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Library of the Catholic Seminar in Budapest, former monastery of the Order of St. Paul the First Hermit.
> Photos by JezW (2013).
Water Lilies 1917
Claude Monet

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Keith Richards and Mick Jagger at the pub
Del baúl
Algo ocurre con el recuerdo. Recordar es morir un poco. ¿Qué ocurre con el olvido? ¿No es acaso la misma disciplina, la misma acción? Recordar es morir un poco, sí. El recuerdo es una tela delgada que nos permite ver pedazos de un todo. Esos pedazos que aparecen y desaparecen en nuestras ansias. Recordamos lo que queremos y hacemos que perdure en un acto de urgencia o en otro similar de agonía. Recordamos para olvidar, recordamos que tenemos que olvidar. Al llegar al olvido recurrimos al recuerdo, pero ahora éste es una fantasía. Recordamos aquella tela y algunos pedazos, pero es tal el hastío que decidimos convertirnos en arquitectos. Fabricamos escenarios, amaneceres. Construimos caricias con cada poro y con cada huella. Delineamos uno o tal vez dos besos perfectos y dibujamos la suavidad, la suavidad de unos labios de tela. Sí, definitivamente algo ocurre con el recuerdo. Una muerte lenta y agonizante para la mente. Una muerte que dura lo que dura la arquitectura de la necedad.
DRMD
Los “intentos”
Es terrible ir despertando. Despertar no es únicamente abrir los ojos, es también activar el metabolismo, las funciones básicas del cuerpo, sentir las necesidades fisiológicas dominarte y tener que ceder a todo lo que implica ponerse de pie. Despertar es terrible.
Al despertar de un letargo doloroso viene otro similar de resignación. Saber que hemos despertado a sentir, a decidir no estar adormecidos por más tiempo, a vivir realmente lo que nos ha tenido soñando con todo aquello que se asemejaba a una normalidad creada, impuesta.
Desperté hace poco. Después de algunos meses no tuve otra opción, ya habían sido distintas llamadas de atención que me negué a atender por temor a lastimarme más, a verte realmente.
Estaba reacia a hacerlo porque una esperanza aterradora me inundaba; pasaba muchas noches sentada cerca de la ventana esperando ver tu silueta hermosa aparecer de entre los autos.
Eso jamás pasó.
Luego de un tiempo logré ver lo que no podía ver. Eran llamadas telefónicas que intentabas cortar rápidamente porque estaba yo a tu lado, eran mensajes que invadían nuestro espacio pero jamás dejabas de atender. Después sucedió esa noche y al parecer todo había cambiado. Pensaba realmente que toda la culpa radicaba en mi actuar, pero no era un cambio para ti, era una simple afirmación. A eso me reduje.
Tenía los ojos completamente cerrados y por eso no pude ver a tiempo lo que sucedía.
Me pediste tiempo y te lo di confiada en que éramos fantásticas juntas; tenía miedo pero era un miedo normal. Sería hasta algunos meses después que descubrí que ese tiempo lo habías pasado con él, en su casa, en su compañía, con su aliento cerca.
Cuando regresaste yo estaba dormida por mi propio dolor, jamás lo hilé. No pasó por mi mente que tu “tiempo” involucraba únicamente no estar conmigo pero sí con él, y eso pasó allá. Lo sé.
También todo esto encierra que yo pensaba que era importante para ti, así que la sola idea de “una doble moral”, como la llamabas tú, jamás pasó por mi mente.
Transcurrió un tiempo muy corto en el que convivíamos; en una ocasión de silla a silla me mandaste un beso mientras brindábamos con unas bebidas raras y me llamaste “mi amor” cuando ya no quise seguir comiendo. Me cuidabas, pensaba.
Yo me alimentaba de esos ínfimos detalles que me hacían pensar que en algún momento tú despertarías. En ese mismo tiempo recibí una llamada tuya y corrí hacia ti, no lo dudé, contigo no dudaba nada, y en esa noche de besos largos, de canciones y bailes tristísimos supe que te amaba con locura. Aún tengo conmigo la imagen de tu espalda desnuda en tu lado de mi cama.
El siguiente mes me llevaste por una paleta de hielo, caminamos, comimos comida chatarra, nos abrazamos en mi auto y te sorprendí oliéndome el cabello.
