Cicuta
Se miró fijo en el espejo, las ojeras violetas y profundas parecían querer comerle los ojos. Las rozó suavemente con el dedo mayor. Primero la izquierda, desde la punta hasta el lagrimal, y luego a inversa del lado derecho. Como si intentara con ese acto perdonarse a sí misma. Hacía tiempo que no dormía bien, tenía que chequear casi paranoicamente los relojes para poder diferenciar un día de otro. Suspiró. Y comenzó el minucioso trabajo de tapar con corrector ese recordatorio violáceo.
Arabella tenía el pelo color castaño y la piel apenas morena, medía un metro sesenta y cinco y su pelo formaba unas ondas que no se terminaban de definir. Si alguien se detenía a mirarla podría haberle parecido una piba linda (y lo era realmente), pero su mayor cualidad era pasar desapercibida; más aún ahora que su rostro no denotaba rasgo alguno de felicidad, ni de tristeza, ni de ningún tipo. La gente que la conocía murmuraba entre las sombras que era inconcebible que estuviera acaso sintiendo algo. Simplemente existía, de a momentos incluso dudaban que siguiera respirando aunque la tuvieran parada enfrente. Era problema de ellos, no le había importado jamás lo que dijeran, menos podría importarle ahora que Carolina ya no estaba.
Habitar la casa que habían compartido le pesaba, la aplastaba consumiéndole el aire. Pensó en salir a caminar, fumarse un cigarrillo, sentarse a leer en un parque… Pero al segundo de tener cualquier idea volvía a desganarse. Enajenada, se puso un jean, una remera algo desgastada que estaba tirada sobre la cama y salió para su trabajo.
—Llegaste temprano hoy.
—Estaba harta de estar en mi casa.
—Ara, no quiero meterme en tu vida pero…
—No lo hagas entonces. Nos harías un favor a ambos.
Para no dejar posibilidad de réplica, Arabella se metió en la cocina. Era consciente de estar aprovechándose de que Sebastián la quería, seguramente no le hubiera contestado así a ningún otro jefe, pero ya estaba cansada. Cansada de las complacencias, de los consejos, de esos brazos que se tendían engañosos para sostenerla. Nadie quería realmente ayudarla, solo les pesaba su moral de no poder dejarla libre si ella andaba así por la vida, arrastrando los pies. Ara sabía que no era su deber andar limpiando la conciencia de los demás y no hacía ningún tipo de caso a los falsos intentos sacrosantos de ayudarla.
Pero además había otra cosa que esas últimas semanas le molestaba de compartir espacio con su jefe. Sebastián era de esas personas que dan bronca de tan felices, de esas que te responden “todo pasa” cuando les sucede algo terrible. Ara soñaba con que alguna vez él se enoje en serio, rompa una botella, le grite a algún cliente, incluso, hasta esperaba que le susurrara un comentario desubicado al pasar por detrás de ella sólo para poder destronarlo de su título de buen tipo. Nada, nunca había pasado nada de todo eso más que en sus fantasías.
Arabella trabajaba en un bar de Devoto, era parte de esa camada de cervecerías que parecían abrirse de un día para el otro a lo largo de la ciudad porteña. Ella atendía la barra, es decir, su única acción consistía en empujar con un vaso de vidrio el pico de las canillas de cerveza tirada y sostenerlo en 45 grados hasta que estuviera lleno. No le molestaba particularmente su trabajo, le gustaba que fuera un lugar tranquilo. Cuando no había muchos clientes se ocupaba de limpiar la cocina, o se sentaba a tomar unos mates con Sebastián. No la fascinaba el alcohol, los excesos, la eterna noche de Buenos Aires. No se creía superior, pero tampoco se sentía tan fácil de sorprender. Ella había conocido todo tipo de placer extrasensorial y, en contraposición con eso, lo que la gente que la rodeaba acostumbraba a disfrutar le daba una sensación de trivialidad. Todo un poco más de lo mismo: un intento desesperado por callar las voces internas. A ella no le molestaba que le hablen, excepto claro, que desde lo de Carolina parecían más bien estar gritándole todas a la vez.
Sebastián entró a la cocina interrumpiendo sus pensamientos. Esta vez intentó una actitud que daba la impresión de ser más acorde al estado anímico de Ara.
