Recuerdo un cumpleaños en el que todo cambió.
Antes estaba rodeado de amigos, de ruido, de esa sensación simple de pertenecer. Pero ese año ya no fue así. Ya estaba creciendo, y de pronto , pasé a celebrarlo solo, aún siendo un niño. No pasó nada “malo” realmente, pero el silencio se sintió desgarrador. Como si algo se hubiera ido sin avisar.
Desde entonces, los cumpleaños dejaron de ser importantes para mí. O al menos dejaron de sentirse como antes. Con el tiempo he tenido cumpleaños buenos y otros no tanto, momentos bonitos incluso, pero siempre hay algo que se mantiene: esa incomodidad, esa especie de miedo que aparece cuando se acerca la fecha, ese miedo a estar solo.
Creo que no es el día en sí, sino lo que me recuerda. Una sensación de estar solo, o de poder estarlo, aunque no siempre sea verdad. Por eso muchas veces prefiero no celebrarlo, pasar desapercibido, como si así evitara enfrentar esa idea.
Es extraño, porque no todos mis cumpleaños han sido malos. Pero hay algo en mí que se quedó en ese momento, en ese cambio silencioso. Y cada año, cuando se acerca el día, vuelve un poco esa misma sensación… como si una parte de mí aún estuviera esperando que no se repita, que me cuenta que tan realmente solo estoy.


