Entre todo el dolor esas nimiedades me hacían sentir plena, pero fue en ese mismo mes cuando noté unos carteles. Unos carteles de distintos colores, un mensaje, unas fotografías y el nombre de él, del que no era yo.
Seguía dormida.
Me acompañaste a una fiesta y te veías hermosa. Supe en ese momento que te quería completa, que te quería para mí, pero también entendí que eso era una imposibilidad y fue entonces que decidí alejarme por mi bien. Pensaba, erróneamente, que esa decisión serviría para que tu certeza fuera la mía, pero eso nunca pasó; tu certeza ya estaba en otro lugar.
El día de mi cumpleaños fuiste la primera llamada y también la segunda. Inundada de múltiples “te amo” pensaba que tal vez podríamos ser una vez más, nuevamente estaba equivocada.
Lo último que tengo de ti es una carta genérica y el recuerdo de unas flores que esperé por algún tiempo y que en ese momento no valían nada. Nuestro último abrazo fue en mi calle, fue breve, fue nada otra vez, y en nuestra última conversación me hiciste la amable recomendación de que dejara de tomar en mi tristeza. Siempre inconsciente de que formabas parte de la misma.
Pasé las semanas más difíciles que he podido registrar en mucho tiempo. Tu ausencia se acumulaba en las paredes de mi cuarto en todo momento, pensaba que en cualquier lugar todo era insignificante y creí estar volviéndome loca porque te veía caminar por mi calle o por las calles en general. La sonrisa dejó de llegarme hasta los ojos, y un buen día vi la imagen que temía encontrar. No habían pasado quince días desde la última vez que te había abrazado, desde la inundación de tus “te amo” cuando estabas sonriente y con él. En algún restaurante, en algún lugar, en algún momento de tu “tiempo”. Recuerdo que lloré todo ese día, en los lugares más recónditos de mi oficina, abrazada a una almohada. Abrazada a mi recuerdo perfecto de ti, de la perfección de ti.
Incluso ahí abría la ventana y esperaba.
Y entonces pasó. Te fuiste. No “dormiste de la emoción”, tu sonrisa era por él y por “el amor” que todos te celebraban, “tenías todo en la vida”, y empecé a despertar.
Despertar es terrible
Verte también con el anfitrión me partió en distintos niveles. Después pensé en que si tú dejabas que él te maltratara, qué podía esperar yo en respuesta a esa noche: tú sabías todo lo que me había dicho, todo lo que pensaba de ti y el despertar involucra también tener que darle la razón a ese personaje. Nada de lo que me dijo fue mentira. En todo tuvo razón.
Sí, despertar es terrible.
Había sido sencillamente estúpida por añorar tus labios llenos, tu sonrisa hermosa, tus movimientos extraños con la cabeza, tus ojos borrachos de sueño, tu miedo por los insectos (y más por los que vuelan), tus brazos en los que sentía que encajaba tan bien.
Me convertí en un rostro perfectamente olvidable.
Borraste todo rastro de mí, no existí en ningún momento, fue como si ese tiempo hubieras estado “en espera” y yo sólo había fungido como quien presiona un botón y lo suelta.
Y sí, te amaba con la desesperación de una adolescente, con la entereza de una adulta, con la confianza de una amiga entrañable. Te amaba con la vulnerabilidad de una niña y con la fuerza de una mujer que todo el tiempo aprendía nuevas formas de amarte. Mi amor era la casa del mundo entero toda vez que te recordaba desnuda leyendo Cortázar mientras yo esperaba mi turno para leerte de vuelta y decir las palabras que estaban escritas en francés. Mi amor era la casa del mundo entero toda vez que me sacabas a bailar y perdía el miedo de que me vieran derrumbarme en los brazos de una mujer. Mi amor fue la casa del mundo entero hasta el día en que me obligaste a despertar. Hasta el día que entendí que tu cobardía no era asunto mío.
Despertar es terrible.
DRMD

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Asegúrate de que funcione
Ayer te vi de pie en el baño, después de pie en tu lado de la cama.
Eran fantasmas crueles que a veces me visitan entre olores conocidos y una añoranza tediosa.
Te veo a mi lado en el auto, y a veces me sorprendo acariciando el asiento.
Lo sé, soy patética.
También me visitas en los sueños más extraños. En los sueños que no comparto con nadie porque despierto agitada de ti.