—Che, Monica Geller, si seguís limpiando me vas a desgastar los muebles.
Ara intentó una media sonrisa que no funcionó gran cosa.
—No me cuesta nada.
—¿Querés que haga unos mates y vamos a la terraza? Falta todavía un rato para abrir y la verdad que vos no me dejas posibilidad de trabajar en nada.
—Dale, sí.
La terraza del bar era su lugar preferido, desde ahí arriba se podían ver varias manzanas. Devoto no era un barrio de altos edificios como esas monstruosidades de microcentro, con subir un poco ya se divisaban las calles y los árboles que parecían dibujar sus contornos. Las luces de los vehículos giraban en distintas direcciones antes de que empiece la noche, antes de que la proximidad entre las veredas y los autos estacionados los mantuvieran detenidos en filas parpadeantes.
—¿Cómo estás?
Le sorprendió la pregunta, la gente normalmente evitaba hacerla de manera tan directa.
—He estado mejor…
Ara se quedó un segundo mirando la nada sintiendo una culpa que no le era propia. Ella podía odiar muchísimo la personalidad de Sebastián y su forma optimista de ver el mundo, pero también sabía que no le preguntaba por el mero acto egocéntrico de salvar su alma, así que intentó no ser tan dura. No con él, al menos.
—Mirá, Seba. No es que yo no quiera contarte o no quiera hablar del tema, el principal problema es que no sé qué decir. Carolina se fue dando explicaciones vagas y confusas que sirvieron menos que si no hubiera dicho nada. Me cuesta entender. No porque me sorprenda su reacción, hace largo tiempo que no espero que las personas actúen de manera previsible, y menos aún lo espero de la gente con la que elijo compartir la vida. Lo que siento es que se llevó consigo mi capacidad de sentir. No estoy triste, la verdad es que realmente no lo estoy, pero ahora todo me parece tan aburrido que no encuentro el sentido de “hacer cosas”.
—Pero vos tenías un montón de proyectos.
Arabella lo miró como se mira a un niño pequeño que hace una pregunta que va mucho más allá de sus propias capacidades de compresión.
—Tenía, sí. Ya los retomaré.
Solo quería conformarlo, cosa que Sebastián probablemente notó ya que no indagó más.
—Mirá Ara, hoy va a estar tranquilo seguramente. Los cocineros ya deben estar por llegar y van a encontrarse con todo limpio. No me hace falta retenerte abajo al menos que se empiece a llenar de gente, si querés quedate acá un rato más, estate atenta al celu por si necesito algo.
—Gracias.
Mientras veía a Sebastián terminar de cruzar la puerta, algo le rozó a Ara los dedos de las manos, por lo que se asustó dando un salto hacia atrás. Cuando los ojos le hicieron foco otra vez, notó que había estado a punto de hacer volar por el balcón a un gato negro prácticamente minúsculo.
Se acercó despacio, intentando no asustarlo, hasta que notó que al gato le daba exactamente igual su presencia.
Creía reconocerlo de algún lado, pero no recordaba haberlo visto en esa terraza que había concurrido tantas veces. Sin embargo le resultaba familiar y, de una manera que para nada podía explicar, percibía que el gato también la estaba reconociendo a ella. Se sorprendió a sí misma cómoda con su presencia, lo que era lo más parecido a sentir algo, así que sonrió (esta vez de manera sincera) y lo dejó trepar a sus piernas para acariciarlo.
…
Se miró fijo en el espejo, sin tener valor todavía para abrir la carta que Carolina le había dejado en ese espacio que, tan sólo la noche anterior, ocupaba su cuerpo. La manipulaba temblando con la mano izquierda, mientras con la derecha hacía un esfuerzo inútil por sostenerse del lavamanos.
Había conocido a Carolina en la universidad. La primera vez que la vio casi se cae de lleno por las escaleras de la FADU. Carolina tenía el pelo lacio y un poco rojizo combinado con unos ojos marrones preciosos y algunas pecas que teñían débilmente su rostro pálido. Cuando Ara la vio entrar a la misma aula en la que ella se encontraba acomodando sus cosas, comenzaron a sudarle las manos.
