Tengo tantas ganas de escribirte, pero no voy a hacerlo. Mejor me escribo a mí y me digo todo lo que tenía ganas de decirte, aunque ya no me acuerdo bien qué era.
Me enteré de que estás mal, de que ya no sonreís y de que no sos el mismo. Y eso me destroza, porque me gustaría poder ser tu amiga y estar ahí para contenerte, aunque seguro el motivo de tu tristeza sea yo o quizás alguien más… eso ya no importa.
Me gustaría poder decirte todo lo que necesitás escuchar, pero todavía no estás listo. Tengo la esperanza de que algún día te canses de elegir siempre lo mismo y te decidas, por fin, a elegirte. Que te animes a ser tu mejor versión, esa que me mostraste a mí en privado: un hombre dulce, gracioso y amable; una persona con sueños, mucha luz y con la esperanza de ser mejor que ayer…
Deseo, desde lo más profundo de mi corazón, que puedas ver todas las cosas maravillosas que llevás dentro y fuera. Que puedas mirarte al espejo y sentirte orgulloso de quién sos, y que logres dejar de creer en todo lo que tu entorno dice sos.
Te escribo esto a modo de despedida. No me puedo quedar más, me tengo que ir. Tengo que salir de este cuarto en el que me encerré a sanar y a esperarte —aunque te dije que no iba a hacerlo—. Y resulta que sané… y nunca volviste y llego la hora de partir.
A estas alturas quedarme implicaría retroceder, y no quiero estar más triste. Quiero vivir. Quiero ser feliz. Quiero seguir cumpliendo mis sueños. Tengo ganas de hacer muchas cosas y, para poder hacerlas, tengo que soltarte. Soltar la idea de nosotros.
No importa cuántas veces te diga que te amo y que te extraño… ya no me creerías. Y tampoco cambia nada. Creo que mi distancia y mi silencio van a cambiar más cosas que mis ganas de intervenir y de salvarte de vos mismo. Yo solo puedo salvarme a mí de mí misma… y así, quizás, pueda inspirarte a hacer lo mismo.
Solo vos podés salvarte. Sos tu propia piedra en el zapato y también tu propio héroe. Nadie en el mundo va a poder sacarte de un lugar en el que solo vos sabés que estás. Los que te amamos —de cerca o de lejos— solo podemos acompañarte, y ayudar cuando estés realmente dispuesto a crecer y a aceptar esa ayuda. Se que es difícil, pero también se que sos un hombre fuerte y valiente, que todo lo puede.
Estos días le estuve pidiendo a Dios y a mis angelitos que te amparen, que te hagan sentir amado y, sobre todo, que te den la fuerza para salir de tu cabeza. Para dejar de pensar tanto. Para tener la voluntad de hacer, por y para vos.
Ojalá Dios exista y me haya escuchado. Porque, a pesar de todo —de lo que pasó, de lo que nos hicimos y de lo que nos dijimos— sigo pensando que siempre vas a ser vos. Solamente vos.
Quizás en esta vida solo fuimos un aprendizaje. Pero estoy segura de que, en otra, nos vamos a volver a encontrar… y vamos a ser tan felices como alguna vez soñamos.
Hasta siempre, pendejo de mierda. Fue un placer haber sido amada por vos y haberte amado. Me enseñaste muchas cosas. Nunca te voy a olvidar.
Te amo eternamente,
M.
























