¿Son las Google Glass la pesadilla de Black Mirror hecha realidad?
Black Mirror, una de las series inglesas que mayor revuelo ha generado en los últimos años, plantea una relación entre el ser humano y las nuevas tecnologías que, contrariamente a lo que los anuncios nos sugieren, es nociva, tóxica y genera caos y alienación.
Algunos de los capítulos parecen ocurrir en un futuro que ya es presente, y otros en un futuro perfectamente imaginable. En The Entire Story About You, el tercero de la primera temporada, los protagonistas llevan incorporado en su retina una cámara que graba continuamente su vida. Las personas pueden acceder a los archivos grabados siempre que quieran. Es evidente que, a parte de celebrar los cumpleaños y recordar los buenos momentos, este sistema es una herramienta que unos y otros usan para controlarse.
Las Google Glass, que ya son una realidad —en beta— en Estados Unidos y muy pronto en el resto del mundo, podrían considerarse casi la versión real de la fantasía —¿utópica? ¿distópica?— de Black Mirror.
La polémica acerca de la privacidad y el uso de las Google Glass ya comenzó a urdirse el verano pasado en diversos blogs alrededor del globo, cuando se hizo patente que la persona que tiene unas Google Glass podrá grabar y compartir todo aquello que vea sin que el resto de personas a su alrededor puedan tener constancia de ello.
Con mucha probabilidad, las Google Glass se prohibirán para ir al volante en todo país en el que se vendan, y en espacios como cines o teatros, ya que su uso podrá violar las leyes de copyright. Que tus Google Glass, pensadas como un objeto que te acompaña a lo largo del día en todas tus tareas, puedan convertirse en ilegales en ciertos espacios o situaciones, supone un handicap de partida muy complejo de superar y, sin duda, puede afectar seriamente a su éxito. Al mismo tiempo, como es evidente, en centros educativos como escuelas o universidades el uso de los móviles está prohibido durante las clases. Si el alumno desea usarlo, sabe que puede ser penalizado por ello. ¿Será justificable el uso de las Google Glass durante una clase universitaria? Por supuesto, no hace falta entrar a debatir en usarlas durante los exámenes.
Si entramos en este espiral de cuestiones, podemos llegar a situaciones todavía más incómodas: ¿qué pensaríamos si en una primera cita la otra persona acude al restaurante con unas Google Glass puestas? ¿Y en una reunión de trabajo que se había acordado de antemano como confidencial? ¿Dejarán los comercios que sus clientes entren con Google Glass a la tienda y puedan grabar productos, el trabajo de los dependientes y todo tipo de detalles sin que ellos puedan saber con certeza si las está usando o están inactivas?
Este tipo de cuestiones, si bien ya abrieron un acalorado debate con la expansión masiva de los smartphone, con la llegada de las Google Glass superan un límite moral y de sentido común que roza el exceso y lo abiertamente nocivo. Muchos se han planteado cuestiones similares al respecto.
Caer en la paranoia gratuita solo haría enturbiar el interesante y apasionante debate entorno a la privacidad y las nuevas tecnologías, que al ritmo y avance actual no podemos dar nunca por zanjado y superado. Pero, no obstante, este debate debe permanecer abierto y es crucial intentar no vivir en una euforia permanente y celebrar ciegamente cada nuevo producto que llegue al mercado.
Por ahora, no queda clara ni la respuesta de los no usuarios de las Google Glass respecto a aquellos que la utilizan, ni tampoco la reacción que un usuario de las gafas tendrá al verse obligado a ponérselas y quitárselas en función de las personas con las que está o el lugar en el que se encuentra. No olvidemos que, mientras que el móvil se apaga y se guarda en un bolsillo —lugar en el que lo guardamos siempre que no lo usamos—, ponerse y quitarse unas gafas constantemente puede llegar a ser mucho más frustrante.
Otro tema de difícil solución podemos encontrarlo en los efectos nocivos sobre nuestra capacidad de atención y concentración, problema ya patente con los móviles y que ha despertado el interés de pensadores como Daniel Goleman —Autor de Inteligencia Emocional— que en su reciente libro Focus ahonda de lleno en esta cuestión. Una de sus conclusiones es que, sin duda, nuestro cerebro funciona mucho mejor cuando realiza una única tarea, y que realizar diversas tareas al mismo tiempo o interrumpir la tarea principal para atender, por ejemplo, nuestro móvil, perjudica notablemente la calidad del resultado que obtendremos.
El mejor ejemplo lo encontramos en un vídeo de la propia web de Google Glass, en el que un Dj, Young Guru, lleva las gafas durante una mañana y de ahí logra sacar inspiración para su nueva canción.
El Dj usa el sistema de voz de Google Glass para reconocer una canción en un restaurante (algo que, por supuesto, Shazam ya hace desde hace años), y pide a las Google Glass que traduzcan una frase del inglés al español que él reproduce precariamente a la camarera. Después, caminando por en medio de la carretera, envía un mensaje a un amigo para acabar comprando, en vinilo, la canción que sonaba en el restaurante.
Este uso, sin duda idealizado, ubica al Dj en una situación en la que él es el emisor constante y único de las comunicaciones, y no el receptor. Pero, precisamente, la gracia de todo dispositivo social es la bidireccionalidad, y no queda claro que tener unas gafas que, por un lado suavicen automáticamente el esfuerzo que tenemos que hacer ante cualquier tarea —pensar en otro idioma, reconocer una canción, encontrar la calle de un amigo— y, por el otro, ofrezcan a nuestra retina información constante y variada de todo aquello con lo que estamos conectados, queramos o no, sea la gota que colma el vaso de nuestra capacidad por usar la memoria, la concentración y la atención, pilares fundamentales de la producción intelectual de alto nivel.
Por si fuese poco, otro problema planteado recientemente cuestiona los riesgos de salud visual de las Google Glass.
Las Google Glass abren un nuevo horizonte de posibilidades y opciones que la tecnología puede proporcionarnos en nuestra vida cotidiana, pero mantienen vivo y aumentan todavía más el cúmulo de cuestiones sobre el impacto tóxico de la tecnología tanto a nivel ético como a nivel emocional e intelectual.
Sin ser reaccionarios ante novedades tan apasionantes ni tampoco fieles seguidores de lo nuevo por lo nuevo, los usuarios, los que no las quieren y los legisladores deberán hallar un punto de equilibrio sano para todas las partes con tal de que avances como las Google Glass no abran otra brecha de conflicto entre la tecnología, las personas y la vida en sociedad.