—¡Idiota! —pensó, hablando de alguna manera con ella misma. —Aprovechá tu don de pasar desapercibida y por favor no hagas ningún papelón.
Carolina se sentó en la mesa de adelante. Arabella estaba completamente convencida de no haber hecho el menor ruido, pero por alguna razón la chica colorada se dio vuelta y la miró a los ojos. Fue solo un segundo, pero alcanzó para sentir cómo el calor le inundaba las mejillas. Nunca recordó ni una solitaria palabra de que lo que se habló en esa primera clase.
La semana siguiente Carolina llegó tarde y se sentó directamente al lado de Arabella. Ara se encontraba ahora un poco más tranquila, pero su presencia no dejaba de distraerla. Quería cogerla, hacerla toda suya arriba de esa mesa de madera lastimada por los estudiantes descuidados que pasan día y noche sus trinchetas sobre las tablas. Pero también, a la vez, quería verla tomar un té y correrle el mechón que se le caía sobre los ojos para acomodárselo detrás de su oreja.
Quería el mundo. El pan y la torta. Todo con ella.
Se refregó los ojos intentando representar cansancio, cuando en realidad lo único que necesitaba era poder salir de sus pensamientos para volver a prestar atención a la clase.
Nunca le había gustado una mujer. No podía explicarse todas las cosas que le estaban pasando con aquella chica de la que aún ni siquiera conocía el nombre, Carolina simplemente respiraba y su mundo quedaba devastado. Pero no le daba miedo ni pudor estar gustando de ella. Siempre había dudado de no ser heterosexual más por costumbre que por deseo, pero de lo que estaba segura era de nunca haber sentido tal atracción. Por nadie.
Cuando la clase terminó, Arabella se disponía a salir en el mismo momento que Carolina la paró en seco:
—Hola, perdoná que te joda. Estoy recursando esta materia y necesito una mano, no sé si vos estas disponible o tenés ganas de ayudarme…
Carolina no estaba recursando. Lo que no sería ni por lejos la última mentira que iba a salir de los labios y, aunque Arabella se enteró de ello mucho tiempo después, también estaba convencida de haberla elegido creer.
El día siguiente la encontraba tocando el timbre de la casa de Carolina.
Carolina vivía en una suerte de galpón que había alquilado por pocos pesos. Parecía bohemio pero no del todo una mugre. Era bastante distinto a cualquier casa que Ara hubiera conocido. Lo primero que le pasó por la mente fue la paradoja de que, en ese lugar que se mostraba tan ajeno a todo lo que para ella era habitual, se sentía por primera vez en su vida realmente cómoda.
Apoyó la carpeta en el piso y la mochila arriba, se sentó en el sillón con una tranquilidad que no había mostrado nunca. Carolina se paseaba de un lado a otro acomodando unas pinturas que había dejado tiradas, mientras Arabella comenzaba a sentir un cosquilleo entre las piernas.
Cuando terminó de acomodar (o lo más parecido a acomodar que podía lograrse en ese lugar) prendió un fino sentándosele bien cerca. En el sillón sobraba espacio. No lo iban a necesitar.
Le pasó el porro a Ara mirándola fijo a los ojos. Mientras ella fumaba, comenzó a acariciar su rodilla. Arabella abrió sin disimular unos centímetros las piernas, dejando caer la tela liviana de la pollera que tenía puesta por entre sus muslos. Carolina acercó su cuerpo, mientras subía lentamente la mano. Arabella le agarró con fuerza el pelo atrayéndola hasta su cara. La tensión sexual las asfixiaba, pero tan sólo se quedaron respirando una a centímetros de la boca de la otra. Carolina se levantó.
—¿Conoces la cicuta? —le dijo, mientras se acomodaba ese mechón de pelo que a Arabella enloquecía de deseo.
—Es una flor, ¿no?
Carolina pareció un poco decepcionada ante la respuesta.
—Es mucho más que una flor. “Conium maculatum”. Entre sus propiedades se encuentran tanto las curativas como la mismísima posibilidad de la muerte. Es increíble, ¿no? La representación cabal del ser humano. Por un lado, nuestro instinto de supervivencia nos lleva a resoluciones extremas cuando sentimos la necesidad de preservar nuestra vida mientras que, sin embargo, constantemente la estamos arruinando. Llenando nuestros pulmones de humo, nuestras narices de polvo, rompiendo cualquier posibilidad de una relación que nos acobije.