Recuerdo la forma de tu cintura y esa extraña manera que tenías de secarte después de bañarte; la crema que untabas en todo tu cuerpo y cómo te cepillabas los chinos que eran míos y que ya no lo son. Recuerdo toda la tinta de tu espalda, de tu brazo y de tu vientre, lo maravillada que estaba mientras me dabas la espalda y sólo pensaba en besar cada uno de los poros que estaban pintarrajeados y que a mis ojos adoptaban formas maravillosas aunque ya estuvieran delineados con tu mandato de tenerlos.
Me convertí en una ladrona. Te robé descaradamente los olores de tu cuerpo. El olor agridulce de tus axilas, aquel que estaba en tu estómago, el olor del lunar levantado que tienes a un lado de la cara, el de la marca de varicela de tu nariz, tu aliento de dormida y el que me dejabas de cerveza, los olores de los lugares recónditos y húmedos. Te robé también la alergia de tu boca, la resequedad de tu piel.
Tengo en la mente el sonido de tu risa, a veces traviesa, a veces estruendosa, el sonido de tus ronquidos, tus dolores de estómago, tus pies que se convertían en teléfonos.
Mis dedos a veces tiemblan de impotencia porque son unos necios.
A veces me recrimino no haber sido más salvaje. Siempre tuve miedo de tocarte mal, de besarte mal, de quererte mal, así que funcionaba como mi cuerpo tembloroso por tu presencia permitía. Mi mente imaginaba que al verte te arrancaría la ropa, que al verte me convertiría en ese animal que amaba y deseaba sin pensar en nada, en ese ser que golpeaba paredes y destruía camas, en ese elemento que lograba hacer tormentas, pero eso nunca pasó, llegabas y me inundaba de una ternura inexplicable, incontrolable, me convertía en algo que lo único que deseaba era estar adentro de tus brazos. En alguien con la urgencia de tus manos, en el mendigo sediento, en la ladrona.
Son esos robos los que hoy crean las tormentas. En la ausencia de ti me resuenan algunas oraciones, algunos momentos que ya no tienen que ver con la maravilla de ti.
Ya te tuve
Qué manera tan triste de matarme.
Yo no te necesito y siento que quieres salvarme
Qué manera tan lamentable de proyectar mi amor.
Mi acumulación de objetos robados se ha comprobado inútil. Tanta pérdida para una ladrona resultó muy poco redituable. A tu ojos “yo no pasé”, “no sucedí”. Esa fuerza maravillosa que alguna vez me hizo temblar es la misma que ahora me borra completamente. Pero ¿cómo se logra esa amnesia?, ¿cómo se convierte a un alguien en un nada?
Al parecer me falta aprender sobre desintegración.
Era la adrenalina, lo sé. Era “el triángulo del deseo” como bien me lo dijeron, era todo lo que me han explicado. Todo eso que entiendo a la perfección y que mi cerebro registra como correcto, pero por una extraña razón a la ladrona no le ha quedado claro.
La ladrona sigue pensando en la cicatriz de tu brazo y en todas las veces que la besó. La ladrona sigue refugiada en tu cuello. La ladrona sigue curando las erupciones de tus dedos lastimados de indignación, de duda. La ladrona sigue viéndote más allá de donde estás. La ladrona creía en ti.
Estás allá. Lo sé. Desde antes de mí, durante y ahora. Allá y con él.
Asegúrate de que funcione, de que escuche tu risa con atención, de que se despierte en la noche agradecido, alterado, añorando. Asegúrate de que atesore tus lágrimas, tus secretos, tus miedos, tu dolor. Asegúrate de que funcione ese “viaje”, que haya valido la pena tanta pena.
Asegúrate de que funcione.
DRMD
Octagonal, Nara.
:3 Almost there :3
Esa noche
No pondré aquí las nimiedades, pero sí las llamadas de atención. No pondré las veces que sentí miedo porque me soltara (al final sí me soltó).
La noche cualquiera en la que ves la debilidad de la vida en los ojos de la familia de tu mejor amiga, la noche en la que te das cuenta que son sólo segundos y nada más: tumor/operación/metástasis/quimio/debilidad/miedo.
Creo que siempre me he jactado de la capacidad que tengo para poder cerrar una que otra puerta, ahora rara vez me vulnero y trato de pasar desapercibida y fuerte. Esa noche me falló y me fallé.
