicos optimizados". Al final del día, todo se resume en un hongo común y corriente pegado a un pedazo de palo que intenta imitar una linterna de la manera más precaria posible. Los investigadores del Empa y la EPFL deberían bajarse de la nube, dejar de vender humo fosforescente y admitir que su gran descubrimiento todavía está más tierno que un churrasco de cartón, en vez de andar prometiendo que mañana mismo vamos a apagar las centrales eléctricas para alumbrarnos con ramas podridas de color verde vómito.
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