Jueves 13 de noviembre de 2025
Me aventuré al exterior cuidadosa de cada paso que daban mis pies. Los débiles rayos del sol rozaban la camisa que yacía sobre mi cuerpo dolorido, agradecía sentir un poco de calor a la vez que me preguntaba si me veía tan sucia como me percibía en ese momento. Era consciente de que el bolso de manta que llevaba al hombro, necesitaba con urgencia lavarlo, me revolvía el estómago la idea de tener que sostenerlo. De nuevo me mentí diciéndome que lo lavaría ese mismo día.
Con esos pensamientos banales y apenas un pequeño porcentaje de conciencia, continué caminando mientras la primera hora de la tarde se me escapaba entre los dedos. A veces me daba por pensarlo, solía creer que si lo pensaba con serenidad y sin desesperación simplemente nos cruzaríamos a medio camino. O en el peor de mis escenarios, que me viera así: sucia, enferma y con el cabello enmarañado.
Despabilé antes de atravesar a la otra acera y a la vez que lo hacía, una energía disfrazada de reflejo hizo que girara la cabeza en dirección a mi hombro izquierdo. A la distancia vi caminar a un hombre y aunque no distinguí su rostro, supe que era él. La combinación de la playera negra con pantalones beige y la silueta de su torso, era algo que quizá nunca se borraría de mi memoria.
Permanecí inmóvil en la misma acera al lado de un limonero, que con el roce del viento despedía una fragancia cítrica, que invadía mi nariz. Entonces salí de mí, me tomé por la muñeca a la vez que me sorprendía por lo palpable de mis propios huesos. - Él ya no es quien conociste, es tan sólo el cascarón de lo que alguna vez fue. Vamos a atravesar al otro lado, yo te ayudo, no te suelto. - Me dije con voz suave y pesarosa.
De pronto me encontré en medio de la avenida. Y mientras mis pies estaban posados entre la maleza del camellón, aturdida por el ir y venir de los vehículos. Observé su andar aún más cercano y sin más me di la vuelta, lista para al fin terminar de atravesar al otro lado, aún sintiendo sus chispas de energía cosquilleándome en la espalda.
Cuando al fin atravesé, una vez más miré al otro lado de la avenida. Nos descubrimos mirándonos, entonces visualicé un hilo luminoso uniéndonos a los dos. Toda esa tarde estuvo ahí, tenso, vibrando. Y aunque sé que lo mejor es desatarme, hay días en los que, lo apretado del nudo no alcanza a cortarme la circulación.