Toda esa serie de mensajes amorosos y de risas de pantalla a pantalla, ¿qué eran? Pantallas, quizá.
Yo quería, porque sabía mi propia angustia, quedarme en casa. Hacer maleta. Llorar.
Yo quería la contención de quien promete contenerte dentro de su fuerza maravillosa (para mí toda ella es maravillosa), y quería decir firmemente que no, pero toda su presencia me doblaba. Así que acepté, acepté a no quedarme en casa, a no llorar, a encontrar dentro de mí la sonrisa que estaba acumulada desde el día en que la besé en mi auto después de unos tragos raros y un disco de Café Tacvba (siempre dije y sostengo que ese fue nuestro primer beso).
Pedí un auto para no manejar, no me sentía en condiciones, estrené unos zapatos que amé y que ahora detesto y una blusa que amé y que ahora detesto también. Me desmaquillé y maquillé nuevamente y usé el perfume que sabía tendría algún efecto. La cama del “nido” estaba tendida, la mayoría de las cosas en orden y la maleta para el domingo se encontraba completamente olvidada (cuando se trataba de ella se me olvidaba todo). La promesa era regresar a tiempo, presentarme a sus amigos, tomar un trago, divertirnos. Los planes habían cambiado durante la tarde, pero qué podría pasar, yo no podía seguir con actitud cerrada si en verdad quería ser parte de la vida de esta chica.
Una cede por las razones equivocadas, ahora lo sé. Independientemente de la promesa de algo nuevo, innovador, debí escucharme todo el tiempo.
El auto llegó, el arreglo personal y los halagos del conductor hicieron que tuviera un humor más llevadero. El lugar de la reunión era muy cerca de casa, diez minutos máximo, tomé el celular, hice la llamada y se abrió una puerta; ahí estaba ella, perfecta, despeinada, oliendo a un sudor que ya reconocía y que me había apropiado. Su abrazo fue tierno pero estaba nerviosa. Supongo que el nerviosismo normal de cuando estás por presentar a una pequeña parte de tus amigos a “la chica con la que estás saliendo”. Me recibieron bien, una con efusividad porque no era secreto que estábamos juntas, otro con familiaridad porque nos conocíamos de tiempo atrás y los demás con indiferencia porque era simplemente una intrusa.
El anfitrión de la casa fue, en un principio, encantador, me enseñó muebles que había comprado y arreglado de la gente que tira a la basura, de “la gente que no sabe lo que tiene”, de “la gente que tira lo de los abuelos”. A mí todas esas cosas me gustaban mucho ─una debe de aceptar que es acumuladora─, y en un acto de entera amabilidad hasta lo llamé “coleccionista” mientras sujetaba una pistola de no sé qué cuantitos.
En ese momento empecé a brindar con un tequila que había llevado. Lo dejé en la mesa para que todos lo disfrutaran e inmediatamente el anfitrión me congratuló por mi gusto. Primera llamada de atención.
Como sucede, mi chica y su mejor amigo se encontraban con otra chica platicando de cualquier cosa, yo los veía a la distancia de un comedor, y de vez en vez mi chica volteaba y me miraba con esos ojos.
El anfitrión, dándose cuenta de mis múltiples fugas visuales hacia esa parte del cuarto, empezó por decir:
─ ¿Qué le ves?
─ Nada, a ella (suspiro ridículo).
─ ¿El culo? Todos se lo hemos visto y todos lo conocemos. Segunda llamada de atención.
La reunión siguió como siguen las reuniones de “chavos” que juegan a golpearse, a ver quién es el más fuerte. El hermano del anfitrión y el primo usaban unos guantes y en el patio de la casa reían y “jugaban”. El anfitrión puso música y después de hacerlo me preguntó:
─ ¿Segura que eres gay? Ella no lo es. Estás hermosa. (Tocaba una parte de mi brazo, lo que se podía agarrar de la manga de mi blusa, nuevamente el brazo).
─ No puedo decirte que sí o que no, sólo que en este momento estoy loca por ella.
(Risas) (Risas burlonas) (Su mano en mi brazo otra vez)
El problema con este tipo de situaciones tan ajenas a una es, en primer lugar, que jamás esperas que ese tipo de violencia venga de alguien que acabas de conocer y además porque es el mejor amigo del mejor amigo de la chica con la que sales y, en segundo lugar, que inmediatamente te programas “para caer bien”, para “ser parte de su vida”.
