El efímero resplandor de un momento en mi memoria. (1)
Nadie sabe lo que le espera, mucho menos cuando no espera nada. Así son estas cosas del destino y sus desatinos: mira que cruzarme contigo para recordarme que el corazón aún late con misteriosos e intrigantes motivos y, a la vez, decirme que solo es un ratito lo vivido. O quizá sea mi mala suerte, o lo de siempre: no estoy hecho para lo que sueño, aunque estuve tan cerquita de ti.
Y es que así son las cosas de la vida: te da, te quita, te invita, y yo solo sé que te encontré ahí, en ese lugar, que en tus ojos, tu risa, en tus formas me extravié; en el asombro quedé perplejo, tan cerca y tan lejos.
No hablo de algo injusto en tales sucesos; se dio todo como de costumbre. Hablo de la belleza de un instante: esa magia, ese nerviosismo, la torpeza, la timidez, las ganas.
Quizá sean las consecuencias de mi personalidad, quizá sea siempre la misma tónica: esa falta de valor. Hambre que se sacia con olvido, sed que se aplaca con esta honestidad brutal. Todo fue como tenía que ser. Aunque perfumaste mi existencia con tu fragancia efímera, mi valentía fue solo una mueca. Si mi autoestima es del tamaño del dedo meñique de algún duende, en vez de dar la cara me escondo tras la timidez. Porque habrá quien se queme las manos tratando de alcanzar al sol, habrá quien se quiebre las piernas queriendo bajar la luna y ponerla en la ventana de alguien; yo solo te contemplaba, maravillado, vulnerable ante lo desconocido e inaccesible.
No hablo tampoco de desventajas, que lo mío es como es: esa dinámica de andar queriendo lo imposible, lo que no se toca. No te habrás de enterar y, si te enteras, no te va a sacudir, no como me sacudió en tan poco tiempo tu presencia. Porque hay quien se emborracha de una mirada y la resaca de eso son todas estas palabras que no sabría cómo expresar en persona ni tampoco quiero que se queden conmigo.
¿Cómo puede ser? No lo sé. Azares que se conjugan con dichas fugaces, coincidencias que te dejan temblando, porque tuve justo delante una galaxia fémina atrayéndome que, a la vez, estaba a años luz.
Yo, que no buscaba nada, me topé de frente con el acertijo, uno que no se resuelve, como un milagro que se contradijo, mariposa extraña que se admira y deja volar. No te pretendí mía; te posaste a mi lado en un lapsus de casualidad, y fue tal el resplandor en aquel destello, delirio deslumbrante entre tanto ruido, y yo con toda mi atención puesta en tu voz, en esa brisa que provocaba el aleteo de tu pestañar.
Química sin reacción, agua y fuego no se corresponden. Yo, que ni siquiera sé tu nombre, me llevo las secuelas de observarte tanto: lo bobo y la vergüenza, el impacto en mi retina de tu rostro astral.
¿Cómo recuperar esa chispa perdida? ¿Cómo repetir ese momento exactamente igual a como se dio aquella extraña noche? Si tan solo tuviese esa imposible posibilidad, y así extender aquel suceso fugaz todo lo que se pueda, para cambiarle solo el final: si ya apagaste la luz pero sigues encendida en mis ojos, si ya se extinguió esa llama pero sigues flameando en mi cabeza.
Como quien halla un trébol de cuatro hojas en un pajar: tanta gloria y un desenlace mísero. Pisar el mismo sitio, compartir el mismo espacio, inhalar el mismo aire y sentir efectos tan contrapuestos.
A veces, ciertos tropiezos comienzan como enigmas efervescentes, te envuelven como un torbellino y se desvanecen justo cuando menos quieres librarte de ellos.
Antipoesía Profana Selecta.