De las veces que he dejado la luz prendida, la única vez que sentí miedo fue cuando me di cuenta que ni con el más potente sol, podría ahuyentar a mis fantasmas. Cierro la puerta de mi habitación al menos ocho veces al día, para asegurarme que nada de lo que esté adentro, salga, si yo no lo permito; quizá sea algo controlador de mi parte, pero es que a veces las pérdidas nos forman a unos de raras maneras. He dejado sin querer, afuera al gato, que maúlla quejándose de mi mal trato. Siempre he tenido un nivel alto de despiste, o al menos así quiero llamarlo, que me hace cometer cada pequeña cosa boba, como ahora por ejemplo que ya voy durmiendo con dos cajas de hilos que, sin querer y sin razón, las puse en mi escritorio; no puedo evitar que al mirarlas piense “Niña, en donde tienes la cabeza”. Tengo una cama que más que arreglada, lleva un par de días subsistiendo, evitando que la frazada sufra un suicidio de diez centímetros contra el suelo. Mi estante ha sido asaltado por mí misma, pero los libros que he cogido felizmente no son aquellos que me quedaría de recuerdo porque de ser así, ya estarían de nuevo en su sitio y no irrumpiendo el espacio entre mueble y ventana. Necesito necesitar algo a veces, algo tan simple como lo pueden ser unos peluches, algo tan simple como un adorno para mi mesa de noche, pero que sea algo que con solo verlo, me abrace, porque en esta soledad y en este frío, solo tengo una pequeña chompa que cuando me abandona, me deja al desnudo. Siempre me he sabido dramática, jugando a tocar el piano mientras suponía que la F del teclado, era la Fa que me hacía falta para formar mi propio arpegio; en mi mente sonaba Nuvole bianche, aunque claro está que lo único que tengo de arte es el aire, que todo siempre ha sido una mentira. El vacío a veces me aterra porque no sé cómo lidiar con él. He tratado de convencerme que estoy bien sola, pero más que invidente, mi ceguera es mental; creo lo que quiero creer y evado lo que no quiero pensar. Y sé que no soy solo yo, que hay muchas personas en el mundo que tienen su propia tumba en su mente, que mientras más analizan, más se mueren; a lo mejora ha llegado la hora de iniciar nuestro propia club de poetas muertos. Es un tormento, un triángulo de las bermudas, un principio sin fin. Si algo bueno he sacado es que he perdido, en mi mar, parte de mi memoria; ya no recuerdo gran parte de mi historia, pero sé que lo que sea que haya sido, no quiero volver. Me aterra volver a pisar sobre mis pasos, pensar que ya pasaron tres años y sigue sintiéndose como ayer. De ello aprendí que nada se puede reemplazar, que las heridas no se curan por sí solas; que la vida no es la misma luego de saber vivir derrumbada. Es feo estancarse en el pasado, pero es mucho peor estar aún recordarlo en una nueva habitación, de paredes amarillas color alegría, pero que lo único de alegre que tienen, es su obscuridad en las noches.