La noche siguió y todo lo anterior se intensificó al grado de que el anfitrión me pedía besos. Tocaba mi boca (cómo odié que se atreviera a tocar mi boca), seguía tocando mi brazo, acariciando, riendo. Ahora entiendo cómo se pudo ver toda esa escena: yo de espaldas, él quitándome el cabello de la cara, yo inmóvil, él riendo. O sea, el “ligue perfecto”. Tercera llamada de atención.
Salí un momento de la casa, llamé a mi chica, le conté, le dije que no entendía al anfitrión, dijo que lo besara para que se me quitara lo mocha, que regresáramos a la fiesta. No pude saber en ese momento lo que sentí. No lo había aterrizado hasta hace poco. No fue coraje ni enojo ni “deseos de venganza”, fue nulidad, fue indefensión, fue una muerte pequeñita, mínima. Cuarta llamada de atención.
Ella se le acercó, le dijo que me dejara en paz, él negó lo de querer besarme, yo no quise que hubieran problemas (porque era el mejor amigo del mejor amigo de la chica con la que estaba saliendo y quería caer bien y ser parte de su vida) y no dije que sí pero tampoco dije que no y creo que quedé como una mocha/peda/mentirosa/en busca de atención. En fin.
Al ver que, efectivamente, yo no tenía nada que hacer en esa casa fui a la parte trasera del patio en donde el anfitrión me encontró, me pidió el beso, y ¿harta?, ¿dolida?, ¿desesperada?, accedí.
No fue un beso épico, no fue un beso con todo lo que implica un beso, fue el contacto asqueroso de dos bocas que tienen un fin diferente: el suyo, probar un punto con mi chica; el mío, que me dejara en paz.
Ella nos vio. Él me dijo que nos había grabado. Ella entró a la casa. Él se empezó a reír.
Lo que siguió fue un monólogo del anfitrión:
─ Ella no sabe lo que quiere. Le gusta jugar con las personas. Fíjate que hace poco estuvo a punto de casarse con un tipo de EU que le rompió el corazón. Además, ella y yo (y muchos más) tuvimos ondas y a mí aún no me perdona que en esa misma puerta le rompiera el corazón. Te digo esto porque va a jugar contigo y a la menor provocación te va a dejar porque no sabe querer a nadie, no sabe estar con nadie y esto que acaba de pasar será la excusa perfecta porque ella no es gay y ella no te quiere. Eres un trofeo.
Estuvimos sentados lo que me pareció una eternidad, yo escuchaba atenta y asqueada (porque era el mejor amigo del mejor amigo de la chica con la que estaba saliendo y quería caer bien y ser parte de su vida) y volteaba hacia donde ella estaba con su mejor amigo. Después la perdí de vista y le dije al anfitrión:
─ Ella me ha esperado mucho, no me importa lo que es o lo que no es, no me importa si estuvo con todo México o nada más contigo, estoy enamorada, estoy loca por ella…
Me levanté, fui al baño, la vi ahí, cerré la puerta, me fui a un cuarto, esperé, salí con mi monólogo listo y ya no estaba en la casa.
El anfitrión me dijo que le había preguntado por mí, que si me iban a dejar a lo que ella contestó que sí y se fue.
Bajé las escaleras y pregunté, marqué, escribí, me desesperé.
El anfitrión únicamente me podía ver con lástima y con burla, con esa cara odiosa de “te lo dije”, me dijo que lo dejara por la paz, que no la buscara y que en cambio podía pasar la noche con él.
Entre que estaba muy borracha, atónita y un poco en shock, tiré mi bolsa completa, rompí uno de mis aparatos, noté su mano en mi muñeca, el jalón leve de la invitación para subir la escalera, y luego la conjunción de mi jalón y el suyo que hizo las cosas todavía más terribles para mí.
Salí a Av. Eugenia, caminé a un Seven y pedí un Uber.
Marqué, escribí, me desesperé.
Llegué a casa. No entendía nada. No entendía qué había pasado. Fue una noche muy larga, llena de taquicardia y de mensajes lamentosísimos en donde prácticamente me decía que yo no valía nada.
Marqué, escribí, me desesperé.
