Mi abuela me enseño
a matar mosquitos aplastándolos
contra la cara.
una tarde a la hora de la siesta.
Pero yo solo podía prestar atención
al movimiento de sus manos arrugadas
envolviendo la sabana, como una milhojas
de papel crepe.
aunque la verdad se parecían mas
a las manos de una gueisha
que a las de una sicaria.
recuerdo las pesadas sabanas de hilo
cayendosele por la cara.
y como tocándose con los dedos
le daba fin a lo que alguna vez fue
su piel y un espacio para soñarla.

