»Pero ni siquiera es eso lo más interesante que tiene. En la antigua Grecia, el veneno de la cicuta se repartía entre la gente que la quisiera para suicidarse.
En ese momento hizo una pausa, mirándola fijo. Arabella no llegó a reconocer que reacción esperaba de ella. La veía tan entusiasmada que creía que cualquier palabra que dijera en ese momento la haría quedar como una idiota. Aguardó en silencio algún otro tipo de señal, pero Carolina siguió hablando como si nunca se hubiera detenido, aunque, cuando retomó su monólogo, parecía gritar.
—¿¡Entendés lo que significa?! No hay escándalo moral. No hay una puta decisión democrática que defina tus elecciones. Tu vida, en la antigua Grecia, podía tener la fecha de caducidad que quisieras. Ninguna necesidad de envejecer, ninguna necesidad de sentir dolor.
Ahora esa primera conversación y casi todos los recuerdos parecían borrosos. Pero estaba segura de que ese había sido el momento en que se declaró enamorada.
Carolina no iba a suicidarse, tan sólo estaba fascinada con el hecho de tener en sus manos el poder para hacerlo. Le excitaba lamerle la guadaña a la muerte sin que esta pudiera tocarla. Experimentaba con todo tipo de drogas pero siempre era minuciosa y lograba exactamente el efecto que buscaba sentir sin jamás excederse. Arabella se convirtió en otro conejillo de indias. Y no le molestaba.
Pasaba semanas encerrada en el galpón de Carolina, sintiendo infinitos orgasmos producidos por algún pinchazo, algún tiro, alguna mezcla de pastillas y siempre mucho, pero mucho, pero mucho sexo.
Con el tiempo logró convencerla de que se mude a su casa. Un departamento luminoso bien ubicado en Villa Del Parque, lugar que los primeros meses pareció el escenario ideal para la historia de amor que estaban escribiendo. O al menos Arabella así lo sentía.
Por eso, también, esa carta con unos pocos renglones escritos a las corridas y puros eufemismos indescifrables la había hecho bajar peor que cualquier prueba piloto de sustancias que hubiera tenido nunca.
…
Se miró fijo en el espejo. Ya habían pasado 6 meses desde que Carolina la había dejado y otros 2 desde aquel episodio con el gato en la terraza del bar.
Las ojeras se encontraban en su rostro como una parte imborrable de su ADN, pero sentía que esta vez ya no había nada que perdonarse, ya no había nada que pudiera hacerla sufrir. Incluso las voces de su cerebro parecían haber encontrado un dejo de paz.
Llegó al trabajo temprano, como siempre. Le sonrió a Sebastián. Hacía ya algunos días que se la notaba de mejor ánimo. De hecho, hasta algunos chistes tontos, que le decían los clientes algo borrachos mientras esperaban su pedido, la hacían reír de manera sincera.
Le había dado muchas vueltas al tema de Carolina hasta que por fin había abrazado su amor, su fascinación, y la había aceptado. Ya no se sentía usada, ni dejada, ni tonta.
Era como si de un momento a otro, en un sueño, en una fantasía, los planetas hubieran tomado una nueva alineación aclarando todo.
Dejó limpia la cocina y le preguntó a Sebastián si podía subir unos minutos a la terraza antes de que empezara la noche. Era sábado y el verano asomaba, de modo que los turnos se volvían algo eternos. Sebastián, con la sonrisa siempre impregnada a la cara como si fuera un óleo, le dijo que sí.
Subió e inmediatamente su amigo de cuatro patas acudió a saludarla. Le gustaba estar con él y a la vez estaba segura de que esa sombra negra, que la acompañaba en los atardeceres, era la razón de haber mejorado.
Había subido leche de la cocina y le sirvió un poquito en un plato, solo que esta vez agregó un brebaje que había tomado esa mañana del botiquín de su baño.
Lo miró beberlo fijo durante unos segundos, hasta que se le nubló la vista y cayó desmayada sobre la membrana.
Mi escritora contemporánea favorita