Fue tal el intercambio de expectativas que dejé de escribir, de rogar, sólo pude seguir tomando y llorando inexplicablemente por todo y por nada y por todo lo que no entendía.
Ahora, varias cosas pasaron esa noche. No me escuché a tiempo y no me escuché después. Es más, no lo hablé después. Siempre que me preguntaban sobre eso, que cómo estaba, cómo iba, lo único que podía contestar era que ya nos habíamos arreglado, que ya había pasado, que todo bien. Pero no. Eso no pasó. Nada por el estilo pasó. Nada estaba bien.
La otra noche
Regresamos, claro, pero no era lo mismo
Fuimos a un cantabar, yo estaba nerviosa, vería a los amigos que la vieron llorar por mí porque prácticamente yo no valía nada y no tenía palabra. Uno de ellos me volteaba la cara, su esposa me dijo que ella no tenía problemas conmigo y otra amiga importante me dijo que efectivamente “yo había roto todo”.
Después de esa declaración tan inoportuna estuve temerosa todo el tiempo, todo eran pasos en falso, todo era cuidado, tequila, desesperación. Llegó el momento de pagar y mi tranquilidad era que dormiría con ella, que estaríamos tranquilas en “el nido” y ya. Pero la especialidad era cambiar los planes así que terminamos en su casa. Todos, pocos, el mejor amigo, la amiga importante y otra que durante la noche quiso besar a mi chica. Nuevamente no estaba bien. Dejé que me consumiera la declaración de que “yo había roto todo”, asumí siempre la responsabilidad de lo mío y de lo del universo y la suerte y la vida, sin tomar en cuenta que hasta el día de hoy, energéticamente hablando, siento pesar por ciertas cosas que seguramente están relacionadas con ella. Y esa noche fue la segunda vez que energéticamente pasaba algo en mi cabeza, voces, luces, palabras, sensaciones. Ella pensaba que estaba borracha, haciendo berrinche, que la quería sacar de la fiesta.
Me desesperé. Ella estaba sorda.
Lo mejor hubiera sido tirarme a la cama y tratar de dormir (ya lo había intentado y las voces, etc., no me dejaban), pero estaba intranquila por todo.
Todo esto es darle vueltas y vueltas al punto en el que casi me rompo la mano pegando en la pared y al momento en el que me dijo que le había roto el corazón por lo del anfitrión. Pasaron meses y días y lluvias y estruendos y viajes (con su ex) y muertes.
Durante un tiempo traté de demostrar que “yo era una gran opción”, “una gran mujer”, creo que mi error radicó en querer reflejarlo y no creerlo yo. Entre grandes detalles y cosas fuera de lugar por supuesto que la perdí más rápido; yo ya no representaba esa figura deseada, yo ya no representaba nada.
Ahora, poco a poco, gracias a un oído atento pude escribir todo esto y entendí que nunca trabajé realmente la modificación que sufrí con esa noche. Tal vez no fue grave, tal vez sí, tal vez ese grupo de amigos ha visto peores cosas, tal vez yo exageré en mi expectativa, tal vez no dimensioné, pero ese era realmente el parteaguas, ese era el momento de levantar la cara y no de hacerme del tamaño del bolsillo de cualquiera, era ese el momento y lo dejé pasar.
Entiendo ahora cosas que no entendía en ese momento porque estaba totalmente bloqueada a cualquier opinión que transgrediera mis sentimientos. Poco a poco he ido soltando al anfitrión y su monólogo. Poco a poco he ido viendo que el “amor incondicional” debió ser después ─si sobrevivíamos al después─ y no como respuesta a un evento traumático. Poco a poco he puesto en su justa dimensión al dolor y al desconcierto. Y creo que lo más valioso de todo esto es que ahora sé qué quería, cómo lo quería y lo que estaba dispuesta a dar; sé muy bien que cuando alguien no está acostumbrado a que lo quieran con fuerza, toda la fuerza es violenta; sé que ni todo ni tanto. Sé que soy una buena persona, que soy una buena mujer, pero lo más importante, sé que no fue mi culpa.
DRMD
*sigh*
healing comes in waves and maybe today the wave hits the rocks and that’s ok, that’s ok, darling you are still healing you are still healing.
Ljeoma Umebinyuo - be gentle with youself (via life-with-bpd-things)
Still

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If only I could...
The worst thing you could ever do was listen to what I’ve been through and then put me through it again.