El efímero resplandor de un momento en mi memoria. (2)
Nada es lo que parece y, si parece, desaparece; estrella que en su trayecto me atravesó y en su estela puso en evidencia mi ingenuidad. Quedarse con las manos vacías, creyendo haber tenido en ellas la absurda posibilidad, es lo fascinante de lo irracional: creerle a tu propia alucinación.
Yo, que apenas rocé tus labios, fue como levitar sobre la aurora boreal de algún universo prohibido. Gravedad difusa: lo sublime se desintegra al entrar en la atmósfera de la realidad.
Atraparte nunca fue deseo; saberte sí lo fue. Me atrapaste tú, quizá sin darte cuenta, y es lo mejor; quizá solo fue una ocasión única, limitada: eclipse alucinante, para saberme vivo aún. Ahí la magia y el encanto. En medio de tanta gente vi nacer un suspiro, que se dispersó en el aire de un nuevo amanecer donde supe que no me volverías a suceder.
Hallar tanta fortuna por mero accidente fue solo para ponerme en mi posición. No todo imprevisto tiene un propósito y, si lo hay, es solo hacerte entender con crudeza que, si de pronto algo te palpita tan fuerte en medio del pecho, puede que no tenga explicación ni mucho menos sentido, como un laberinto al que no puedes entrar ni salir. Y así tú, flor de Venus que deshojaste mi cordura, ángel o demonio, martirio o cura, mujer de carne y hueso: de tu divinidad no salí ileso.
Converger a veces no es un alivio, aunque te sientas divagando en el cielo; para mí siempre es una guerra mediocre por falta de osadía. Nunca voy de frente, suelo huir, evitar, pero me quedé orbitándote, sin defensas, fui directo, como polilla hacia el neón, como Ícaro hacia el sol, soldado de brazos caídos, resignado; hermoso habría sido morir en la letalidad de tu boca.
Y es que, en la lógica de esta utopía, no hacen falta razones; solo queda, por inercia, reírme de mí mismo.
Antipoesía Profana Selecta.














